Jane Austen y el incómodo incidente en Scargrave Manor Capítulo 11 Eliahu Bott en el Gallo y el Toro
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Capítulo 11 Eliahu Bott en el Gallo y el Toro

Eliahu Bott en el Gallo y el Toro

He de confesar que se apoderó de mí una sensación de languidez y melancolía durante los tres días que siguieron a mi hallazgo del cadáver de la doncella, un estado de ánimo que quizá deba atribuir a la falta de sueño que ha caracterizado mis noches en los últimos tiempos.

Las imágenes de la muchacha asesinada –sus ojos entornados y su cabeza colgante, la marca macabra que como un collar le rodeaba el cuello– se agolpan en mi visión cada vez que cierro los ojos, de tal manera que yazgo desvelada en la oscuridad decembrina, a la espera de percibir pasos en el pasillo al otro lado de la puerta.

Todo apunta, sin embargo, a que el espectro del primer conde es capaz de discernir distintas clases de luto; esta noche no se digna a reconocer el fallecimiento de una mera sirvienta con las pompas de las que hizo gala en la ocasión anterior.

En mi actual estado, así y todo, soy incapaz de sentir inquietud ante su posible aparición; el malestar general que me embarga disuelve incluso el temor.

Fueron unas navidades lamentables, a pesar del tímido placer que me suscitaron una carta y una caja de regalo para mi querida Cassandra, que contenía unos trece metros de una preciosa tela de muselina de color rosa para confeccionar un nuevo vestido.

Después de ir a la iglesia en Scargrave Close, Isobel permaneció encerrada en su cuarto buena parte del día, mientras que lord Scargrave fue en busca de libertad al exterior; paseó por las tierras que rodean la mansión durante horas y no regresó hasta que cayó el crepúsculo.

Me dejaron, pues, en compañía de Tom Hearst, cuyas atenciones monopolizaba la animada Fanny Delahoussaye, y de su hermano George, cuyo malhumor, pese a haber vuelto de Londres, no parecía haber mejorado en demasía desde el día de Nochebuena.

El clérigo derrochaba muchas horas sumido en silenciosas contemplaciones delante del fuego de la chimenea, frunciendo las cejas por debajo de aquellos ojos taciturnos.

Me incliné sobre el piano, puesto que la música era el único consuelo para mi estado de nerviosismo, pero, al cabo de un rato, me vi obligada a interrumpir la melodía por culpa de la señorita Delahoussaye, que me llamó la atención para luego declarar que todos nosotros conformábamos una triste compañía para las navidades.

Sugirió algún que otro pasatiempo más sencillo, como interpretar una obra teatral en el salón, si acaso, o preparar tableaux vivants , actividades que no encajaban ni con nuestro estado de ánimo ni con la situación.

–¡Así es Fanny! –exclamó con indulgencia Madame Delahoussaye–. ¡Una joven alegre cuyo ánimo no consigue ensombrecer ninguna nimiedad y que transmite tan buen humor que uno se olvida de todos sus problemas!

–Difícilmente se puede decir que un asesinato sea una nimiedad –comentó George Hearst con su tono de voz mordaz–, aunque, si uno está dispuesto, puede ignorar todo lo que es serio en esta vida y empeñarse en buscar la frivolidad.

–Ay, George, qué enfermizo es usted –recalcó la señorita Fanny–. Me sorprende que al asesino no se le haya ocurrido acabar con usted, por puro ennui . Pero, en fin. Nos divertiremos más si usted se abstiene de participar.

–Como suele ser el caso –contestó el señor Hearst–, aunque no lo considero una deshonra.

Ya que usted se divierte con todo, señorita Delahoussaye, incluso con lo que no deja de ser serio o trágico, hacerla reír debe considerarse un talento de lo más común.

Confieso con orgullo que yo aspiro a adquirir atributos más selectos.

–Por aquí cerca, en un lugar con tanta historia como este, debe de haber una tienda de ropa antigua –dijo Fanny, haciendo caso omiso de él–. Estoy convencida de que al teniente Hearst le encantaría que me disfrazara de María Antonieta y pasearse él mismo con las galas del Rey Sol.

Madame pareció sobresaltarse y observó a su hija con los ojos entornados.

–Te aconsejo que reescribas tu farsa, querida mía –le dijo–, pues a esos dos los separan varias generaciones.

Fanny se encogió de hombros, ignorando el comentario no sin elegancia.

–¡Bah, madre! Cuando una interpreta un papel, estas cosas no importan. Llamaré a la señora Hodges y le pediré que ponga el ático patas arriba.

