Capítulo 10 Nueces en la funda de la pistola #3
–¿Acaso es la sociedad de la capital tan superior a la de Scargrave, Madame?
–intervino el teniente. No quedaba rastro del aspecto distraído que tenía antes; sacudió la servilleta como todo un hombre al que se le ha abierto el apetito–.
He de confesar que opino lo mismo que usted.
En verdad, me congratula que en pocas ocasiones haya habido un mejor entendimiento entre dos personas como nosotros, divididos por el carácter, la edad y la experiencia como estamos.
Me reincorporaré a mi regimiento de St. James en cuanto se me presente la ocasión y, así, acompañaré a la señorita Fanny en los deleites de la temporada de Londres.
–¡Canalla insolente! –espetó Madame, poniéndose pálida de la rabia–. Usted no hará tal cosa.
–Me temo que no me queda otra opción, querida dama. He recibido la convocatoria de mi regimiento hoy mismo.
«¿Y qué hay del tema del duelo?», pensé yo. ¿Su regimiento recibiría al teniente con los brazos abiertos, le perdonaría todos sus pecados? Madame aferró el mango del tenedor como si quisiera perforarle el corazón al teniente.
–Lo último que necesito es que el futuro de Fanny lo empañe un individuo como usted.
–¡Querida tía! –exclamó Isobel, dando un respingo en el asiento–. No pierda las formas. ¡El teniente Hearst es miembro de la familia Scargrave!
–Que es miembro de la familia nadie puede ponerlo en duda: se aprovecha de su parentesco, Isobel.
Se cree que se ha ganado la belleza y la fortuna de Fanny así, como si nada.
¿Y quién es él, en el fondo? Un libertino con carcasa azul, ni más ni menos.
El segundo hijo de un holgazán. –Madame soltó la servilleta y arrastró la silla hacia atrás–.
Con una compañía como esta, se me cierra el estómago.
Dile a la señora Hodges, Isobel, que me llevaré una bandeja de comida a mi habitación.
El teniente Hearst levantó la copa en dirección a la dama.
–A su salud, Madame –exclamó, y ella pasó de largo por su lado, fulminándolo con la mirada. Entonces, el teniente me señaló a mí con la copa de vino–. Llamaremos mucho la atención, ¿no es así, señorita Austen? La señorita Fanny y el teniente. Tan poco sentido, unido a tanta sensibilidad…
–Dios santo, Tom –le amonestó Fitzroy Payne–, ¿por qué tienes que atormentar a Madame de esta manera? Se desvive por el bienestar de su hija. Nosotros, que te conocemos, sabemos que disfrutas provocando, pero ella se toma tus burlas como un insulto.
–¿Me lo echas en cara, Fitzroy? –El teniente fingió que se horrorizaba–. ¡Y yo que pensaba que me darías las gracias! Pues, gracias a mí, esa buena mujer se ha retirado a su habitación y ahora podremos disfrutar de la cena de Nochebuena en paz.
Tom Hearst habrá dicho estas palabras de broma, pero su tono no dejaba de ser mordaz, y reflexioné, mientras lo escuchaba, acerca del matiz rencoroso que se filtraba en su voz.
La verdad subyacente se escapaba a mi entendimiento.
¿Admira él a Fanny? Sus chanzas parecen indicar lo contrario.
Sin embargo, no deja de burlarse de Madame sin piedad alguna con las atenciones que prodiga a su hija, como si esta siguiera siendo su objeto de deseo.
Aun así, ay, cuando paso una hora en compañía del teniente y me embarga la calidez que emana su persona, mi corazón me susurra que las esperanzas de Fanny son infundadas.
Mientras comíamos sin ánimo la excelente sopa de ostras de la señora Hodges, sir William regresó. Yo calculaba que no habían pasado ni dos horas desde que nos dejó, pero, a juzgar por la transformación que había sufrido su rostro desde entonces, cualquiera diría que había pasado todo un año.
Se detuvo en el umbral de la puerta y se aclaró la garganta, con la mirada fija en la cara pálida de la condesa.
–Lamento molestarla en mitad de la cena, milady –dijo–, pero me veo en la obligación de hacer varias preguntas a los presentes.
–Faltaría más, sir William. –Isobel soltó la cuchara, y sus facciones denotaban una serenidad que yo no habría creído posible, a pesar de la tensión que se respiraba en el ambiente–. ¿En qué podemos ayudarle?
El magistrado reparó en los dos sirvientes situados contra las paredes del comedor y, entonces, le dedicó una mirada insinuante a la condesa.
–Preferiría hablar a solas con la familia. Exceptuando, por supuesto, a la señorita Austen.
Isobel levantó una mano y, con un gesto, les indicó a los sirvientes que se retiraran. Su marcha no hizo sino incrementar la tensión que se había apoderado de la mesa, pero sir William no alargó más el suspense.
–Creo que esto es suyo, milady –dijo, acercándose a la silla de Isobel con la mano extendida.
–¡Oh, desde luego que es mío! –exclamó, cogiendo el pañuelo que le tendía–. No paro de perder mis prendas ahí por donde voy, como una chiquilla olvidadiza. ¿Dónde lo ha encontrado?
–La señorita Austen tuvo a bien recogerlo del recinto de los caballos esta mañana –respondió el magistrado.
