Capítulo 14 La cuestión del medallón #3
Esto último lo dijo fulminando a su ordenanza con la mirada y señalando la puerta con la cabeza.
Jack Lewis soltó un suspiro, me miró de pies a cabeza con ojos insolentes y se dio la vuelta sobre los talones, pero esos aires de contrariedad que se daba solo evidenciaban lo mucho que se estaba divirtiendo, o eso me pareció, pues se marchó por el pasillo silbando.
–Qué hombre tan extraordinario –dije, con tono de asombro, sin tener del todo claro que no fuera fruto de mi imaginación–. Su impertinencia supera todos los límites, teniente.
–Me temo que tiene usted razón –contestó Tom Hearst, señalando la única silla con respaldo recto de la sala y permaneciendo de pie hasta que yo me acomodé–. Habría despedido a ese canalla hace tiempo, de no ser porque le debo una.
–Pero ¿qué podría deberle usted a un hombre como él?
Vaciló y, acto seguido, se encogió de hombros.
–Mi vida, señorita Austen.
Fuera lo que fuese lo que me esperaba oír, no era eso, desde luego; sentí que una sobrecogedora sensación de humildad se apoderaba de mí y me miré las manos unidas.
–Pero no ha venido a Scargrave Cottage para hablar del soldado raso Lewis, por muy «extraordinario» que le parezca. –Tom Hearst se dejó caer sobre un sillón junto a la chimenea encendida–. ¿A qué le debo este honor, señorita Austen, y en plena preparación de los bártulos?
–Si le soy sincera, teniente, lo cierto es que he venido por su ordenanza, ni más ni menos.
Tengo entendido que tiene bajo su poder las pertenencias de la difunta Marguerite Dumas, que usted, en un gesto muy considerado por su parte, le mandó recoger de la casa de la lavandera, Lizzy Scratch –pronuncié estas palabras con total naturalidad, pero observé su reacción con los ojos entornados.
–¿Cómo se ha enterado usted de esto? –dijo; sus apuestas facciones transmitían desconcierto.
–Isobel me ha pedido que le devuelva las cosas de la doncella a su familia en Barbados –le dije, y me obligué a dejar de lado el hecho de que esto no era más que una mentira.
–Pero si ella… –empezó a decir, pero se detuvo, como si se lo hubiera pensado mejor–. Era precisamente lo que quería hacer yo, y si no me hubiera distraído con el viaje a Londres, las pocas posesiones de la muchacha ya irían de camino.
–He de decir que me pregunto por qué se le habrá ocurrido a usted hacer tal cosa.
El teniente esbozó una sonrisa forzada.
–Estoy acostumbrado, tras tantos años de servicio en el Ejército, a encargarme de las pertenencias de los hombres de mi compañía cuando caen en batalla –me explicó–.
Para mí es un acto reflejo pensar en la familia que se queda atrás y en la preocupación que demuestran por el destino de sus seres queridos.
En muchas ocasiones, tales pertenencias se convierten en objetos muy preciados para ellos, por muy poco valor que puedan tener para nosotros.
–Pero…, discúlpeme, teniente, la doncella no formaba parte de «su compañía», que digamos, sino más bien de la de Isobel. ¿Cómo se enteró usted de dónde podría encontrar sus cosas? Pues resulta evidente que nadie en la casa sabía que ella se refugiaba bajo el techo de Lizzy Scratch.
Se sonrojó al escucharme decir esto y guardó silencio unos instantes.
–Podría preguntarle lo mismo a usted, señorita Austen –apostilló–, pues salta a la vista que conoce mis movimientos mejor de lo que sería lo normal tratándose de una joven dama discreta como usted.
Pero, en fin, no importa: si estoy tan informado acerca de la doncella se debe tan solo a mi tendencia a recrearme.
–Al decir esto, esbozó una sonrisa arrepentida–.
Cuando ya no puedo soportar más los silencios de mi hermano, me escabullo al Gallo y al Toro, y en el Gallo y el Toro, el nuevo domicilio de Marguerite estaba en boca de todos.
No oculté lo sorprendida que estaba.
–Y, aun así, ¿no le dijo nada de esto a Isobel?
–Recuerde que yo no tenía ningún motivo para decírselo –rebatió–.