–No le pidas eso, Fanny –dijo Madame con aspereza–. Preferiríamos escuchar tu voz elevarse en un canto; además, privarnos de tu presencia sería una crueldad por tu parte. Estoy convencida –dijo– de que el teniente Hearst está de acuerdo.

Me sorprendió que buscara en un caso como este el apoyo de un hombre al que detestaba y concluí que los disfraces le parecían en verdad aborrecibles.

Sin embargo, la señorita Fanny aceptó con júbilo en un abrir y cerrar de ojos y yo no tuve otra opción que dejar el instrumento.

En realidad, poco me importaba, y no tardé en retirarme a la intimidad de mi cuarto, pues insistió en cantar estrepitosos villancicos en una muestra de viveza nada favorecedora.

Ayer, sir William supervisó la exhumación del ataúd del difunto conde del gran sarcófago de piedra en el cementerio de Scargrave Close y su entrega al doctor Pettigrew, el médico de Londres.

En todo esto lo ayudó Eliahu Bott, el juez de instrucción de Hertfordshire, un individuo bajo y delgado que siempre parecía padecer de dispepsia.

La instrucción se llevará a término esta tarde y todos debemos estar presentes.

Yo misma he de dar testimonio del hallazgo de Marguerite, una cuestión que poca ilusión me suscita.

Así pues, mi vida permanece en suspense, como aire retenido en los pulmones, a la espera de que se libere la tensión, como ojalá suceda después de la instrucción.

El propio sir William se ha vuelto más distante en palabras y aspecto; ha dejado de compartir todo lo que sabe del caso conmigo y me trata con un afecto dulce y solícito que tan solo me provoca miedo.

He comprendido que está al tanto de algo malo en lo referente a Isobel y Fitzroy Payne, que cree, de hecho, que son culpables de los dos asesinatos.

Careciendo de ese cariño por la condesa fruto de una amistad íntima o de ese respeto por la personalidad del nuevo conde que yo me empeño en profesarle, sir William juzga la situación sin ataduras, de modo que intuyo que será implacable en la instrucción y temo por las consecuencias.

Su deber como magistrado de la zona lo incita a demostrar que mis amigos son culpables, 30 y, a la hora de recabar toda la información que pueda en su contra, está siendo tan exhaustivo como cuando trabajaba en el Tribunal Superior del Rey.

Se marchó unos pocos días a Londres en busca de testigos para el jurado; me enteré por parte de su querida dama, que vino de visita a la casa en el carruaje de los Scargrave, y la solemnidad de su actitud, así como su mirada henchida de lástima, no ayudó en nada a alentar mis esperanzas de que el desenlace vaya a ser afortunado.

A pesar de que hacía buen tiempo desde Nochebuena, he dejado de lado a lady Bess y los deleites de la equitación, como también he dejado de lado mi diario, mi ejemplar de Boswell e incluso mi correspondencia, pues ¿cómo hablarle a mi querida Cassandra de las maldades de las que son capaces los hombres?

Y, en verdad, a duras penas sabría qué escribir, ya que soy incapaz de encontrar la lógica a los acontecimientos y mucho menos de explicárselos a otra persona.

El mundo se revela como un lugar incierto, donde tras una cara amiga puede esconderse la ambición de un asesino, donde las palabras más vehementes quizá solo sirvan para engañar a los inocentes e insuflar en ellos una falsa sensación de seguridad.

El pañuelo de Isobel, hallado en las inmediaciones del portal del recinto para caballos, y la letra de Fitzroy Payne en la nota que guardaba la doncella en el corsé –por no hablar de los piñones de tempate que estaban entre sus pertenencias– son hechos innegables.

Aunque en la instrucción no se diga nada acerca del afecto que Isobel le profesa a su sobrino, los más sagaces entre el jurado podrían llegar a deducirlo, por el vínculo entre las pruebas, por la edad y la relación de los acusados.

Quien no conozca la personalidad de ninguno de los dos podría llegar a asumir con facilidad que el heredero envenenó a su tío con el doble propósito de apoderarse de su fortuna y de su esposa, y que Isobel, necesitada de dinero y una generación más joven que el que fue su marido durante tres meses, accedió con gusto al plan de su amoroso admirador.

La muerte de la doncella no es difícil de explicar; acusó a los amantes ante el magistrado y, como merecido, la silenciaron con brutalidad.

Por tanto, el destino de los dos resulta de lo más aciago.