Capítulo 14 La cuestión del medallón #2
–No sabía que el teniente Hearst ya había velado por los intereses de la doncella –dije–, pero, por supuesto, es algo que compete a un caballero de la familia.
–No me pareció oportuno decirle a la lavandera que, más bien, tal cosa era competencia de Isobel; en todo caso, me desconcertaba la rapidez con la que había actuado el teniente–.
¿Cuándo ha dicho usted que ha venido este hombre a por sus cosas?
–Pero si no se lo he dicho –rebatió Lizzy–, aunque, mire, a mí no me importa decirla cuándo fue. Fue el día en el que Margie se reunió con su Señor, ese día mismito, y si por aquel entonces yo supiera quién la había asesinao , nunca habría permitido de que sus cosas volverían a ese lugar.
–Gracias, señora Scratch –dije–, me ha sido usted de gran ayuda, e incluso me ha atendido en mitad del trabajo.
–Hurgué en mi bolsito y saqué un chelín, del que ella se apoderó rápidamente, lanzando una mirada codiciosa a las monedas que me quedaban.
Mi bolsito siempre está medio vacío y soy muy meticulosa con las finanzas, pero, para una causa como esta, este gasto extra me pareció de recibo por todos mis esfuerzos.
Saqué otro chelín y lo sostuve con ademán despreocupado–.
Me pregunto, señora Scratch, si se acuerda usted de si había un medallón entre los objetos que se llevó el sirviente.
–¿El medallón de Margie? ¿Y usted pa qué quiere eso?
–Tengo entendido que era una posesión muy valiosa para ella y, por tanto, quisiera que su familia recuperase ese objeto en particular. Al entregarle las cosas al criado del teniente, con el ajetreo, no sería de extrañar que un pequeño tesoro como este acabase extraviándose.
Agarré la palma de la mano de Lizzy y le di la moneda; en un abrir y cerrar de ojos, la atrapó con dedos carnosos y se encogió de hombros.
–No me parecía un objeto muy valioso –dijo–. Si lo fuera, me lo habría quedao pa mí. Pero, como se lo dio un hombre de la casa grande, quise devolverlo a ese sitio, no fuera que él volviese a buscarlo y me hiciese preguntas desagradables.
–Desde luego –contesté, aunque todavía no había procesado del todo esta nueva revelación–. ¿Conoce usted, pues, la identidad de este hombre?
–Oiga, que yo no he dicho eso, eh. –Lizzy Scratch entornó los ojos–.
A mí me da de que sé tanto como usted, señorita; con el tema del novio Margie se andaba con muchos secretitos.
Yo siempre pensé de que era el sirviente de un señor: que si el señor Danson, el ayuda de cámara del conde nuevo, que si uno de los criaos jefes…
Pero ahora a mí me da de que es el conde nuevo, el mismo que le ha quitao la vida. Tiene sentido, no me diga usted que no.
En el camino de vuelta a Scargrave Manor, vacilé unos instantes delante del portal de la casa independiente de la finca, buscando algún indicio de que sus residentes se encontraran fuera en esos momentos.
No quisiera encontrarme ni con el señor Hearst ni con su hermano, pero lo más probable era que uno estuviera dando un paseo por los senderos, reflexionando taciturno acerca de los abismos de la condición humana, y que el otro estuviera adiestrando a su perro cazador en el seto más cercano.
Haciendo acopio de valor, pues, abrí el portal y me adentré con paso firme en el camino.
Scargrave Cottage se construyó como una casa de viuda, 34 pero el difunto conde no había necesitado un sitio como este, puesto que su madre había abandonado este mundo mucho antes de que él heredara el título, de modo que Frederick Payne le había cedido la propiedad a su hermana, lady Julia, como un lugar donde refugiarse del traidor del señor Hearst. Los hermanos Hearst habían crecido juntos debajo de estos aleros estilo Tudor, y el teniente siempre hablaba con profundo afecto de las carreras que echaba en su infancia alrededor de las zarzamoras de la casa.
Encalada con esmero y decorada con un entramado de madera, la vivienda era, sin duda alguna, de lo más fascinante en primavera, pues un rosal pendía del dintel de la puerta y un perfumado seto de boj florecía bajo las vidrieras emplomadas.
En lo más crudo del invierno, no obstante, el jardín presentaba un aspecto descuidado y desolado.
La criada, una tal Joan, me hizo una reverencia y me informó de que el señor George Hearst se encontraba dentro de la vivienda.
Me arrepentí de inmediato de mi falta de recato –una mujer que viene a visitar a solas a un varón soltero–, pero ya no había vuelta atrás y no tuve otra opción que dejar que me condujera hasta el salón de la casa.
Esta estaba llena de indicios de que se trataba de la residencia de un hombre soltero: había estanterías llenas de libros contra las paredes e ilustraciones de urogallos colgando por encima de la repisa de la chimenea.
Un aroma peculiar, que me recordaba en parte al del tabaco de la pipa y, en parte, al de un perro mojado, impregnaba el aire, a pesar de que el fuego crepitaba en la chimenea.
El señor Hearst se había acomodado con un libro y se puso en pie con un aspecto consternado que me temo que reflejaba el mío propio.
