Capítulo 12 Convencer al juez de instrucción #2
–No –dijo en un hilo de voz–. En cuestión de poco tiempo, empezó a sentir dolor y a regurgitar; empeoró muy rápido.
–¿De cuánto tiempo estamos hablando?
–De un cuarto de hora, quizá media; no sabría decirle.
–¿Y cuándo mandó llamar al doctor Pettigrew?
–Primero se informó al médico del pueblo, pues creíamos que la indisposición del conde no era nada fuera de lo común, pero, al cabo de una hora, el hombre en cuestión se declaró incapaz de sobrellevar el caso de su ilustrísima. Fue entonces cuando se tomó la decisión de avisar al doctor Pettigrew.
Me embargó, entonces, el recuerdo de aquella noche fatídica: los gemidos del conde, que les quitaba el sueño a todos los de la casa, y la forma en la que me temblaba el cuerpo mientras aguardaba a solas en la ingente cama de madera de caoba a que Isobel me mandara llamar.
–¿A qué hora sucedió esto?
–Diría que sobre la una.
Isobel se balanceó un poco en el asiento, pero, luego, se recuperó; así y todo, resultaba evidente que la exposición pública la estaba lastimando.
–El doctor Pettigrew ha testificado que llegó poco antes del amanecer.
–Creo que eran casi las cinco de la mañana. Para entonces, yo había despertado a mi querida amiga, la señorita Austen, que tuvo la amabilidad de esperar a mi lado junto a la cama de su ilustrísima.
Al escuchar esto, los ojos penetrantes del juez de instrucción se posaron sobre mí y yo me sonrojé, mientras, para mis adentros, maldecía mis mejillas por delatarme.
–¿Y su marido falleció poco después?
Isobel bajó la mirada.
–Al despuntar el alba, estaba muerto.
Hubo cierto movimiento entre las sillas del jurado; observé las caras de los doce hombres y leí cierto desasosiego en sus almas. Detrás de mí, el gentío comenzó a hablar en susurros. El señor Bott volvió a levantar el mazo e impuso silencio, para el disgusto de los demás presentes.
–Quisiera preguntarle, lady Scargrave, si reconoce usted este objeto que le estoy enseñando. –Le tendió una fina tela de linón.
–Sí –afirmó Isobel con firmeza.
–¿Podría describírselo al jurado?
Mi amiga parpadeó y tomó una bocanada de aire entrecortada.
–Es un pañuelo de linón suizo, con mis iniciales bordadas; un ejemplar de un juego de doce que compré junto con mi ropa de boda en la calle Bond el pasado agosto.
–Gracias, milady . Puede retirarse.
Comprendí a la perfección cuáles eran las intenciones del hombre de rostro pálido y delgado en la gran mesa; le había demostrado al jurado, sin margen de error, que el conde no había comido nada que los demás no hubieran probado aparte de los dulces y que estos últimos se los habían servido tan solo en presencia de su esposa, exceptuando a la doncella que ahora estaba muerta. No hacían falta más aclaraciones.
El siguiente en ser llamado no fue otro que sir William, quien describió para beneficio del jurado las cartas anónimas, sin omitir que había sido la propia condesa quien le había mandado llamar para ponerle al tanto de la primera de ellas, un detalle que debería jugar en favor de Isobel, pues, de ser culpable, ¿acaso no habría quemado la misiva sin más dilación, en vez de mandar llamar al magistrado?
La gente del pueblo que se sentaba detrás de mí estaba al tanto de la nota que habían clavado en la puerta de la misma taberna en la que nos encontrábamos, pero la existencia de hasta otras dos cartas amenazantes enviadas a la condesa y que hasta entonces se habían mantenido en secreto cayó sobre ellos con todo el carácter repentino de una tormenta de primavera.
El señor Bott silenció con rapidez sus exclamaciones y comentarios nerviosos: levantó el mazo y lo descargó contra la mesa. Acto seguido, se volvió hacia mi amigo el magistrado y resolló de tal forma que todos lo oímos.
–La primera carta, sir William, ¿le decía a la condesa que la segunda la recibiría usted?
–Así es.
–Y, cuando la condesa le invitó a Scargrave el mismo día del entierro de su marido… –pero qué imagen tan altiva e insensible de Isobel estaba dando ese insoportable hombre pequeño–, ¿declaró estar convencida de que la autora de las cartas no era otra que la doncella y le pidió que la ayudara?
–Así es.
Sir William me buscó con la mirada y debió de vislumbrar en ella la indignación que me embargaba, pues bajó los ojos hacia el regazo, avergonzado.
Así pues, esta era la situación, cortesía del señor Eliahu Bott: la condesa era una mujer de lo más ladina, no cabía duda.
Consciente de que la segunda carta con sus acusaciones condenatorias terminaría, sin que ella pudiera evitarlo, en manos de sir William, e incapaz de anticipar sus consecuencias, la astuta de Isobel había fingido un sincero desconcierto y había declarado que la acusadora era su doncella.
Sentí, entonces, que carecían de todo fundamento las esperanzas que albergaba yo por que los actos de mi amiga, hasta el más nimio, se interpretaran de forma favorable y, de pronto, temí por lo que le depararía el porvenir.
