Capítulo 12 Convencer al juez de instrucción
Convencer al juez de instrucción
Las pruebas reunidas a propósito de la muerte de Frederick, lord Scargrave, serían las primeras en presentarse, y el médico de Londres, el doctor Philip Pettigrew, tomó asiento al lado del juez de instrucción.
Parecía incluso más joven a la luz del día que junto al lecho de muerte del difunto conde; un hombre de hombros anchos, de baja estatura y de ojos fríos y grises protegidos por unas lentes de montura dorada.
Colocando una mano sobre la Biblia, prestó juramento y posó la mirada sobre la gente del pueblo con una circunspección digna de admiración.
Para mi descontento, reparé en que Fanny Delahoussaye le dedicaba una sonrisa afectada cuando sus ojos fueron a parar sobre su persona por casualidad.
En una flagrante muestra de desprecio por las costumbres del luto, se había empeñado en ponerse una nueva capota azul, de la misma tonalidad que un pavo real, con unas plumas a juego.
El señor Eliahu Bott carraspeó con discreción y agarró la pluma.
–¿Es usted el doctor Philip Pettigrew, de la calle Sloane, en Londres?
–El mismo.
A continuación, se resumieron, no sin monotonía, las prácticas y la formación del buen hombre, bastante nutridas para tratarse de una persona que no podía tener mucho más de treinta y dos años; se describió con detalle su profunda familiaridad con dolencias estomacales, venenos y enfermedades del intestino, así como la historia de su relación con el difunto conde.
–Me llamaron por primera vez para asistir a lord Scargrave hace unos tres años, por un caso de dispepsia provocado por la ingesta de comida pesada, mientras el conde residía en la capital para la temporada de Londres.
Puesto que la dolencia de su ilustrísima se repetía con asiduidad, le presté asistencia en la cama en reiteradas ocasiones durante los siguientes meses; de ahí que, con total naturalidad, me hubieran llamado para que viniera a Hertfordshire cuando volvió a encontrarse indispuesto hace ahora más de dos semanas.
–Su ciencia, al parecer, de poco sirvió para curar a su paciente –apostilló el señor Bott, que miraba con seriedad al doctor Pettigrew.
–Los consejos, por sabios que sean, pierden su razón de ser si no se siguen –dijo el doctor Pettigrew con tono de reproche–. El conde era amante de la buena comida y la bebida, y no estaba acostumbrado a mantener a raya sus hábitos alimentarios.
–¿Y cómo describiría la indisposición de lord Scargrave antes de su defunción el pasado 12 de diciembre?
–Se encontraba muy enfermo, tan enfermo que ya nada se podía hacer por él cuando llegué yo, poco antes del amanecer.
Su ilustrísima tenía el cuerpo hinchado y le costaba respirar; llevaba varias horas regurgitando sin cesar y, como es normal en casos como este, a causa de una sensación de mareo era incapaz de permanecer sentado o de levantarse.
–¿Y, sin embargo, creía usted que el de su ilustrísima no era más que otro ataque de dispepsia?
El doctor se ajustó las gafas con gran dignidad.
–Lo que pensé fue que lord Scargrave se estaba enfrentando a las consecuencias de su indulgencia y sus descuidos: gastritis aguda, provocada por el abuso continuado del tracto gastrointestinal.
Resultaba muy probable, puesto que acabó encamado después de un baile en honor de su esposa (organizado, a su vez, al término de unas vacaciones de tres meses de duración), que hubiera dejado de lado las restricciones de su dieta durante una buena temporada.
Así pues, le hice una sangría y esperé que todo fuera a mejor.
El señor Bott detuvo la pluma en el aire.
–¿Y cuál fue el resultado?
–Su ilustrísima abandonó este mundo no más de media hora después de la sangría.
Al escuchar esto, se levantó un murmullo entre el gentío; se elevó por detrás de nosotros como el primer indicio de una tormenta en una cálida noche de verano. La mirada cargada de reproches del juez de instrucción pasó de su testigo al público y resopló con reprobación.
–Puede retirarse, doctor Pettigrew.
A continuación, llamaron a la propia condesa, de una palidez mortal y voz trémula.
Luciendo un vestido de tafetán negro pasado de moda, con el cabello pelirrojo recogido con esmero por detrás de las orejas, Isobel encarnaba vívidamente la angustia de la viudez, y, entonces, comencé a albergar la esperanza de que incluso el señor Bott se compadeciera de ella y fuera bondadoso con sus preguntas.
Prestó juramento, confirmó su nombre y su lugar de origen, Barbados, y se le preguntó acerca de cuánto sabía ella sobre los hábitos alimentarios de su esposo.
–¿Padeció su ilustrísima de una indisposición similar durante su viaje?
–En varias ocasiones en París y, luego, otra vez en Viena –respondió Isobel con voz temblorosa.
–¡Ramera libertina! –gritó alguien en la sala.
El señor Bott fulminó con la mirada a la multitud y le dio un golpe a la mesa con un pequeño mazo que habían traído para tal propósito.
–¡Silencio! –De pronto volvió la cabeza, como la de un gorrión, hacia la condesa–. ¿Y en qué fecha fue eso, milady ?
Isobel reflexionó al respecto, con la mirada distraída.
