Jane Austen y el incómodo incidente en Scargrave Manor Capítulo 12 Convencer al juez de instrucción #4
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Capítulo 12 Convencer al juez de instrucción #4

Acto seguido, privaron a la señora Scratch de su momento de gloria y la obligaron a bajar con los demás, pero descendió como si del buque de guerra de Nelson se tratara, consciente hasta la médula de la majestuosidad y del poderío de sus armas.

A mi lado, Isobel cerró los ojos y las venas azuladas de sus párpados latieron con una intensidad ferviente.

Coloqué la mano enguantada encima de la suya y noté, como respuesta, un leve apretón.

Entonces, me fijé en el resto de la familia Scargrave, pero los tres caballeros estaban sumidos en un silencio pétreo, con expresión inmóvil y sombría.

Había pasado el tiempo de la rabia; ahora lo que se les pedía era fuerza.

Fitzroy Payne poseía desde siempre una templanza digna de admiración, pero me conmovió constatar que los hermanos Hearst –uno tan pasional y el otro tan frío– hacían gala de la misma dignidad.

Yo fui la siguiente en ser llamada y en prestar juramento, y narré con toda la compostura posible el hallazgo del pañuelo, la aparición de las huellas y el descubrimiento del cadáver.

Declaré que eran cerca de las 10:30 h y que la sangre era bastante reciente.

Me preguntaron qué me había llevado a hurgar en el corsé de la doncella, lo que hizo que se me ruborizaran las mejillas y que el señor Bott insuflara mayor solemnidad a su voz; luego, me dejaron marcharme.

Sir William se acomodó en el asiento y afirmó que, por lo que parecía, la doncella había sido asesinada en el propio cobertizo, que indudablemente la habían citado en dicho lugar a través de la carta que había sido hallada sobre su persona y que se había descubierto que la nota la había escrito Fitzroy Payne.

Yo pensaba que el humilde público ya se habría cansado hacía tiempo de revelaciones como estas, pero se acaloraban de nuevo con cada dato que se desvelaba, como un sabueso que entra en frenesí al oler la sangre goteante de un zorro que ya no tiene escapatoria.

Por último, llamaron a Fitzroy Payne al asiento y le preguntaron acerca de su paradero la mañana en cuestión; lo único que pudo decir fue que había salido a las 8:00 h para dar un paseo temprano a caballo, que había recorrido las tierras de la hacienda y que no se había encontrado con nadie, que, cuando volvió a los establos, eran las 11:00 h y que se había enterado entonces del asesinato de la doncella.

Cuando le preguntaron si alguna vez se había comunicado por carta con Marguerite, el conde negó con firmeza y declaró que un falsificador de tres al cuarto nos estaba nublando los sentidos a todos nosotros de la forma más burda posible.

Dicho esto, el señor Bott se aclaró la garganta y volvió las gafas hacia la docena de hombres que conformaba el jurado.

–Señores míos –les dijo el juez de instrucción–, hemos presentado todas las pruebas que han de tener en cuenta ustedes.

Tienen entre manos un arduo deber. Si creen que el difunto conde ha fallecido por un ataque de dispepsia, deberán emitir un veredicto que apunte a una muerte por causas naturales.

Si consideran que la doncella ha fallecido por causas ajenas a su voluntad, pero no tienen claro si se trata de un asesinato y, de ser el caso, desconocen la identidad del culpable, deberán emitir un veredicto que apunte a una muerte accidental.

El señor Bott hizo una pausa y les dedicó a los vecinos reunidos una mirada severa.

–Si, en cambio, creen que el conde ha sido asesinado y pueden con certeza y convicción dar nombre a la mano que puso fin a su vida, deberán presentar una acusación de asesinato en primer grado contra esa persona.

Lo mismo sucede con el caso de la doncella.

Ahora márchense y deliberen con consideración y detenimiento. Que Dios les bendiga.

El jurado se retiró con la mirada sombría y apartando la cara a la familia Scargrave. Regresó poco después, con un veredicto de asesinato en primer grado contra Isobel, en el caso del difunto conde, y contra Fitzroy Payne, en el caso de Marguerite.

Y, así, la gran casa permanece en silencio esta noche, bajo el peso de la fatalidad que se cierne sobre ella.

Varios individuos fornidos hacen guardia ante las puertas de Scargrave Manor, no sea que la condesa o el conde cometan la imprudencia de fugarse.

Sir William les ha permitido permanecer bajo arresto domiciliario esta noche, hasta que mañana se los lleven detenidos a una sesión extraordinaria organizada por los Tribunales de Assizes 32 y, después, a Londres, donde quedarán a espera de juicio con un jurado formado por nobles.

Y, puesto que Fitzroy e Isobel son miembros de la nobleza –él por nacimiento, ella por lazos matrimoniales–, su juicio se celebrará en la Cámara de los Lores, un insólito espectáculo en los anales de la historia criminal de Inglaterra.

El resto de la familia y yo los seguiremos y nos alojaremos en la casa del conde de la capital; aunque quisiera irme a Bath en estos momentos, mi deber como amiga me lo impide, pues Isobel no piensa permitir que la abandone en una situación como esta, el episodio más incierto de su vida.

De hecho, me ha confiado una misión que a duras penas sé cómo voy a cumplir.

–Descubre la verdad, mi querida Jane –me urgió, con los ojos marrones secos y sin perder la compostura, antes de encerrarse en sus aposentos–.

Para mí es algo fuera de mi alcance. Dios es mi testigo de que soy inocente de la muerte de mi marido.

Sir William es inconmovible y la gente del pueblo, influenciable; tu perspicacia y tu entendimiento son mi única esperanza. ¡No me falles, Jane!

32 . Órgano penal itinerante que recorría Inglaterra y Gales para celebrar audiencias. ( N. de la T. )