Capítulo 13 La táctica de la señorita Fanny #2
Haciendo caso omiso de mi desdén, siguió absorta en sus encantadoras ensoñaciones, juntando las manos y levantando la mirada.
–¡Usted piense en las personas con las que nos encontraremos en ese lugar!
–exclamó Fanny–. ¡La nobleza de Inglaterra al completo reunida en un mismo sitio!
Y, desde luego, se compadecerán de nosotros por las interesantes circunstancias en las que nos encontramos.
A mí jamás se me habría ocurrido un plan más exquisito.
Tiene que venir conmigo a visitar a Madame Henri sin falta, mi querida señorita Austen.
No puede permitirse lucir otra cosa que no sean sus mejores galas, con la edad que tiene.
¡Conque Madame Henri! A la señorita Delahoussaye no se le ocurriría nunca pensar que carecía yo de suficientes recursos como para ir a un local como ese ni que mi costurera de confianza no era otra que mi querida hermana Cassandra, del mismo modo que yo era la suya.
El precio de la muselina fina ya es elevado de por sí, como para añadir el gasto elevado de la confección; preferiría gastar mi dinero en un poco de cinta, para adornar con mayor gusto mi corpiño.
Pero la señorita Fanny entendía tanto de la economía como del tacto.
En parte molesta, respondí con cierta aspereza:
–Así que ¿ha abandonado por completo el objetivo de lord Scargrave y ahora pretende encontrar marido entre una selección más variada de nobles?
–Nunca ha sido «mi» objetivo conquistar a Fitzroy –contestó Fanny, encogiéndose de hombros en señal de indiferencia–, con lo frío que es, ¡erudito y orgulloso como ninguno!
Y, además, no quisiera echar a perder mi futuro al asociarme con un hombre que está metido en un aprieto como este.
–Bajó la mirada en un gesto propio de las señoritas modestas y se sonrojó con cierto encanto–.
No, señorita Austen, yo hace tiempo que le entregué mi corazón a otro; estoy convencida de que sabe usted a quién me refiero.
Si, al final, las cosas se tuercen, si ahorcan a Fitzroy y con él a Isobel, oh, entonces, ¡habré elegido bien!
Pues, de ser el caso, George Hearst heredará el condado.
–¿No hay ningún otro descendiente directo en la familia Payne? –quise saber yo, intrigada.
–No, a no ser que el difunto conde tuviera un bastardo escondido en algún lugar –dijo la señorita Delahoussaye, encogiéndose de hombros–, y, entre usted y yo, señorita Austen, me parece muy poco probable; era un individuo de lo más respetable.
Si tuviera un hijo ilegítimo, el mundo entero lo sabría y el chico estaría formándose en Eton.
No, señorita Austen, los Hearst son, en estos momentos, los parientes varones más cercanos del conde, y ¿quién tendría más derechos sobre Scargrave que el señor Hearst, que ha vivido aquí toda la vida, al igual que su madre antes que él?
–Pero ¿acaso podría recibir la herencia a través de la línea materna?
–Por lo que me ha explicado Tom, esta clase de circunstancia aparece recogida en la concesión del título. George únicamente tendría que cambiar el apellido de Hearst por el de Payne y problema resuelto. Habrá oído hablar de casos similares, seguro.
De modo que Tom Hearst estuvo barajando el destino de su hermano –en voz alta y en compañía de una persona con tan poca discreción como la señorita Fanny– muy poco después de que Fitzroy Payne fuera acusado de asesinato.
¿O acaso había sido esa misma acusación fatídica el objetivo de los Hearst desde el principio, con la obtención del condado como principal fin?
Se han cometido asesinatos y los inocentes han tenido que sufrir por motivos menos imperiosos que estos.
Fanny estaba tarareando una cancioncilla, absorta en sus deliciosos ensueños; me pareció lo más oportuno sacarle toda la información posible al respecto y, por tanto, saqué a colación el tema que más la preocupaba.
–Entonces, ¿se quedaría usted con el señor Hearst? –dije, demostrando una estupidez calculada.
–¡Señorita Austen! –exclamó, lanzándome una áspera mirada–. No pienso responderle si lo que pretende es burlarse; veo que tiene ganas de mofarse de mí. ¡El señor Hearst, dice! Mire que es usted malvada.
Entendí a la perfección lo que quería decirme, y me sorprendió que Fanny tuviera la capacidad de entender ciertas cosas y, al mismo tiempo, ignorar muchas otras.
Si condenaban a Fitzroy Payne, su primo George Hearst recibiría todo un condado y las perspectivas de futuro del teniente mejorarían de forma considerable.
Tom Hearst tendría un oído a quien confesar todos sus problemas y, si acaso, una mano generosa que le prodigase una fortuna; por otro lado, por lo poco que sé de la opinión negativa que se ha formado el señor Hearst del teniente, dudo que le fuera a permitir a su hermano hacer lo que quisiese con su bolsillo.
En todo caso, la dirección por la que se dirigían los pensamientos de la señorita Fanny no auguraba decepción alguna; su mayor esperanza residía en que, si la gran fortuna y el elevado estatus de George Hearst se añadieran al honrado cargo de Tom Hearst, este último sería merecedor de toda la felicidad que podrían brindarle las treinta mil libras de dote de Fanny Delahoussaye.
Los dos hermanos, cavilé mientras untaba la tostada de mantequilla, tenían buenos motivos para desear la muerte de su tío y la condena por asesinato de su primo.
Pero no tenía tiempo para ahondar en estos pensamientos tan espantosos ni mucho menos para seguir escuchando el ocioso parloteo de Fanny. La dejé calculando el tamaño ideal de una manga para un juicio por asesinato entre la nobleza y me centré en la pobre Isobel, prisionera en su propia casa.
–Jane –la condesa me recibió con brío, mientras yo me las veía con el vigilante colocado debajo del dintel de su puerta y atravesaba el umbral–, vienes justo a tiempo.
Pero ¿ha habido alguna vez una amiga dispuesta a esperar con la misma lealtad que tú?
Cualquier otra habría regresado con su familia hace tiempo y se habría olvidado de las desgracias de Scargrave.
La condesa se sentaba a su escritorio, inclinando la cabeza sobre la pluma y un papel; no había tocado el desayuno.
–Nadie podría olvidarse de algo como esto, Isobel, por mucho que huyera. En todo caso, yo no soy ni tan asustadiza ni tan indiferente a tu bondad.
–¡Mi querida Jane! –exclamó, y me cogió la mano entre una de las suyas, fría y pálida.
Esta mañana tenía un aspecto de lo más demacrado; imaginaba que había pasado la noche en vela y me desazonaba pensar en el terror que todavía le deparaba su destino–.
¿Le harías un último favor a tu amiga, antes de que tengamos que separarnos?
–Lo que sea, Isobel; cualquier cosa que me pidas.