Jane Austen y el incómodo incidente en Scargrave Manor Capítulo 14 La cuestión del medallón
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Capítulo 14 La cuestión del medallón

La cuestión del medallón

Dejé a Isobel a solas, aunque la desesperación en la que se encontraba sumida no dejaba de horrorizarme, y traté de desembarazarme de la infelicidad que me embargaba y prepararme para nuestro viaje a Londres.

Mientras le explicaba a Martha cómo organizar mis bártulos, me sorprendió que alguien llamara con sutileza a la puerta de mi alcoba.

Al abrirse, quedó a la vista la señora Hodges, cuyos rasgos eran la viva imagen de la ansiedad, y, a juzgar por sus siguientes palabras, supuse que aquella actitud se debía al miedo que le suscitaba incurrir en una falta de decoro sin querer.

–Siento molestarla, señorita Austen, y si resulta que no tiene tiempo para recibir a Jenny Barlow, con mucho gusto le diré lo que hay.

No me imagino qué la habrá llevado a venir a la puerta del huerto para preguntar por una dama y por qué insiste, terca ella como una mula, en decir lo que tenga que decir, aun sabiendo que están ustedes a punto de marcharse.

La he dejado en la sala de servicio del mayordomo, pero, con una palabra suya, la despediré sin más dilación.

–¡Se lo ruego, no haga tal cosa, señora Hodges! –exclamé yo–. Ha hecho bien en venir a buscarme. Llévela directamente a la pequeña sala de estar; yo la estaré esperando allí.

La buena mujer hizo lo que le pedí, aunque no sin cierta sorpresa, y, después de darle unas últimas directrices a Martha, me apresté a bajar las escaleras.

Jenny Barlow parecía más incómoda en la grandeza de una sala de estar pequeña como esa (aunque, sinceramente, la favorecía) que en su cabaña llena de humo; los marcos bañados en oro de los cuadros ensalzaban su cabello rubio y los acianos de la alfombra embellecían sus ojos.

Efectivamente, podría haber posado para siempre, la mismísima encarnación de una zagala de Dresde, si yo no hubiera interrumpido su estatismo.

–Qué buena es usted, señorita, por recibirme; no sé cómo agradecérselo –dijo ella.

–Teniendo en cuenta que, sin duda alguna, ha debido de plantarle cara a su marido para venir a verme, señora Barlow, soy yo la que debe sentirse agradecida –contesté.

Pensé en sentarme e invitarla a hacer lo propio, pero supuse que se sentiría inquieta al acomodarse con tanta naturalidad en una habitación como esa; se sentaría en el borde de una silla, ansiosa por si su vestido de mahón manchaba el revestimiento de seda, y el desasosiego de que la trataran como a sus superiores frustraría todo intento por conversar.

Permanecí, pues, de pie–. ¿Tiene algo que decirme? –pregunté con amabilidad.

–Sí…, quiero decir, no, señorita. –Trató de sobreponerse a la desazón y a las dudas y, entonces, armándose de valor, inspiró hondo–. Quisiera pedirla un favor.

–¿Un favor?

–No es para mí, en realidad, sino para mi pobre hermana, Rosie, señorita. ¿Tiene usted hermanas?

–Tengo una hermana –respondí–, a la que quiero más que nada en este mundo. ¿Qué puedo hacer por usted, señora Barlow, que no pueda hacer su marido?

–Ted no quiere oír hablar de Rosie –dijo en voz baja–, por los problemas que tiene.

–¿Problemas? ¿Se refiere usted a que… está esperando un hijo?

Jenny Barlow me lanzó una rápida mirada y, entonces, bajó los ojos a su propio vientre; el embarazo cada vez resultaba más aparente.

–Solo tiene diecisiete años, señorita. Como yo, cuando tuve al primero. Pero Ted estaba conmigo, mientras que Rosie… La cría es mu desgraciada.

–¿No vive aquí?

Jenny negó con la cabeza.

–Se ha marchao a Londres, como ordenó el conde.

Hace muchos meses que no sé nada de ella; no sabe ni escribir ni leer y, además, el servicio de correos es tan caro que yo tampoco podría permitírmelo.

Pero usted se marcha a Londres hoy mismo, según tengo entendido, y quizá podría ir a verla, si no es mucha molestia.

–Será un placer, señora Barlow –le aseguré con dulzura–, y la informaré a usted por carta acerca del embarazo de su hermana en cuanto sea posible. Entiendo –dije con incerteza– que usted sí aprendió a leer y a escribir.

Asintió.

–Mi padre insistió para que aprendiera. Pero mi madre murió cuando nació Rosie y él dejó a la pobre criatura a cargo de una mujer aquí, en Scargrave, cuando se marchó a trabajar de sirviente a otro lado. Mi hermana tuvo una educación pésima.

–Dígame, entonces, dónde se aloja –contesté– y haré lo que esté en mi mano por localizarla.

La joven me facilitó la dirección –una calle respetable del sur de Londres– y accedió a darme la mano en señal de despedida.

Poco más sé acerca de la suerte de Jenny Barlow de lo que sabía la última vez que nos vimos en su propio hogar, pero me pareció insensato presionarla para conocer los detalles; posee la reticencia natural de toda una dama y, ante tanta dignidad, hacer más preguntas sería de muy mal gusto.

