Capítulo 10 Nueces en la funda de la pistola #4
–Sir William, dudo que esté haciendo todo esto por placer –dijo lord Scargrave en voz baja–. Se trata de una cuestión de carácter público. –Sus ojos oscuros no delataban nada acerca de la naturaleza de sus pensamientos.
–Así es, milord. Quisiera que se presentase el informe con las conclusiones del doctor Pettigrew al jurado que convoque el juez de instrucción de Hertfordshire, cuyo deber será descubrir la causa de la muerte del difunto conde.
En todo caso, debemos convocar al jurado por la pobre doncella Marguerite, de modo que podemos aprovechar la oportunidad para presentar los indicios existentes en el caso de la defunción de su tío.
–Mi querida condesa –intervino Tom Hearst–, me parece que se encuentra usted indispuesta.
Isobel tenía los ojos cerrados; la respiración, entrecortada. El teniente hizo ademán de acercarse a ella, pero esta le detuvo alzando la palma de la mano.
–Me encuentro como debería encontrarme, querido Tom –le dijo–, y para esto no hay remedio posible. Por favor…, escuchemos todo lo que sir William tenga que decir.
El magistrado tuvo a bien mostrarse incómodo por haber infligido tanto dolor en una dama y desvió la mirada de Isobel con cierto alivio.
–Cabe la posibilidad de que los dos casos no estén relacionados –afirmó Fitzroy Payne–. Las declaraciones de la doncella no son más que una sarta de embustes. Mi tío enfermó por una indisposición natural y, si bien fue una muerte repentina y prematura, ha habido casos como el suyo con anterioridad.
–¿Los ha habido, milord?
–Fitzroy –dijo Isobel con un hilo de voz, y todos los presentes nos volvimos para fijar la mirada en la suya–. Haz lo que te pida, amor mío –dijo, dejando atrás todo recato–. Nunca nos libraremos de las sospechas si nos resistimos y la vida en este sitio se hará imposible.
–Mucho me temo, milady , que razón no le falta. –Sir William inclinó la cabeza en un rígido gesto–. Y mi deber como magistrado me obliga a insistir…, por el bien de la doncella, si no por el de usted.
Tom Hearst carraspeó, como si se hubiera atragantado, y yo alcé la mirada hacia él, pero tenía los ojos fijos en un punto algo lejano. Me di cuenta de que se aferraba a los reposabrazos de su asiento con tanto ímpetu que los nudillos se le habían puesto blancos.
–La doncella… –dijo Fitzroy Payne, pensativo–. Ese trozo de papel, escrito de mi puño y letra, tiene restos de sangre.
–Es usted muy perceptivo, milord –contestó sir William, que atravesó la estancia y se acomodó en la silla situada enfrente de la mía.
El nuevo conde pareció vacilar antes de formular la pregunta que le escocía en la mente, pero la aprensión es una fuerza cruel.
–¿Lo halló sobre su persona? –preguntó.
–Fue hallado sobre su persona, efectivamente, milord.
Sir William me dedicó una mirada inquieta. Noté que se me sonrojaban las mejillas en exceso, pero nadie en la familia Scargrave estaba en posición de dedicar unos momentos a contemplar a la señorita Austen.
–Pero ¡esto es descabellado! –Fitzroy Payne se puso en pie con brusquedad; su templanza al fin se había resquebrajado–. ¡Descabellado, escúcheme bien!
Todos nos quedamos anonadados. Cuando un hombre moderado se deja llevar por la pasión, da la impresión de que la mismísima tierra comenzará a temblar, y, ante la violencia de las palabras del conde, Scargrave Manor, en efecto, tembló.
Tom Hearst se colocó detrás de su primo y los dos se quedaron mirando a sir William con toda la fuerza de sus ancestros reunida en su sangre.
–Le juro por mi honor como caballero –exclamó el conde, ferviente–, por la reputación de la soberbia familia a la que pertenezco, que no he visto a la chica Marguerite desde el día siguiente a la muerte de mi tío.
–¿Y qué hay de los piñones que han sido hallados entre sus pertenencias, milord? –La voz de sir William transmitía la misma delicadeza que el crepúsculo que se desplegaba allende las ventanas.
–Si la hipótesis de que la muerte de mi conde fue provocada resulta ser cierta…
–Se trata de una hipótesis, no cabe duda. –El magistrado se dio la vuelta y se dirigió hacia la puerta, como si los hombres Scargrave no demostraran en apariencia agresividad alguna–. Para corroborarla, tendremos que esperar por la palabra del buen doctor.
–… aunque fuera cierto que esas dañinas semillas provocaron su muerte, yo no tengo nada que ver –aseveró Fitzroy Payne–. No estaba al tanto de su existencia hasta que usted me las mostró.
–Muy bien, milord –dijo sir William, e hizo una reverencia para toda la sala.
–¡Tiene que creerme!
La mirada del magistrado estaba fija en el conde, y me sobrecogió la expresión sombría de mi viejo amigo.
–Mucho me temo, lord Scargrave –dijo sir William–, que se lo ruega al hombre equivocado. A quien ha de convencer es al juez de instrucción.
29 . La disección médica de los cadáveres era una práctica restringida a los cuerpos de criminales ejecutados, que con frecuencia se entregaban a los médicos para el estudio científico.
La anatomización, como la llamaban por aquel entonces, se consideraba el destino más degradante posible para el cuerpo de un ser querido, de tal manera que incluso las familias de criminales condenados trataban de ocultar sus cadáveres después de la ejecución para evitar dicha desgracia. ( N. de la E. ).