Capítulo 12 Convencer al juez de instrucción #3
El señor Bott se volvió con avidez hacia sir William:
–¿Y qué fue lo que hizo usted entonces, señor?
–Ordené que se exhumara el cuerpo del difunto conde.
Esto no era una novedad ni para el jurado ni para la gente del pueblo; habían presenciado la sombría maniobra en el cementerio de Scargrave Close hacía unos días y, sin duda alguna, lo habían comentado entre sí mientras se tomaban innumerables jarras de cerveza.
El juez de instrucción terminó con sir William y volvió a llamar al doctor Pettigrew.
–Veamos, señor –comenzó el señor Bott, humedeciéndose los dedos secos con la lengua rosada–, ¿podría describir el nuevo examen que le hizo al difunto?
–Saqué el estómago y examiné su interior –dijo el doctor Pettigrew, haciendo caso omiso del femenino chillido que soltó entonces Fanny Delahoussaye.
–¿Y qué es lo que vio?
–Todavía había pruebas de la ingesta, por parte del conde, de una considerable cantidad de piñones de tempate –dijo el médico con tranquilidad.
–Y los efectos de tales piñones, ¿son similares a los que observó usted en el conde a la hora de la muerte?
–Ahora he de achacar todo el malestar de su ilustrísima a estas semillas venenosas.
El señor Bott nos permitió, a regañadientes, tomarnos un descanso antes de que el jurado atendiese al lamentable caso de la doncella.
Así pues, sir William condujo al grupo procedente de Scargrave a la intimidad de una pequeña sala situada al fondo de la taberna, ahí donde pudiéramos alejarnos durante un rato del desprecio de la gente del pueblo.
Su actitud carecía de la calidez acostumbrada y fui consciente de toda la desconfianza que embargaba a mi viejo amigo; he de confesar que esto provocaba una agotadora sensación de hastío, así como una depresión anímica no menos profunda.
Fanny Delahoussaye anunció que se encontraba indispuesta, haciendo referencia al calor que hacía en la sala, a la vulgaridad del gentío que se agolpaba contra ella, a la naturaleza horrenda de la instrucción, etcétera, etcétera.
Madame revoloteaba en torno a ella ansiosa, sosteniendo en la mano un frasco de sales aromáticas, y decidió que su hija no podía permanecer más tiempo en la taberna.
Yo no tenía dudas de que Fanny nos estaba engañando a todos para llamar la atención, pero su objetivo principal, el teniente Hearst, parecía indiferente a su malestar y permaneció sumido en una suerte de abatimiento junto a la única ventana que había en la sala.
El drama llegó a su fin cuando sir William mandó que trajeran su carruaje, el mismo que había traído a las Delahoussaye hasta allí, y llevaron a la decaída Fanny de vuelta a casa acompañada por su vigilante madre.
Por la expresión molesta de la primera, caí en la cuenta de que esperaba que la hubiera escoltado el teniente y que se arrepentía de su treta absurda.
Isobel permanecía sentada en una silla en la esquina con los ojos cerrados y una lúgubre expresión, sin hablar y casi sin moverse; Fitzroy Payne, silencioso, estaba de pie junto al asiento de ella, y en su rostro se entretejían sus tortuosos pensamientos.
El señor George Hearst tomó la iniciativa, con una buena disposición sorprendente, y le sirvió un poco de vino a Isobel, lo que tendría que haber producido en ella un efecto reconstituyente, pero toda la mortificación que debería soportar mi querida amiga no había hecho más que empezar y todo indicaba que iría a peor con cada día que pasase.
Me imaginaba cómo acabarían las cosas, y, muy poco después, cuando se terminó el vino, todos volvimos a nuestros puestos.
Para mi sorpresa, Lizzy Scratch fue la primera en ser llamada y en prestar juramento.
Era una mujer tosca, corpulenta, con un vestido de lana desgastado que quizá en algún momento fue de color rosa, pero se había desteñido hasta adoptar una insípida tonalidad granate a causa del paso de los años y de la suciedad.
Unos mitones negros le cubrían en parte los dedos, llenos de sabañones, y en los pies calzaba unas gruesas botas de labriego que tal vez pertenecían a su difunto marido, pues, como no tardaríamos en descubrir, la mujer se había quedado viuda.
De vez en cuando, estiraba la mano para colocarse en su sitio un ridículo sombrero de paja que se le caía por detrás de la frente despeinada como el mástil de una goleta, adornado con hojas de nabo y de repollo y lo que me pareció la carúncula de un pavo.