Por primera vez, Fanny Delahoussaye pareció comprender que ante ella se estaba interpretando una cruel obra dramática; inclinaba los bucles rubios hacia la oreja de Madame, acribillándola a preguntas.
Su madre tenía el rostro ceñudo; sus ojos negros, mordaces.
Fitzroy Payne parecía estar sumido en una agonía de inquietud y terror, a juzgar por su expresión; cruzaba los brazos sobre el pecho, con expresión atormentada, y casi resultaba tan amenazante como Belcebú en persona.
Supe, sin dudarlo, que ardía en deseos de expulsar al injurioso juez de instrucción de todo el reino, y recé para que lo mejor de su templanza refrenara tal impulso.
El siguiente testigo causó sensación en la sala de la taberna, pues ninguno de los presentes lo conocía y transmitía cierta nobleza y divina respetuosidad; declaró ser el doctor Percival Grant y, después de prestar juramento, volvió su cara benigna y redondeada hacia los reunidos, como si lo hubieran invitado a unirse a un pícnic en el campo.
–Doctor Grant, ¿a qué universidad pertenece usted?
–Soy profesor en Cambridge, señor mío, y estoy asociado al Christ College.
–¿Y cuál es su campo académico de interés?
–He dedicado mi vida a la botánica, con particular atención a las plantas tropicales de Sudamérica y de África.
Esto suscitó asombro entre los presentes, acompañado de una sensación general de desconcierto por la función que desempeñaría este hombre en esta instrucción. El señor Bott dejó a la vista un pañuelo de lino doblado con toda la majestuosidad propia de un hechicero.
–¿Puede describir las semillas que acabo de dejar delante de usted, doctor Grant?
El hombre, entusiasmado, se inclinó hacia delante con ánimo.
–Son los frutos del piñón de tempate, el cual se encuentra en las Indias Occidentales, en algunas partes de Sudamérica y también en ciertas zonas de África.
–¿Había visto estos piñones con anterioridad?
–Asumo que son los mismos que me entregó sir William Reynolds para su análisis.
Se levantó de nuevo un murmullo cuando el público comenzó a intuir hasta dónde quería llegar el señor Bott con sus preguntas.
–¿Y a qué conclusiones ha llegado tras someterlos a estudio? –inquirió el juez de instrucción, sosteniendo la pluma en un ángulo elegante.
–Se trata, efectivamente, de piñones de tempate.
–¿Y qué efectos tienen los piñones de tempate en el cuerpo humano, doctor Grant?
El académico de rostro redondeado nos sonrió a todos.
–Contienen una fuerte toxina, señor mío, y, aunque se ingiera en pequeñas cantidades, provocan la muerte en muy poco tiempo.
El bullicio de las conjeturas que tramaban detrás de mi asiento era tal que me ardían las mejillas por lo expuesta que me sentía.
Oí a Isobel suspirar a mi lado y sentí toda la hondura de su desasosiego.
Fitzroy Payne le tocó el codo con una mano, pero ella se apartó de él y buscó apoyo en mi hombro.
El señor Bott fijó la mirada en la condesa cuando planteó su siguiente pregunta:
–Los piñones de tempate, a los que también nos referimos como «piñones de Barbados», ¿se dan en la isla de Barbados, doctor Grant?
El profesor soltó una carcajada, como si el juez de instrucción hubiera hecho una broma muy graciosa.
–Con ese nombre, amigo mío, ¿alguien lo duda?
Acto seguido, se le dio permiso para que se sentara y volvieron a llamar a sir William.
–¿Podría explicarle al jurado cómo acabaron estos piñones de tempate en sus manos?
Sir William se volvió hacia los doce hombres, cuyos rostros cada vez estaban más serios, e inclinó la cabeza de cabello blanco.
–Los encontré entre los objetos personales de un miembro de la casa Scargrave.
–¿Y qué le llevó a registrar las pertenencias de los miembros de esa casa?
–Así me lo pedía la tercera y última carta escrita por la doncella Marguerite, firmada con su nombre y clavada en la puerta de esta taberna –respondió sir William con sobriedad–.
Puesto que la carta se publicó el mismo día en el que se halló su cuerpo, me pareció sensato indagar todas las vías posibles.
Los pequeños ojos de Eliahu Bott brillaban de expectación.
–¿Y dónde se encontraban exactamente los piñones, sir William?
–Los encontré envueltos en un pañuelo de terciopelo en el estuche de la pistola de Fitzroy, lord Scargrave.
El señor Bott se vio obligado a recurrir al mazo para imponerse en la sala, un intento de reestablecer el orden que, en un primer momento, resultó ser en vano.
Isobel apoyaba el peso del cuerpo sobre mí, a punto de desmoronarse.
Busqué a Tom Hearst y lo vi de nuevo de pie, con la boca abierta, protestando a gritos, aunque nadie lo oía con el alboroto que se había montado en la habitación.
Al fin, el juez de instrucción se levantó del asiento e hizo uso de toda la fuerza de su pequeña complexión para imponer silencio, con la mirada fija en Fitzroy Payne.
El octavo conde de Scargrave mantuvo la compostura de manera admirable en todo momento, aunque, conociéndolo un poco, intuía que en sus pensamientos se había desatado un doloroso tumulto.