–El recinto de los caballos… –El semblante de Isobel perdió los últimos toques de color que le quedaban–. Pero si hace días que no voy por ahí. Jane… –Sus ojos buscaron los míos, confundidos.
–Estaba tirado junto al portal, Isobel –le dije con calma–. Por el aspecto que tenía sobre la nieve, acababan de dejarlo ahí.
Sir William intervino entonces con soltura:
–¿Reconoce usted la mano que escribió estas palabras, condesa?
Sacó del chaleco el trozo de papel ensangrentado que había encontrado yo en el corsé de Marguerite. Isobel se inclinó para estudiarlo, aguantando la respiración. Me miró a mí y, después, al magistrado.
–Pero ¿qué significa todo esto? –quiso saber.
–La letra, milady .
Con los ojos fijos en la cara del conde, respondió despacio:
–Juraría que es la letra de Fitzroy.
Tom Hearst carraspeó y arrastró hacia atrás la silla.
Mientras yo lo observaba, se cruzó de brazos sobre el pecho, tal vez para contenerse.
Nos miramos y él enarcó las cejas; una súplica muda para que le explicara todo este altercado.
Sir William se volvió hacia el conde y sacó la mano del bolsillo.
En la palma abierta, descansaba un cúmulo de pequeños objetos marrones.
–Milord –le dijo–, ¿sabe acaso qué es esto? –Fitzroy Payne frunció el ceño y contestó que no–. ¿Y usted, milady ?
Isobel examinó los pequeños frutos, cada uno de ellos del tamaño de una semilla, que sostenía el magistrado en la mano.
–¡Oh, pero si son piñones de tempate, un árbol de Barbados! –exclamó–. La gente humilde de la isla donde nací jura que tienen propiedades medicinales. Pero ¿dónde los ha encontrado?
–Envueltos en terciopelo, en la funda de la pistola del actual lord Scargrave, milady –respondió sir William, con el rostro muy serio–. Me parecía posible, pero no podía estar seguro, que fueran los mismos frutos a los que se ha referido usted.
Guardó cuidadosamente los piñones en una servilleta que había en el aparador y la ató con esmero.
–¿Es que has viajado a las Indias sin decirme nada, Fitzroy? –preguntó Isobel, mirando al conde, con los ojos marrones henchidos de la preocupación; conservaba un dominio admirable de la voz, pero me fijé en que el latido se le marcaba en el cuello y supe que el corazón se le estaba acelerando.
–Sabes que eso es imposible –contestó Fitzroy Payne–. Sir William, ¿son comestibles esos piñones?
–El sabor es tan exquisito que, si come uno, se los come todos –le respondió–, que es lo que podemos suponer que le pasó al difunto conde.
Pues los piñones de tempate son venenosos, lord Scargrave; un laxante tan letal que, de hecho, uno empieza a enfermar tan solo quince minutos después de ingerirlo y alcanza la muerte en pocas horas.
Tom Hearst se reincorporó de un salto, llevándose una mano a la empuñadura de su sable.
–Dios santo, caballero, ¿qué está insinuando?
Isobel emitió un leve sonido, una especie de gemido, y una palidez mortal cubrió sus facciones. Aferraba el borde de la mesa con las manos, como si, de carecer de ese punto de apoyo, fuera a desplomarse al suelo.
–Siéntate, Tom. –La voz de Fitzroy Payne denotaba hastío–. Sir William nos está dando a entender que los piñones provocaron la muerte de mi tío.
–Pero, Fitzroy, ¿has perdido la cabeza? Lo que está sugiriendo es que…
–Sé qué es lo que está sugiriendo la justicia. –Al reparar en la mirada de su primo, Tom Hearst se puso tenso, pero volvió a sentarse. Fitzroy Payne inclinó la cabeza en dirección a sir William–. Prosiga, por favor.
–Es mi deber, lord Scargrave –dijo sir William despacio, con la mirada fija en el suelo–, solicitar que el cuerpo de Frederick, lord Scargrave, sea exhumado de su lugar de descanso en la cripta de los Scargrave.
–¿Por qué motivo, señor, quisiera perturbar usted el descanso eterno de mi tío?
–Quisiera que el doctor Philip Pettigrew, de la calle Sloane, que asistió a su ilustrísima en el momento de su muerte, realizara un segundo examen del cuerpo.
Sir William levantó la mirada del suelo al decir esto último y me sobrecogió la frialdad que transmitía.
–¿Y con qué fin? –La voz del conde había perdido la cortesía con la que siempre se expresaba–. Pettigrew ya ha declarado muerto al hombre.
Sir William lanzó una mirada a Isobel y, siguiendo el curso de sus ojos, vi que mi amiga se había llevado una mano al cuello.
–Es posible, milord –explicó el magistrado–, que un médico examine el contenido de un estómago incluso días después de la muerte y, a partir de ahí, adivine la causa del fallecimiento.
–¿Es que pretende anatomizar 29 a mi marido? –inquirió Isobel, cuyos rasgos estaban contorsionados por el espanto.
–Me temo que no tenemos alternativa, milady –dijo sir William, no sin cortesía–. En un caso de envenenamiento como este, o incluso de laxantes que induzcan vómitos, es el único método para demostrar la verdad o la falsedad de las declaraciones de la doncella asesinada.
Inhalé hondo y me di cuenta de que estaba arrugando la lana de mi vestido marrón con los dedos.