Capítulo 15 La encantadora Eliza
La encantadora Eliza
Scargrave House, en la plaza Portman
[Aquí hay una laguna en el manuscrito].
… una gran explosión, como si hubieran disparado un cañón cerca de la casa, me apresuré a salir al pasillo en camisón, sosteniendo en lo alto la vela y con el latido del corazón disparado, cual Banquo, preparada para gritar: «¡Un asesinato!
¡Un asesinato!», y me di cuenta de que todo permanecía en calma, en brazos de un duermevela iluminado por la luz de la luna, y de que me encontraba sola, sumida en las ensoñaciones de la medianoche y en mi propia necedad, de la que era muy consciente.
No estaba tan sola, sin embargo; cuando me di la vuelta para regresar a mi habitación, vislumbré la figura inmóvil del teniente Hearst recostado contra la puerta de su alcoba, a dos habitaciones de distancia de la mía.
Tendría que haberse hospedado en su propio alojamiento en St. James, pero su hermano y Fanny Delahoussaye lo presionaron durante la cena para que se quedase, de modo que aquí estaba él, muy cerca de mí, contemplándome en la penumbra.
–Está usted temblando, señorita Austen –dijo, y se apartó de pronto del marco de la puerta.
Se acercó a mí: los ojos azules le centelleaban a la luz de mi vela y la raya de la luz de la luna iluminaba el hombro de su bata de seda; en suma, una visión sacada de mis sueños, rociada de cierto peligro.
–He oído una explosión y temía que hubiera pasado algo dentro de la casa –respondí, bajando la vela.
Tendría que haberme dado la vuelta y marcharme entonces, pero algo tenía él que me fascinaba: el movimiento deslizante de su figura, de una gracia sin par en el pasillo oscuro, con el efecto de la luz de la luna, tan ingrávido como si de una aparición se tratara.
Pensé en el espectro del primer conde y sentí que me quedaba de piedra.
–Es la pólvora que han detonado en Southwark a medianoche para dar la bienvenida al año nuevo –explicó el teniente–.
No le haga caso. –Se detuvo a medio metro de mí y me sostuvo la mirada con firmeza, embargado por una especie de hechizo, como si él también creyera que estaba sumido en un sueño–.
Su cabello es extraordinario –musitó–, así, como está, suelto en torno a su rostro; es una visión que no podría llegar a imaginarme jamás y resulta muy hermosa a la luz de la luna.
¿Se da cuenta de que es todo un crimen que el marido de una mujer deba ser el único hombre que le vea el pelo así?
Privar al mundo de tanta belleza es una necedad. Y tú no tienes marido, Jane.
En cuanto me tuteó, me di cuenta de la falta de decoro de la situación en la que me encontraba y de lo que pensaría cualquiera que nos sorprendiera…
y, desde luego, de lo íntima que era esta escena en la que me había permitido participar.
Me sonrojé, se me entrecortó la respiración e hice un leve ademán de marcharme.
Pero el teniente levantó un dedo y lo posó sobre mis labios.
–No te vayas –me susurró–, te he encontrado en la hora de las brujas y exijo el precio que hay que pagar.
Y, dicho esto, se inclinó con rapidez y me besó en la boca, hasta que me liberé de su agarre mortificada, regresé precipitadamente a mi habitación y le cerré la puerta en la cara.
Como resultado, lo que obtuve fue el eco de una carcajada burlona, seguido del sonido de sus pasos al alejarse, y, poco después, rompiendo el silencio que se había vuelto a formar, un leve crujido, como el de una puerta al cerrarse.
No tenía la menor duda de que provenía de la habitación a mi derecha –la habitación de Fanny Delahoussaye– y no de la del teniente.
Mañana tendré que vérmelas con la ira de esta última, pues resulta evidente que nos ha escuchado en esta escena tan poco favorecedora, tanto por mi pasividad inicial como por mi huida en el último momento.
Me arden las mejillas de la vergüenza y la mortificación; nunca un hombre se había tomado tantas libertades conmigo.
Pero peor incluso es el dulce elixir que me corre por las venas.
Me siento mareada a causa de un asombro y un anhelo que soy incapaz de admitir, incluso a mí misma, de modo que lo admito aquí, en las páginas de mi diario.
El hecho de que me haya besado supera todos los límites y, además, carece de sentido o propósito.
Tom Hearst no puede estar enamorado de mí, pues nunca he poseído una fortuna y estoy empezando a perder mi belleza, y estas son las dos cosas que un hombre apuesto y de recursos limitados como él creería merecer.
Es, se mire por donde se mire, increíble, de modo que debo achacar su beso al poder de la luz de la luna y al efecto del cabello despeinado.
Ahora mismo me he tocado un mechón suelto y he de decir que no tiene nada de especial, por honda que sea la transformación de la luz de la luna.
Aun así, me invade una oleada de gratificación, algo insólito en una mujer cuya inteligencia siempre se celebra antes que su persona.
