Jane Austen y el incómodo incidente en Scargrave Manor Capítulo 13 La táctica de la señorita Fanny
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Capítulo 13 La táctica de la señorita Fanny

La táctica de la señorita Fanny

Esta mañana me desveló el estruendo de la criada encendiendo la chimenea, un sonido que, en realidad, resultaba agradable, pues me recordaba a otras mañanas de invierno de mi infancia, cuando un buen desayuno servido ante las llamas de la chimenea me esperaba en el piso de abajo y el más oneroso de los deberes en toda la mañana no era más que asistir a una lección.

Sentía una honda punzada de nostalgia por Cassandra y por nuestras conversaciones íntimas en bata, así como por Steventon, el hogar donde pasé mi juventud y que abandonamos hace ahora dieciocho meses.

A pesar de que Hampshire es a menudo motivo de desprecio por sus feos acantilados de creta y sus discretas tierras de labranza, los peñascos de Derbyshire no me resultan más encantadores ni los jardines de Hertfordshire se han adueñado en mayor medida de mi afecto.

Fue, en parte, a causa de la morriña por lo que llegué a sopesar la posibilidad de desposarme con Harris Bigg-Wither, pues asociarme con su fortuna nada despreciable y con sus propiedades en Hampshire me habría permitido regresar a los círculos sociales que tanto estimo.

Y el sistema de desagüe de la casa en Sydney Place resulta insoportable.

No dejo de preguntarme por qué habrá elegido mi padre un pueblo como este para sus años de jubilación y sigo añorando mi acogedora habitación en la planta de arriba de la rectoría y la compañía de Madame Lefroy, mi queridísima Anne.

Pensar que mi hermano James y su pobre Mary ahora disfrutan de todo lo que yo amo en esta vida es para mí motivo de desazón; son incapaces de apreciar su valor como yo y tampoco hallan el mismo deleite que yo en sus pequeños placeres.

Personas como ellos solo viven por y para criticar.

Pero estoy siendo injusta: yo llevo criticando a los demás un buen rato; he de decir que se trata de un defecto de familia.

Me apoyé en el codo y miré entre las cortinas del dosel.

–Martha –le dije a la criada que estaba agachada frente a la rejilla de la chimenea–, ¿se ha levantado alguien?

–No sabría decirle, señorita –me contestó, apoyándose sobre los talones y apartándose un mechón de pelo negro–, porque esos tipejos no se mueven ni un pelo de las puertas que vigilan.

Me han quitao los leños y me han ordenao que me fuera de ahí, fíjese usted; como si fuera a salvar yo al conde con un poco de yesca.

–Nos encontramos en una situación muy desfavorable –comenté.

–Y que lo diga, señorita, y to por la Lizzy Scratch y el follón que ha montao . Esa chiquilla, Margie, no era trigo limpio, eh, que no la engañen, y pa mí que ha acabao como ha acabao por el noviete que tenía. O eso es lo que dicen el señor Cobblestone y la señora Hodges abajo.

–¿Conocías bien a Marguerite? –pregunté, intrigada.

–Si es que no me ha dao ni tiempo. No llevaba aquí más de una semana o dos antes de que se marchara. –Martha se puso en pie y se sacudió el polvo con las manos–. Hala, ya está el fuego vivito y coleando. Quédese en la cama, señorita, hasta que la habitación entre en calor, y la traigo ahora el té.

Cuando se marchó, me recosté de nuevo sobre las almohadas y reflexioné acerca de todo lo que dijo Lizzy Scratch ayer.

El amante desconocido de Marguerite podría ser su asesino; desde luego, eso es lo que sospechaba sir William Reynolds, y creía haberle identificado en la persona del presente conde.

No parecía importarle que fuera poco probable que Fitzroy Payne les hubiera hecho el amor a la condesa y a su doncella al mismo tiempo, en especial sabiendo como sabía yo que tenía una amante en la capital.

Quizá él entendía mejor que yo los hábitos de un caballero.

Había muchas posibilidades, no obstante, de que el amante de Marguerite no estuviera relacionado con lo acontecido en la mansión y de que el susodicho no quisiera desenmascararse por miedo a la justicia.

Ahora que Fitzroy Payne había sido acusado formalmente, tal vez el desconocido admirador respiraría más tranquilo y estaría dispuesto a conceder entrevistas, si es que lográbamos dar con su paradero.

–Martha –dije cuando la criada regresó sosteniendo en lo alto la bandeja con el té–, ¿la señora Hodges o Cobblestone conocen la identidad del joven amante de Marguerite? Me pregunto por qué no participó en la instrucción.

–Ese hombre –dijo Martha, refiriéndose al juez de instrucción, el señor Bott– dio a entender que el nuevo conde, lord Payne, como se le llamaba antes, andaba enredao con Margie.

¡Ja! Si es como decir que tiene líos de faldas con la señora Hodges, sesentona como es.

Lord Payne, lord Scargrave, quiero decir, es mu orgulloso y los del servicio le importamos un pepino.

Si cuando no me llama Kate, me llama Daisy…

–Quizá Marguerite, en realidad, no tenía ningún amante.