–Diría que a comienzos de septiembre y, luego, a mediados de noviembre, señor.
–Pero no era una enfermedad que importunase al conde en su día a día –comentó el señor Bott, al tiempo que desplazaba con rapidez la mano por el pergamino.
–Desde luego, no mientras estuvimos casados.
–¿Diría usted que su marido se encontraba en buen estado de salud cuando se casó con él, milady ?
–El conde era un hombre vigoroso, con una apariencia inmejorable –Isobel habló en un tono de voz tan bajo que apenas si se la oía–. Yo esperaba gozar de una vida larga y fructífera en su compañía.
Desvió la mirada hacia donde se sentaba Fitzroy Payne, quien desbordaba una elegancia espléndida con su abrigo y sus pantalones negros. Vi que él le sonreía para infundirle ánimos; esperaba que el jurado no se hubiera percatado del gesto.
–¿A pesar de que el caballero le sacaba… –en este momento, el señor Bott miró con ojos entornados el papel que tenía delante de la cara– veintiséis años?
–Si es que esta se ha casao por la pasta –dijo otra voz a mis espaldas.
Tom Hearst se puso en pie y lanzó una mirada alrededor de la habitación, con expresión indignada. Para gran alivio, vi que su hermano George le agarraba del codo para detenerlo, y con manifiesta renuencia el teniente volvió a tomar asiento.
–¡Silencio! –exclamó sir William Reynolds, furioso.
Se acallaron los murmullos y el juez de instrucción volvió a centrarse en Isobel.
–Responda a la pregunta, milady , por favor.
Isobel inspiró hondo y bajó los ojos hacia las manos entrelazadas.
–Mi esposo era un hombre vivaz y juvenil, a pesar de la edad. No esperaba que falleciera tan pronto.
El señor Bott resolló, mirando a Isobel con ojos perspicaces.
–¿Recuerda, milady –dijo despacio–, qué es lo que cenó el conde de Scargrave la noche de su muerte?
–Degustó las viandas que se sirvieron en el baile, como todos nuestros invitados.
Entre ellas había carne asada, un surtido de verduras, pato asado y pudín, empanadillas y ostras; para beber, había ponche caliente especiado y vino de Burdeos.
–Llegados a este punto, mi amiga me buscó con la mirada; sus ojos estaban henchidos de dudas–. No recuerdo más.
–¿Y a cuántos invitados recibieron esa velada, milady ?
–A un centenar de Londres y de esta zona.
El señor Bott hizo una pausa antes de formular la siguiente pregunta y le dedicó una mirada insinuante al jurado.
–¿Y jura, milady , que todos degustaron la misma comida que el conde?
–Pienso que es lo más probable –contestó Isobel–. Yo misma comí de un plato que me entregó mi marido, y sé que él también cogió comida del mío.
–¿Y dio indicios su marido de que se encontraba indispuesto durante el baile?
La condesa vaciló y el señor Bott se inclinó hacia delante, expectante.
–Durante varias horas, estuvo en condiciones excelentes, tanto física como anímicamente –le dijo Isobel–, pero, pasada la medianoche, tuvo un fuerte ataque de dispepsia, después de beberse una copa de vino de Burdeos a mi salud.
–Se le quebró la voz y yo sentí toda la angustia que la embargaba–.
Lo llevamos a sus aposentos. Nos despedimos de nuestros invitados…
Resultaba evidente que Fanny Delahoussaye se estaba distrayendo, como una niña en mitad del interminable sermón de un pastor; giraba la cabeza rubia por toda la sala, en busca de un objeto digno de su interés, hasta que la madre la pellizcó para que recuperara la dignidad.
–¿Y pidió algo más su ilustrísima entonces? –prosiguió el señor Bott.
–Pidió que le sirvieran ponche de leche y dulces, con la esperanza de aliviar el estómago.
El juez de instrucción se adelantó:
–¿Probó usted alguna de ambas cosas, milady ?
–No, señor.
–¿Y alguien de la casa?
–Creo que no.
Fitzroy Payne fruncía el ceño, trastornado.
Mientras yo contemplaba al conde, Tom Hearst se inclinó hacia él y le susurró algo al oído.
Detrás de ellos se sentaba el señor George Hearst, tan absorto en sus pensamientos que debió de enterarse de muy poco de lo que sucedía delante de él.
Bien podría escoltar a la inquieta Fanny a la mansión, ya que ninguno de los dos mostraba interés por la instrucción.
La voz implacable del señor Bott volvió a reclamar mi atención.
–¿Y quién le sirvió el plato de los dulces, milady ?
–El plato y el ponche de leche se los sirvió a mi marido mi anterior doncella, Marguerite.
–¿Estaba usted presente en la habitación en ese momento, milady ?
–Así es, señor; velaba por el bienestar de mi esposo.
–¿Y había algún otro miembro de la casa presente?
–Todos se habían ido a la cama, salvo la doncella.
–Lo entiendo. La doncella, dice. –El señor Bott miró a su jurado con un gesto de asentimiento casi imperceptible–. ¿E ingirió lord Scargrave los dulces y la leche, milady ?
–Así es.
–¿Y se sintió mejor?
Isobel vaciló y me buscó con la mirada.
–¿Se sintió mejor, lady Scargrave?