Jane Austen y el incómodo incidente en Scargrave Manor Capítulo 11 Eliahu Bott en el Gallo y el Toro #2
49%

Capítulo 11 Eliahu Bott en el Gallo y el Toro #2

En la argumentación que acabo de detallar, no he dicho nada acerca de mi opinión.

Para ser del todo sincera, todavía no sé qué pensar.

Ante mí se despliega una desafortunada disyuntiva: por un lado, descubrir que la firmeza con la que tanto el conde como su amante defienden su inocencia no es sino fruto de la falsedad más vulgar de todas y comprender que mi fe en Isobel carece de fundamento o, por otro, acusar a terceros, igual de íntimos para la familia, de añadir al pecado del asesinato el deseo de involucrar a dos personas inocentes en la mortal telaraña de la sospecha.

Ninguna opción me agrada, pues ambas se fundamentan en lo peor de la naturaleza humana, y, si bien he aprendido a reírme de tal cosa –a buscar tal cosa entre mis conocidos y burlarme de ella en mis escritos–, cuando me enfrento a la maldad en estado puro, me doy cuenta de que ni siquiera yo soy capaz de mantenerme imperturbable, de demostrar una indiferencia mundana.

Esto último resulta imposible, dado que la doncella está muerta y dado que tanta fue su angustia antes de morir, del mismo modo que el rostro demacrado y las últimas horas de vida del difunto conde, teñidas hasta tal punto de dolor, impiden mostrar piedad por su asesino.

Esa misma tarde

–Mi querida condesa –le dijo Tom Hearst con sinceridad a Isobel–, le propongo que viaje con George y conmigo, y con la señorita Austen, si es que esta última está de acuerdo, y que deje el carruaje de Scargrave para otro día.

–Pero Percy ya ha traído a los caballos, Tom –protestó ella, señalando con un gesto de la mano al cochero de Scargrave.

El teniente pareció vacilar y le lanzó una mirada a Fitzroy Payne.

–Me temo que mi primo teme por su seguridad, condesa –dijo el caballero en voz baja–. La actitud de la gente del pueblo se ha visto muy desfavorecida por la publicación de la carta de la doncella y su muerte brutal.

Los ojos hermosos de Isobel estaban velados de sombras mientras contemplaba la expresión del conde. Con un temblor en la voz, inquirió:

–¿Compartes el temor de Tom, Fitzroy?

–Me temo, mi querida Isobel, que muchas personas no desaprovecharían la oportunidad que les daríamos si nos dejáramos ver en público.

Mi difunto tío no era tan liberal en la gestión de sus cuentas ni tan indulgente en el gobierno de sus arrendatarios como para ganarse su gratitud y su afecto.

Siendo su heredero, me profesan la misma malicia que a él como parte de la herencia.

–Incluso se ha llegado a hablar de lanzar piedras al carruaje –dijo el teniente Hearst, compungido–, puesto que la doncella era una de las favoritas entre los energúmenos del Gallo y el Toro.

De hecho, sir William nos ha recomendado que todos los vehículos que lleven el escudo de armas de los Scargrave se queden hoy en la mansión.

Ha sido él quien me ha informado del peligro.

Nuestro carro, como sabe, está pintado de un sencillo color negro y no llamará la atención, a diferencia de Percy y sus cuatro caballos tordos.

–De acuerdo –dijo Isobel, con la voz ahogada–. Me rebajaré a esconderme y a engañar a los demás, aunque ambas cosas sean tan impropias de mi carácter. Y me marcharé a Londres en cuanto termine la instrucción, para escapar de este horrendo lugar.

Así pues, nos condujeron al carruaje de los Hearst, mientras que las Delahoussaye y el nuevo conde viajaban en el carro de sir William, y, si bien se había reunido un gentío en la puerta de la taberna, aparcamos en la parte trasera del edificio y entramos sin un solo rasguño.

El juez de instrucción, el señor Bott, había reunido a su jurado en la sala más espaciosa del Gallo y el Toro.

Se trataba de la habitación principal de la taberna, impregnada del olor al jamón ahumado que colgaba de las vigas y del olor a levadura que desprende la cerveza derramada.