–Oh, vaya si lo tenía –rebatió Martha con tenacidad–. No paraba de contarnos que era maravilloso y que la regalaba cosas que valían un ojo de la cara no, dos, cada vez que se veían.

Colocó la bandeja junto a la chimenea y sirvió una taza.

–Entonces, ya llevaban un tiempo enamorados –murmuré–. Pensaba que había conocido a su joven amante hace poco, después de llegar ella a Scargrave.

–¡Oh, Señor, no! Andaba con los ánimos mu subidos, decía que no tardaría mucho más en dejar el servicio ahora que ya había desembarcao y que tendríamos que llamarla «señorita Marguerite».

–Martha alzó la barbilla y se encogió de hombros, imitando la altivez y la actitud de menosprecio de Marguerite–.

No paraba de enseñarnos el medallón de oro que la había dao él y del que no se separaba nunca; lo llevaba por debajo de la camisola.

Estaba convencida de que se casaría con ella… o algo peor.

Aparté las sábanas y cogí mi bata, con la mirada fija en la bandeja de Martha.

–¿No sería alguien de su isla de origen al que alentaba por correspondencia?

Martha no las tenía todas consigo.

– Pa mí que extranjero no era, señorita, pero tampoco se lo puedo jurar.

–Supongo que también podría haberse encariñado con alguien durante los meses que pasó en Londres.

–Ahora que lo dice, señorita, sí que me contó de que la llevaba de paseo por las tardes por Covent Garden.

Tomé un sorbo de té sin desviar la mirada de la criada por encima del borde de la taza.

–Me extraña que su señora, la condesa, no supiera nada. Todo este idilio no deja de ser curioso, Martha. Tan curioso como la amistad de Marguerite con Lizzy Scratch.

–Lizzy debe de estar que no se lo cree –afirmó Martha con desdén–. Si ella era amiga de la muchacha, entonces yo soy la tía viuda de usted. Pregúntele a cualquiera que se encuentre por ahí y la dirá que esa mujer la cobraba a Margie todos los días por acogerla en su casa. Es muy pilla Lizzy.

Desayuné con Fanny Delahoussaye, quien esta mañana lucía un vestido gris azulado, como el color de las palomas, y un cuello de encaje que era el más leve de los guiños a las costumbres del luto, pero que claramente ofrecía un vívido contraste con sus bucles rubios y sus ojos azules.

Mi traje de muselina color marrón, a su vez, parecía en comparación tan insulso como el barro, lo que no hizo sino enlodar mis pensamientos.

Busqué consuelo en el silencio y en el excelente chocolate de la señora Hodges, pero la paz no estaba entre las cualidades que apreciaba la señorita Delahoussaye, de modo que no tuve otra opción que enfrentarme a todo el hastío que entraña un tête-à-tête a primera hora de la mañana.

Pues Fanny se había levantado temprano, impaciente como estaba por regresar a Londres, y por ese mismo motivo demostraba un buen talante.

–Pues –dijo, dándole vueltas distraídamente a una pulsera de oro en la muñeca– ya no soporto más el ennui de la vida rural.

El círculo social es tan inamovible, tan poco variable, que una hasta es capaz de completar las frases del vecino solo con pensar o esforzarse un poco.

Cuando me case, haré lo que esté en mi mano por pasar el menor tiempo posible en la casa de campo de mi marido.

–Entonces, si acaso, esperemos que se case usted con uno que no tenga casa de campo –respondí, quizá con más acritud de lo que pretendía.

–¡Sí que le gusta gastar bromas, señorita Austen! –exclamó Fanny–. ¿Qué es un hombre sin una hacienda propia? Un caballero muy pobre, diría yo.

–Puede ser, pero, la mayoría de las veces, así es la vida de un soldado, ya sabe; aunque sé que es la profesión que más le gusta respecto a todas las demás, en general, es el destino que les depara a… los segundogénitos.

–Oh, patrañas –dijo Fanny, que ya había recuperado su buen humor–.

¿En qué consiste la vida rural, en todo caso, además de batidas de cazas, partidas de billar y la tosquedad de los vecinos del campo?

Una propiedad en la capital, como la que puede ostentar un oficial con un cargo bueno de verdad, es más ventajosa.

Ardo en deseos de regresar a Hyde Park y a las tiendas de la calle Bond y al teatro, y de distraerme con otros cientos de maravillosos entretenimientos, aunque es cierto que en Londres no habrá mucho ambiente, al menos hasta la Pascua.

Se me estaba acabando la paciencia con este parloteo.

–Todo apunta a que, durante nuestra estancia en Londres, estaremos tan ocupados con cuestiones de una naturaleza más sobria y preocupante –dije con frialdad– que tendremos muy poco tiempo para divertirnos.

–Una no puede estar siempre de malhumor –dijo Fanny, mientras se ajustaba el corsé–.

Lo que tenemos que hacer es plantarle cara a la adversidad con cierto estilo.

Mi intención es ir a por Madame Henri, es la modiste más distinguida que hay, mi querida señorita Austen, en cuanto llegue y encargar un vestido en condiciones para la sala de la Cámara de los Lores.

Debe ser negro, por descontado, ya que seguimos de luto por el conde; una lástima, pues es un color que nunca me ha favorecido.