Capítulo 13 La táctica de la señorita Fanny #3
–Firma al final de esta página –me dijo, con voz baja y temblorosa–. He escrito mis últimos deseos para este mundo. –Yo estaba de lo más desconcertada, pero Isobel me tendió la pluma con determinación–. Te lo ruego, fírmala.
Era incapaz de hablar ni de leer las cláusulas de su fatídico testamento, pero añadí el apellido de Austen al documento. Vi con tristeza el torpe garabato de Daisy Hodges –la joven doncella de la condesa– en el lugar del segundo testigo.
–Gracias, querida mía –dijo Isobel cuando terminé, y, doblando el grueso papel, me lo colocó en las manos–. Te lo confío para que lo tengas a buen recaudo. Llévaselo a mi asesor legal, el señor Hezekiah Mayhew, de la calle Bond, en cuanto se te presente la oportunidad.
–Mi querida amiga –dije, profundamente conmovida–, ¡todavía no ha llegado el momento para pensar en una desgracia como esta! Sucederán muchas cosas antes de que este papel sea necesario.
–Es mejor prepararse para lo peor, Jane, ya que eso es lo único que me espera.
¡Desdichada Isobel! ¡Doy gracias a Dios por que Frederick haya cerrado los ojos!
Se horrorizaría si me viera reducida a esta infamia, y todo por obra de alguien a quien tanto quería –exclamó, agarrándose inconscientemente el cabello con las manos–.
¡Fitzroy, traidor! ¡El más desgraciado de los hombres, capaz de lucir la más noble de las máscaras!
–Isobel. –Le cogí los dedos con los que se mesaba el pelo y los sostuve con firmeza entre los míos–. ¿Cómo puedes hablar así? El destino del conde es tan desafortunado como el tuyo, y se enfrenta a él con la misma inocencia que tú. No me digas que crees lo contrario…
–Yo misma he visto la nota, Jane –dijo mi amiga con desdén–.
He visto lo que escribió, he visto que era su letra.
Tú misma la encontraste en el cuerpo destrozado de la pobre Marguerite.
¿Es que no ves lo que ha hecho? La doncella tenía razón desde el principio.
Fitzroy, y ningún otro, es el asesino de mi marido.
Fitzroy fue descubierto por Marguerite, que hizo lo que estuvo en su mano por sacar a la luz su traición.
Y Fitzroy, y ningún otro, se aseguró de que la doncella no pudiera decir nada más.
–No creas estas cosas, Isobel –exclamé.
–¿Es que has perdido la cordura, Jane? –La condesa se levantó del escritorio, inquieta, y comenzó a caminar por delante de la chimenea encendida–.
¿Qué otra cosa quieres que crea? ¿Que la culpable de las muertes soy yo?
No hace falta que analices nada de esto más a fondo: debes saber que me siento tan culpable como si yo misma hubiera terminado con su vida con mis propias manos.
Fue mi ciego favoritismo por Fitzroy, mi vanidad, mis ansias de admiración, mi debilidad ante la pasión, lo que le alentó a hacer el mal.
Vio la confianza fatua que depositaba yo en él y se aprovechó.
A mí, y nadie más que a mí, me habrían culpado de la muerte de Frederick, mientras él, y nadie más que él, se quedaba con toda la riqueza de mi marido.
Pero Marguerite arruinó los planes de lord Scargrave al llevar encima su carta incriminatoria.
La condesa se detuvo delante del retrato de su difunto marido y alzó la mirada con remordimiento.
–Te traicioné, Frederick, aunque solo haya sido en mi corazón. Pero en mi corazón ya he muerto como castigo.
Busqué un punto de apoyo detrás de mí, sobrecogida por el ímpetu de su desazón, y fui a parar en el dosel de la cama. Me apoyé contra el poste con alivio.
–Me temo que estás muy equivocada, querida mía, y que con el tiempo te acabarás arrepintiendo de lo que has dicho. Trágate esas palabras, te lo imploro, olvídate de ellas si puedes, antes de que se queden grabadas con toda su amargura en tu corazón.
Isobel me miró con ojos febriles.
–¡Explícamelo, Jane! Explícame por qué depositas tu confianza en Fitzroy, cuando la de tu amiga se ha hecho añicos. ¿Acaso ha desplegado todos sus encantos contigo, mientras Isobel lloraba por Frederick?
–¡Sabes que eso es imposible! –exclamé–.
¡Tan imposible, tratándose de alguien de su honor, como el asesinato del que ahora lo acusas tú!
Isobel, Isobel, si Fitzroy Payne fuera capaz de planear algo como esto, nunca habría dejado su carta en el cuerpo de la doncella.
Sería un necio por incriminarse a sí mismo públicamente de esa manera.
Esto es lo que quiere que pensemos el verdadero asesino de la doncella; estoy convencida de que la nota es falsa.
Isobel me rozó al pasar por mi lado y soltó una risa ahogada.
–Conozco su letra, Jane. Demasiadas veces me ha escrito palabras de amor, palabras tan falsas como la propia personalidad de Fitzroy.
No, amiga mía –dijo la condesa, ahora con más serenidad–, me niego a compartir tus absurdas esperanzas.
Pues, ahí donde voy, la esperanza es lo más absurdo que existe.
33 . En el año 1801, George Austen, el padre de Jane, le cedió su dotación en Steventon (o, en otras palabras, su cargo parroquial), su rectoría y la mayoría de los muebles a su hijo James, clérigo al igual que él, y se trasladó con su esposa y sus hijas a Bath. ( N. de la E. ).