Todos nosotros tenemos nuestros defectos; el mío es la vanidad.
Será de lo último de lo que me desprenda el Día del Juicio Final.
¿Cómo me enfrentaré a Tom Hearst por la mañana? Me moriré de la mortificación.
Y, así, el año viejo alcanza su lecho de muerte.
1 de enero de 1803
Me ahorraron el aprieto de ver al teniente en el desayuno; él y su ordenanza, Jack Lewis, se habían levantado temprano y habían vuelto a la sede de los Caballeros Reales en St. James.
Tampoco se dijo ni una palabra acerca del asunto del duelo y de su resultado; empiezo a creer que no es más que fruto de la imaginación desbordante de la señorita Delahoussaye.
Puesto que la sala del desayuno estaba desierta, tuve la oportunidad de medir la pesada carga que Isobel había depositado sobre mis hombros y decidir mi plan de actuación.
Si Isobel y Fitzroy no eran culpables de los asesinatos, algo que creía firmemente en el caso de la primera, alguien se había esmerado mucho en convencernos a todos de lo contrario.
En primer lugar, el conde había fallecido como consecuencia de unos dulces que había comido en presencia de su esposa y de su doncella.
La terrible muerte de Marguerite hacía pensar a sir William que había sido silenciada por haber visto a Isobel colocar los piñones de tempate en el plato del conde, pero a mí me parecía igual de plausible que otra persona hubiera convencido a la doncella de dejar ahí los frutos venenosos.
Luego, la habían utilizado para acusar a su señora a través de quejumbrosas cartas y, después de haber cumplido su función, había que asesinarla y, así, incriminar a Fitzroy Payne.
La prontitud con la que ella aguardó al amanecer por su asesino en el aislado cobertizo de heno parece indicar que tenía cierta confianza con él.
Pero ¿quién podría ser entre todos los residentes de Scargrave?
Si mi teoría es cierta, el amante de la doncella tiene que ser alguien que saque provecho material por deshacerse tanto de la esposa del conde como de su heredero.
George Hearst, que recibiría una dotación según lo dispuesto en el testamento de su tío y que se convertiría en el heredero de las propiedades en el caso de que Fitzroy falleciese, es el que más sale ganando; además, discutió con el conde la noche de su muerte, pronunciando en voz alta las palabras: «Sé lo que tengo que hacer».
Su personalidad taciturna y siniestra, claro está, parece indicar que es un hombre capaz de comportarse con violencia, y salió huyendo a caballo de la casa con cierto apuro y agobio la mismísima mañana en la que asesinaron a la doncella.
Pero ¿el arrebato de ira que había presenciado yo a hurtadillas se debía únicamente a una cuestión de dinero?
Tengo que localizar a Rosie Ketch.
Otra persona que se vería favorecida con el infortunio de Isobel era lord Harold Trowbridge.
Sin embargo, se marchó de Scargrave una semana antes del fallecimiento de la doncella.
Que hubiera hecho justo esto precisamente para que no lo implicaran con dicho acontecimiento era algo que parecía encajar con su astucia innata.
Tras conquistar a la dama –tal vez en Londres, cuando trató por primera vez de agenciarse Crosswinds, antes de la boda de Isobel–, ¿la habría convencido de deshacerse del conde con un veneno procedente del país de la doncella para luego marcharse en cuanto consiguió lo que buscaba, es decir, Crosswinds?
A un hombre como él no le costaría nada enviarle a la criada unas pocas palabras arrancadas de una carta de negocios que Fitzroy Payne le hubiera escrito, regresar oculto en la oscuridad a Scargrave Close, ir a pie hasta el campo, dejar tirado el pañuelo de Isobel, rajarle el cuello a la doncella y marcharse corriendo a Londres sin levantar sospechas.
… A no ser que en realidad estuviera en otro lado, acompañado de otras personas, en esos momentos.
He de descubrir sus movimientos el día de la muerte de Marguerite, y para ello debo hacerle una visita a su hermano, el duque de Wilborough, en su residencia de Londres.
¿Cómo llevarla a término? Pues esa augusta familia no tiene lazos con esta, una circunstancia que Madame Delahoussaye me recalcó en más de una ocasión cuando todo apuntaba a que lord Harold se quedaría en Scargrave para pasar las navidades.
Le resultaba extraño que hubiera dejado de lado al duque en favor de Isobel Payne en una época del año como esa, pero, puesto que casi no conocía ni a Trowbridge ni a Wilborough, había dado por sentado que no tenían una relación estrecha.
Así y todo, resultaba innegable que lord Harold forzó su presencia en la casa por conveniencia, y en unas circunstancias tan extremas como estas, la delicadeza para mí no debe ser un impedimento.
A Wilborough House, por tanto, tengo que ir, sea cual sea el pretexto, para descubrir su paradero el día del asesinato de Marguerite.