Cuando la doncella desapareció de la mansión, en un primer momento, Isobel no dijo nada que diese a entender que deberíamos buscarla, y pensé que la marcha de Marguerite simplemente se debía a desavenencias entre criada y señora.
De las cartas, así como de las amenazas escritas en ellas, me enteré al mismo tiempo que el resto de la familia, y, para entonces, la pobre muchacha ya estaba muerta.
La historia parecía bastante plausible.
–Pero ¿no ha enviado sus pertenencias a Barbados?
–Solo me faltaba pedirle la dirección a Isobel y ya nada me detendría, pero, con todo lo que ha sucedido, me ha sido imposible.
Menos mal que no las he enviado todavía, pues sir William Reynolds quiso ver los objetos personales de la criada después de la instrucción de ayer y vino a verme al igual que usted hoy.
Pero todo apunta a que no descubrió nada que pudiera resultarle útil, y me pidió que se los envíe a la familia de la joven.
–Tom Hearst se detuvo y me contempló con detenimiento–.
Que la condesa se preocupe por los asuntos de su doncella cuando se encuentra en estas circunstancias es indicio de una bondad sin límites.
«Sobre todo teniendo en cuenta que ha sido la doncella la que la ha llevado a la ruina». Esta idea, a pesar de que no llegamos a formularla, pendió del aire entre nosotros.
–Así es Isobel –contesté con torpeza–. Puede que encargarse de pequeños asuntos como este le permita dejar de pensar durante un rato en sus propios problemas.
–Puede ser. –El teniente trató de recuperar el buen humor de siempre–. Le pediré a Joan que traiga las cosas sin más dilación.
Dispongo de todo el tiempo que tarde el carruaje de Scargrave en llegar traqueteando a Londres para reflexionar acerca de las palabras del teniente Hearst; he sacado mi diario para tratar de poner por escrito mis ideas y, así, comprender mejor su significado.
El viaje durará varias horas, y no tendré forma de eludir el hastío que supone conversar con Fanny Delahoussaye y su madre; Isobel y Fitzroy Payne viajan por separado, bajo vigilancia armada, en un estado de incomodidad y humillación tal que tiemblo solo de pensarlo.
Tengo claro que esto no es más que el comienzo de todas las bajezas a las que deberán enfrentarse y me intimida la misión que me ha encomendado Isobel.
El misterio de Scargrave se vuelve más y más tenebroso a cada hora que pasa, y, de ser yo una criatura propensa a las emociones violentas, me desesperaría con solo tratar de buscar un sentido a todo lo que está sucediendo.
Que las vidas de Isobel y el conde pendan de un hilo solo hace que se incremente incluso más mi impaciencia por entender los hechos de una vez por todas.
Ahí donde busco indicios, con la esperanza de resolver este rompecabezas, no encuentro más que enigmas, y la visita a la casa de los hermanos Hearst no es una excepción.
Pues, a pesar de que Lizzy Scratch aseveró que había confiado el medallón de la criada al ordenanza, no se encontraba entre las posesiones de Marguerite cuando Tom Hearst me las entregó a mí.
En la bolsa de tela que me tendió la criada de la casa había unas pocas prendas desgastadas, un fajo de cartas en francés de los parientes de Marguerite en las Indias y un retrato en miniatura de una mujer que podría ser su madre.
Nada más: ni libros ni baratijas ni recuerdos de ningún tipo; una triste colección de objetos que resumían toda una vida.
De modo que se despliega ante mí una ardua elección.
Por muy plausible que sea su versión de los hechos, hubo algo que el teniente Hearst no me dijo: ¿fue él quien apartó el medallón de oro de las pertenencias de Marguerite o fue su ordenanza, el soldado raso Lewis, a quien le pareció buena idea?
¿Y qué clase de remordimiento de conciencia habrá urgido al señor o al sirviente a hacer algo así?
34 . La casa de viuda, tradicionalmente, pasaba a ser la residencia de una dama viuda cuando su hijo heredaba el título de su padre y tomaba posesión de la vivienda de sus ancestros.
La esposa del hijo, entonces, pasaría a ostentar el título de su madre.
Por ejemplo, si la madre de Frederick Payne siguiera con vida cuando este se convirtió en conde, recibiría el tratamiento de «condesa viuda de Scargrave», mientras que Isobel sería la «condesa». ( N. de la E. ).