–¡Señorita Austen! –exclamó–. No esperaba verla hasta que nos marcháramos todos en carruaje. ¿Acaso ha caído otra desgracia más sobre la mansión y por eso ha venido corriendo aquí en busca de ayuda?
–Le pido que se tranquilice, señor Hearst –contesté–. No he venido por ningún asunto por el que deba inquietarse.
–Si es así, permítame que la invite a sentarse y a tomarse un té.
Señaló la sala con un vago gesto, como indicando todas las sillas y ninguna en particular.
Les eché un rápido vistazo. Si bien no cabía duda de que los asientos de los Hearst parecían de lo más cómodos, eran de esa clase de muebles que rápidamente sacaría de quicio a cualquier dama que se precie. Negué con la cabeza.
–Tan solo quería hablar un momento con el teniente Hearst.
–Mi hermano no está en casa. Pero quizá yo pueda ayudarle.
–Me temo que no –dije con brusquedad.
El señor Hearst vaciló y contempló mi rostro con ansiosa perspicacia.
–Espero por Dios que él no haya perdido las formas… –empezó a decir, pero, luego, se interrumpió y se mordió el labio.
–Señor Hearst –me apresuré a aclarar–, no se deje llevar por temibles conjeturas que no vienen al caso.
Soy consciente de que mi presencia en este lugar, en estas circunstancias, no puede sino parecer extraña, pero puede estar tranquilo: le aseguro que no se debe a ninguna falta de decoro por parte de su hermano.
–Entonces, añadí lo siguiente, inspirada de pronto–: He venido en nombre de la condesa con un mensaje para el teniente, nada más.
Sabe que no se le permite venir en persona.
Quizá debería entrevistarme con el ordenanza del teniente.
–Por supuesto. Por supuesto. Tendría que haberlo imaginado. –El eclesiástico relajó el rostro–. Ahora mismo se lo traigo.
Soltó el libro y atravesó el salón en dirección a la puerta, pero yo no podía dejar que se marchara sin antes echar más leña al fuego.
–Señor Hearst –le dije, cuando ya me daba la espalda–, me parece que debo felicitarle. El teniente me ha dicho que, al fin y al cabo, recibirá usted una dotación. Así pues, solo le queda ordenarse sacerdote.
En un primer momento, pareció atónito, luego intranquilo, y bajó la mirada al suelo.
–Ojalá fuera así de sencillo, señorita Austen –dijo–. Pero no todos los que sienten la llamada sirven para esa clase de vida.
Y así me dejó. Tal y como me había comentado el teniente, el señor Hearst, en el fondo, no quería dejar de tener motivos para quejarse.
O tal vez ahora se sentía culpable porque sabía que yo estaba al corriente de un asunto que preferiría mantener en secreto.
Pero ¿por qué? No tuve la oportunidad de reflexionar al respecto mucho tiempo, pues oí una jocosa voz con acento londinense proveniente de la puerta.
–Así que es usted la que le ha robao el corazón a mi señor.
Miré hacia atrás anonadada y me encontré con un elegante individuo en mangas de camisa que seguía limpiando con un trapo las botas del teniente Hearst.
–No para de hablar de usted, se lo digo yo. ¡Que si la señorita Austen por aquí, que si la señorita Austen por allá…! Si no supiera cómo se las gasta el caballero con las damas, supondría de que lo suyo ya no tiene remedio. Bueno, ¿qué quería, cariño?
Tragué saliva y guardé la compostura no sin dificultad; jamás en mi vida una persona de su condición me había hablado con tanta familiaridad.
–Entiendo que es usted el ordenanza del teniente Hearst.
–Mi nombre es Jack Lewis; mi renombre, la guerra –contestó, haciendo una reverencia cordial–, pero, mire, es que no tengo todo el día, qué quiere que la diga. El muy cabrón tendrá una prisa que no vea, y en cuanto vuelva de montar el burrito ese que tiene, me iré hasta Londres escapando del látigo.
–¡Lewis! –Una cabeza de pelo rizo se asomó por la puerta del salón, frunciendo el ceño y haciendo una mueca–. Para ya de charlar con Joan, por Dios te lo pido, y prepara mis cosas de una maldita vez.
–Lo que usted diga, hombre –dijo el ordenanza girando la cabeza hacia atrás, impertérrito. Se volvió hacia mí y me guiñó un ojo–. No le gusta que merodee por su territorio.
Por un temible instante, pensé que este individuo se atrevería a cogerme la mano para besármela, pero se limitó a esbozar una sonrisa y a hacer un gesto pronunciado de asentimiento, como si yo fuera cómplice de algún plan suyo del que no sabía nada, pero cuyas consecuencias mucho me inquietaban.
–Me retiro, señor.
–¡Señorita Austen! –exclamó el teniente Hearst al entrar en la estancia; era la viva imagen de la consternación y de la humillación–.
No tenía ni idea de que se encontraba usted aquí dentro.
Por favor, ¡le ruego que se acomode y que me permita ofrecerle un té!
Temo que el soldado raso Lewis la haya incomodado en demasía.