Se mostraba ante sus compañeros del pueblo con toda la gloria que brindaba ser el centro de atención; era bien consciente del poder que entrañaba tener una historia que contar.
–¿Vive usted en este pueblo? –El tono de voz del señor Bott carecía de parte de la calidez con la que se había dirigido al magistrado.
–Sí, señor, lo que viene a ser vecina de toda la vida. –Lizzy Scratch había aprovechado las varias horas que había durado la ceremonia de la instrucción para ingerir una buena cantidad de ginebra caliente, de eso no había duda.
–¿Y a qué se dedica?
–Soy lavandera, aquí donde me ve; el oficio me lo ha enseñao mi bendita madre y, después que muriera mi pobre Joe, tuve que volver al tajo.
–¿Y conocía usted a la doncella Marguerite Dumas?
–Me traía la colada de su ilustrísima la condesa dos veces por semana –dijo Lizzy Scratch, dedicándole a Isobel una mirada cargada de malicia–. Esa mujer tiene una cantidad de ropa fina que tira pa atrás; mejor no se lo digo, que no hay estómago de mujer decente que lo aguante.
–No siga, señora Scratch –dijo el juez de instrucción con imperiosidad–. Por favor, limítese a responder a lo que se le pregunta. ¿Tenía usted confianza con la doncella?
– Pos yo sabía de que Margie era una amargada perdida, como to el mundo. Sabía de que estaba lejos de su tierra y de que no aguantaba el frío y de que la avergonzaban las cosillas que hacía su ilustrísima la condesa con el vizconde…
Se levantó un murmullo de desconcierto por las filas, y Fitzroy Payne, que se sentaba a mi derecha, ocultó el rostro en las manos.
–Señora Scratch, insisto –dijo el señor Bott, lanzándole una mirada penetrante al conde–. Limítese a responder a lo que se le pregunta.
–Que sí, que éramos amigas –dijo la lavandera, malhumorada.
–¿Aunque la doncella llevaba menos de un mes viviendo en este lugar?
–Margie era la mar de simpática, la gustaba mucho hablar, y yo no vi nada malo en ella.
–¿Y cuándo fue la última vez que vio a Marguerite Dumas?
– Pos fíjese, vino a verme el día antes de que estirara la pata el otro conde, sí, y me suplicó de que le diera comida y un techo bajo el que refugiarse del frío.
Dijo de que no podía quedarse en la casa donde habían cometido el asesinato y de que se marcharía cuando la contara la historia a la justicia.
El clamor de la sala resultaba cada vez más estrepitoso y Lizzy Scratch sonrió de oreja a oreja, asintiendo en dirección a sus vecinos y paisanos.
–Es la verdad, lo juro por Dios, como que me llamo Lizzy, y a la pobrecilla la han matao por decirlo –añadió.
–Señora Scratch –dijo el señor Bott con tono amenazante–, si no empieza a morderse la lengua, me veré en la obligación de expulsarla de esta sala.
–Se quitó las gafas, se apresuró a limpiarlas con un pañuelo de lino que sacó del bolsillo y retomó el hilo de sus pensamientos–.
¿Cuánto tiempo permaneció Marguerite Dumas en su casa?
–Hasta el día en que encontraron el cuerpo destrozao en el cobertizo de Scargrave –aseveró la lavandera, y se toqueteó los ojos con uno de los mitones.
–¿Sabe a qué hora se marchó de su casa ese día?
–Lo sé mu bien. Justo después de ordeñar y de darla un poco de la leche. Margie entró y sacó un poco de pan del fogón y dijo de que se iba a ver a su hombre y de que no la esperara hasta la cena.
–¿Ha dicho «su hombre», señora Scratch?
–Un tipo del que estaba prendada.
–¿Conoce usted la identidad de esta persona?
–Eso sí que no. Margie sabía estarse calladita cuando la convenía –esto lo dijo con satisfacción.
–¿Sabe usted si este individuo se comunicó con ella de alguna manera?
Lizzy Scratch se encogió de hombros.
– Pos él la habría citao aquí, en el Gallo y el Toro, sin que me enterara, digo yo. Si no, ¿dónde iba ella a encontrar esos papelitos que siempre se metía en el corsé? Yo la decía a la cara que eran cartas de amor y la muy pilla sonreía.