Capítulo 15 La encantadora Eliza #2
¿Y qué hay de los demás? A Madame Delahoussaye la descarté, pues me parecía poco probable que pudiera beneficiarse de alguna manera con la muerte del conde, el ahorcamiento de su sobrina o del noble con el que esperaba casar a su hija.
Pero, en cuanto a la propia Fanny…, ¿acaso podría una necedad como la de esa joven esconder, en el fondo, un plan maligno?
No podía dejar de pensar en que había dado un paseo hasta el recinto de los caballos a primera hora de la mañana, ella, que no sabía cabalgar, en que había entrado de manera furtiva en el cobertizo y en que ahí dentro había dejado un saco de monedas.
Tenía la impresión de que el altruismo anónimo no encajaba con la personalidad de Fanny; solo se separaría de su dinero bajo coacción.
¡Alguien había chantajeado a la señorita Delahoussaye, por motivos para mí inescrutables!
Y, ya que había escogido el cobertizo para depositar el importe, todo parecía indicar que la culpable no era otra que la doncella.
¿Se habría cansado Fanny de que le pidiera dinero y habría zanjado el asunto acabando con la vida de Marguerite?
¿Por qué, pues, se molestaría tanto por incriminar a su prima y al recién nombrado conde?
La avaricia y la ambición podrían ser sus consejeras.
Al fin y al cabo, alguien tenía que ser culpable del asesinato, y tenía todo el sentido del mundo que no fuera ni ella ni nadie a quien amase –el teniente Hearst–, sino el hombre con el que no quería desposarse bajo ningún concepto.
Con Fitzroy fuera del mapa, George Hearst sería el heredero y, si se le persuadía debidamente, podría convertir a su hermano en un hombre con títulos y dinero.
Fanny me había dejado caer todo esto hacía unos días; cálculos como estos eran de lo más naturales en una persona guiada por el interés personal.
Pero ¿por qué dejaría el pañuelo de Isobel en la escena del crimen? ¿Por la satisfacción que le brindaría no tener rival en Scargrave? Tendría que dejar esta pregunta para más tarde.
Todavía me quedaban dos personas: el teniente Hearst y su ordenanza, Jack Lewis.
No negaré que la personalidad alegre del teniente me parece la menos indicada para tramar oscuros ardides, y admitiré, asimismo, que cierta sensibilidad por mi parte me impide ser imparcial en mi punto de vista.
Así y todo, me obligué a esbozar un retrato desfavorecedor del teniente, con todas las suposiciones y motivaciones posibles.
Al persuadir a la doncella de que matase al conde y al centrar las sospechas en Fitzroy después de silenciar a Marguerite, Tom Hearst podría aspirar a obtener el título y la fortuna del pasado vizconde a través de su hermano, George.
Esto me parecía una confabulación muy compleja para un hombre más bien dado a actuar por impulso o en un momento de ira, pero no podía descartarlo.
El teniente había dicho que estuvo en Londres durante el breve cortejo de su tío a Isobel y que fue entonces cuando conoció a Fanny Delahoussaye.
Podría haber tenido un amorío con Marguerite a la vez.
Pensé, entonces, en que el andar sinuoso de Tom Hearst en el pasillo iluminado por la luna la pasada medianoche me había recordado al espectro del primer conde.
¿Se habría disfrazado el teniente y habría pasado de puntillas por mi puerta aquella misma noche en Scargrave Manor para ocultar los piñones de tempate en la funda de la pistola de Fitzroy Payne?
Si alguien lo hubiera visto entrar en la habitación de su primo en mitad de la noche, todos se habrían acordado de él cuando se hallaron los piñones, pero a nadie se le ocurriría sugerir que un mero fantasma había incriminado al octavo conde.
Y Tom Hearst se había tomado la molestia de reforzar mis visiones nocturnas al aseverar que él mismo había visto una aparición similar antes de la muerte de su madre.
Reflexioné, inquieta, acerca de la personalidad del teniente.
Con lo travieso que era –y, mucho me temía, falto de principios–, ponerse un disfraz podría parecerle una buena diablura.
Sin embargo, yo no podía demostrar que el impostor fantasmal era él y decidí cortar el hilo de mis pensamientos y centrarme no en el teniente, sino en su ordenanza.
No cabía duda de que uno de los dos había apartado el medallón de la doncella de sus pertenencias, tal vez porque en su interior había un retrato suyo. Pero ¿cuál de ellos?
El ordenanza, Jack Lewis, se encontraba en una posición social más parecida a la de la propia doncella.
Reflexioné acerca de ese astuto londinense, un donjuán desvergonzado e insolente, y llegué a la conclusión de que parecía más lógico que el que hubiera sacado de paseo a una chica criolla por Covent Garden fuera él.
Del mismo modo, parecía más lógico que él y no el teniente le hubiera comprado un medallón y que hubiera tenido la indiscreción de colocar un retrato en miniatura suyo en el interior.
Y entonces tuve otra idea. Jack Lewis no tenía que ser el asesino del conde –a quien a duras penas debía de conocer– para convertirse en el ladrón del colgante.
Dolido por la muerte de la doncella, el ordenanza podría haberse apresurado a recuperar las cosas de la joven de la casa de Lizzy Scratch y, después, podría haberse asustado al ver su retrato en el interior de la baratija.
Si lo hubieran descubierto, habría terminado en la horca, o al menos eso es lo que habría temido.
Y, por tanto, se deshizo de él y no le dijo nada a nadie de su existencia.
Haré todo lo posible por descubrir si estoy en lo cierto o no, en cuanto se me presente la oportunidad.
¿En quién debería centrarme primero? ¿En lord Harold Trowbridge, en Rosie Ketch o en el ordenanza, Jack Lewis?
Puesto que preferiría que, de entre todos los sospechosos, el asesino resultase ser el despreciable enemigo de Isobel, me pareció lo más oportuno arremeter contra sus defensas en primer lugar, pero me iba a hacer falta un arma mejor que la relación distante que nos unía si lo que quería era irrumpir en las murallas de Wilborough House.
Pensé en Eliza, me levanté de pronto de la mesa del desayuno y busqué mi capota y mi capa.