No me pasaba desapercibido que existía la posibilidad de enterarme de más cosas a través de su hermana, pero espero que una estratagema como esta no se entienda como una forma de engañar a una joven tan desafortunada.

Acompañé a Jenny a los aposentos del ama de llaves, quien la recibió con cierta vacilación, y seguí preparando apresuradamente mis bártulos. Nos marcharíamos justo después del mediodía, pero antes tenía pensado recorrer Scargrave Close en busca de Lizzy Scratch.

Aquel día frío hacía buen tiempo y una nueva capa de nieve recién caída cubría de color blanco el camino por el que me dirigía hacia el pueblo.

Pasaría buena parte de la tarde en un carruaje con destino a Londres, pero, cuando menos, no se me agarrotarían las piernas; mi corazón comenzó a elevarse con el ejercicio.

Me volví al oír el sonido de un caballo y un charrete que se avecinaban, y reparé en que el que me seguía por el camino no era otro que el vehículo de sir William Reynolds.

Me di cuenta al momento de que él también se había fijado en mí, pues el charrete aligeró la marcha poco a poco hasta detenerse a mi lado.

–¡Señorita Austen! –exclamó–. ¡Imaginaba que estaría usted ocupada preparando los bártulos!

–A mí se me da tan mal que he decidido dejarlo en manos de la amable criada –contesté–. ¿Ya va usted de camino a la sesión de los Tribunales de Assizes?

–Tan solo pienso hacer una parada en el Gallo y el Toro y, luego, tomaré la calzada del servicio de correos –respondió sir William. Reparó en mi pelliza, que he de confesar que estaba muy desgastada–. Entiendo que usted tiene planes parecidos. ¿Le gustaría subirse?

–No se moleste, señor –dije, decidida a que no adivinara mis recados–. Soy amante de los paseos, y, en pleno invierno, una debe aprovechar el buen tiempo siempre que sea posible.

–Al pasear, sus mejillas adquieren un matiz rosado –dijo con ternura, aunque aquel gesto de caballerosidad estaba fuera de lugar; yo siempre tengo la cara roja, una cuestión que me disgustaba en mi juventud y a la que me he resignado con desgana en la adultez, pero acepté su cumplido porque las intenciones eran buenas, le devolví el gesto de la cabeza a modo de despedida y lo vi alejarse por el camino.

A cambio de una moneda, un crío del pueblo me condujo hasta la casa de Lizzy Scratch.

No era más que una choza, con una gran olla de acero puesta a hervir al fondo; suponía que ahí era donde se aseaba.

Un pelotón de niños se arremolinaba en torno a la puerta, con unos pocos meses de diferencia entre ellos; todos se asemejaban a su madre por la manera en la que entornaban los ojos y la suciedad de su piel y su ropa.

Todo parecía indicar que Lizzy solo hacía la colada cuando le pagaban.

Les pregunté si la buena mujer había salido y varios pulgares señalaron hacia la caldera del fondo; ahí fue donde la encontré, con la cara roja y sudando al aire frío, removiendo la ropa en el agua hirviendo con un palo alargado de fresno.

–Hola, señora Scratch –le dije.

–¿Y usted quién es? –Se pasó un brazo corpulento por la frente y me miró entornando los ojos–. La colada la sale por tres chelines por semana, uno menos si la plancha usted misma. Me la trae el día de la colada, o sea, el lunes, y se la lleva el jueves por la mañana.

–No he venido a hablar de la colada –dije yo–, sino de Marguerite Dumas.

Alzó la barbilla para mirarme mejor –me temo que necesitaba urgentemente unas gafas– y, sin previo aviso, adoptó una expresión agresiva.

–Usted viene de la casa grande. Me he fijao de que estaba con los demás en el Gallo y el Toro.

–Me han invitado a Scargrave Manor, sí –contesté–, y por eso mismo he venido. La familia desea devolver las pertenencias de la doncella Marguerite a su familia en Barbados y he venido para recogerlas.

–Se ha presentao aquí para llevarse sus cosas –dijo la lavandera, muy divertida.

–Sí.

–¿Y eso porque quiere enviarlas?

–Parece lo menos que se puede hacer.

Lizzy Scratch echó la cabeza hacia atrás y soltó una estrepitosa carcajada.

–Pobrecita Margie –dijo, limpiándose los ojos–, si hubiera sabido de que la gente se pelearía por llevarse sus cosas, ¡fijo que las habría ocultao vaya usted a saber dónde!

–¿Acaso han venido más personas a preguntar por las pertenencias de la doncella? –pregunté, intrigada.

–Digamos que usted la primera, lo que se dice la primera, no ha sido –respondió–.

El magistrao se pasó por aquí después de la instrucción, acompañao del señor Bott; vaya cabreo que se cogieron cuando se enteraron de que ya no estaban sus cosas.

Dieron a entender de que yo las había robao , ya ve usted; ellos no tenían derecho a decir eso, no, señor.

Margie contribuía a los gastos de la casa, eso es verdad, y a mí no se me ocurriría robarla muerta y enterrada como está.

–Pero ¿quién se las ha llevado, entonces? –inquirí, perpleja.

–Un tipejo de la casa grande.

–¿Un caballero?

–No hablo del que la ha asesinao , si es lo que quiere saber –dijo, ladina–. Fue el criao del soldao que vive en la casa pequeña.