Habían fregado el suelo para la ocasión y habían retirado a una antesala todas las mesas salvo una; detrás de esta última, se habían colocado con torpeza doce hombres según el rango: pequeños arrendatarios con su ropa de domingo, que fueron incapaces de devolverle la mirada a Isobel cuando entró en la habitación del brazo del teniente Hearst; el dueño de la taberna en persona, cuya prominente papada estaba metida dentro de un cuello de camisa varias tallas pequeño; el boticario del pueblo, el señor Smollet, con la cara roja y la expresión severa, y el terrateniente Fulsome, de la granja principal, resplandeciente con su chaleco de seda de color rojo –un regalo de Navidad de su pequeña Judy–, a quien Bott había nombrado presidente del jurado.

Enfrente de este nutrido grupo se habían colocado varias filas de sillas, como si fuera a darse un resurgimiento del evangelicalismo, 31 y la mayoría de ellas la ocupaba con efusividad la buena gente del pueblo.

Cuando llegamos instantes antes de las 13:00 h, la hora señalada, tan solo la fila reservada para la familia Scargrave permanecía disponible, y flaqueé cuando todas las cabezas se giraron al unísono y, amenazantes, nos observaron entrar.

No obstante, armándome de valor, seguí a Isobel hasta la parte delantera de la habitación, con los caballeros detrás de nosotras, pero no había dado ni dos pasos cuando una mujer muy corpulenta, a la que le faltaban varios dientes y en cuya cabeza ostentaba un horripilante sombrero de color azul turquesa y una tonalidad rosa incluso más descabellada, se separó de los reunidos con una mano extendida en dirección a la condesa.

–¡Ahí está! –chilló, al tiempo que le temblaban los dedos nudosos y rojizos–.

¡La ramera, la Jezabel de Scargrave! ¡La mujer que tiene to el cuerpo manchao de sangre!

¡La asesina y la mu zorra a la que metió en su casa el conde, y mira cómo ha acabao él!

La pobre Margie estiró la pata por decir las cosas como son, pero ¡no ha muerto en vano, eh!

¡Que la venganza de Dios caiga sin piedad sobre esta arpía!

Isobel se detuvo, como si se hubiera petrificado.

Sus agraciados ojos eran la viva imagen del desconcierto y se llevó una mano al cuello; el gesto que siempre hacía en momentos de ansiedad.

Cuando la diatriba de la mujer llegó a su fin, mi amiga comenzó a balancearse y me di cuenta de que estaba a punto de desmayarse.

Fitzroy Payne se separó de la multitud con una vehemencia insólita en él, decidido a llevarse a la bruja y sacarla de la habitación a la fuerza, pero, en el último momento, lo detuvo Tom Hearst.

–Deja que Lizzy Scratch se termine la ginebra, Fitzroy –le recomendó el teniente–; es una testigo a la que sir William tiene pensado interrogar y debe estar presente.

Sir William, a su vez, habló seriamente con la susodicha, que pareció aplacarse en parte al escuchar sus palabras, y, a partir de entonces, se limitó a mascullar mientras sostenía la bebida humeante con dos mitones puestos en las manos.

Con la ayuda del magistrado, Isobel reanudó la marcha, seguida por mí, y alcanzó la ambigua seguridad que le proporcionaba la dura silla de madera.

Aquella posición dentro de la sala, delante de los demás presentes en la reunión, entrañaba cierta incomodidad; una tenía la sensación de que los ojos de todo el pueblo estaban clavados en la nuca con una virulenta animosidad.

Pero no había nada que hacerle; ya estábamos ahí y debíamos aguantar dos horas en ese estado.

30 . La idea de que el acusado es inocente hasta que se demuestre lo contrario es bastante reciente.

Hasta el año 1848, un magistrado no debía actuar sobre la presunción de inocencia del acusado o el examen objetivo de las pruebas disponibles, sino simplemente con el propósito de exponer el caso contra la parte acusada.

Hasta 1837, el abogado de un acusado no tenía derecho a interrogar a los testigos ni someterlos a un contrainterrogatorio, y hasta las postrimerías del siglo el acusado no tenía permitido testificar en su nombre. ( N. de la E. ).

31 . El evangelicalismo fue un movimiento reformista dentro de la Iglesia anglicana fundado en las postrimerías del siglo XVIII .

Con cierto toque calvinista, se oponía a la laxitud y a la frivolidad morales de todo tipo, en especial entre el clero.

Si bien Jane Austen consideraba que los clérigos debían cumplir con su deber con firmeza, el fervor del evangelicalismo se le antojaba excesivo. ( N. de la E. ).