Capítulo 10 Nueces en la funda de la pistola #2
–La doncella me ha pedido que busque entre los objetos personales de un señor –dijo el magistrado–.
Y, puesto que no es posible saber exactamente a quién se refiere, ya sea al conde muerto o al vivo, propongo registrar tanto las pertenencias de Fitzroy Payne como las del difunto lord Scargrave.
Esto nos será muy útil para nuestro propósito, ¿no cree, Jane?
Fui a buscar a Isobel a su habitación, pero me encontré con que se había marchado a la sala de servicio del mayordomo, donde habían lavado y cambiado de ropa al cadáver de Marguerite para darle cristiana sepultura.
Le pedí a la condesa que se reuniera conmigo en la sala de estar, pero las palabras y el valor me fallaron a la hora de advertir a mi amiga del infortunio que se avecinaba.
Isobel no percibió en mis facciones el pavor que me embargaba y accedió a mi petición con prontitud.
Me encontré al conde esperándonos en compañía del magistrado.
Fitzroy Payne imaginaba que sir William quería hablar con él del violento asesinato de la doncella; resultaba evidente porque se sorprendió de que el caballero a duras penas mencionase el tema.
Sir William no perdió el tiempo explicando la naturaleza de la tercera carta, para desconcierto del conde, que nada sabía hasta entonces de la existencia de las otras misivas.
Su rostro, cuando se enteró de la historia de las cartas, era la viva imagen de la circunspección; yo nunca había visto a una persona hacer gala de su educación social de esta manera para enfrentarse a una cuestión tan dolorosa e íntima.
El conde no le echó en cara a Isobel su secretismo ni delató la más mínima emoción con la mención ambigua de la autora a un lord de pelo cano.
Pero la rabia que sentía por la naturaleza pública de la acusación resultaba tangible, y, ante la petición de entregar sus pertenencias para someterlas al examen crítico del magistrado, Fitzroy Payne tensó el rostro.
–¿De verdad que la intimidad de nuestro hogar se verá violentada por las calumnias de esta mujer? –espetó.
–Esta mujer, como usted la llama, ha sido silenciada, y me resulta inconcebible que un destino tan brutal como el suyo no guarde relación con las actividades de su pluma –rebatió sir William–.
A ojos de la opinión pública, su muerte no hace sino confirmar sus palabras, y, por tanto, hemos de hacer todo lo que esté en nuestra mano por responder a lo que ha dicho y a todos los rumores que corren al respecto.
El conde se llevó una mano a la frente y caminó con rapidez de aquí para allá por delante de la chimenea varias veces, con la mandíbula tensa. Al cabo de unos instantes, sin embargo, y después de lanzarle una mirada a sir William, asintió.
–Mi ayuda de cámara, Danson, pondrá los artículos de mis aposentos a su disposición.
–Las pertenencias de mi difunto marido siguen en sus aposentos –dijo Isobel, hablando en un susurro–. Le acompañaré hasta allí.
–No hace falta que se moleste, condesa –le dijo sir William–. El mayordomo será mi guía. Y usted, lord Scargrave…, haga el favor de permanecer aquí también. Lo más aconsejable es que todos los implicados permanezcan localizables mientras se lleva a cabo el registro.
–Para que no toquemos nada en nuestros aposentos, si le he entendido bien –apostilló Fitzroy Payne con una amarga sonrisa–. Se hará como usted diga.
La espera es siempre tediosa, pero sobre todo cuando viene acompañada de la aprensión.
Por petición de Isobel, me senté al piano y traté de tocar algunas melodías para su solaz, pero me vacilaron los dedos más de lo acostumbrado y, a pesar del período vacacional en el que nos encontrábamos, mi selección musical se decantaba casi exclusivamente por sentimientos de melancolía.
Así me encontraba yo cuando el teniente Hearst apareció en la sala de estar, habiéndose cansado, era de suponer, de golpear bolas de billar sin un adversario que animara el juego.
Se detuvo al llegar a mi hombro, ceñudo y con una solemnidad insólita en él.
–¿Ha venido sir William? –preguntó, haciendo un esfuerzo por demostrar discreción.
–Y todavía no se ha marchado –respondí–. Está trabajando en la planta de arriba, mientras nosotros le esperamos aquí abajo.
El teniente vaciló, como tratando de decidir qué decir, y, entonces, lanzó una mirada alrededor de la estancia.
Yo terminé el minueto del señor Mozart que tanto me había costado tocar y abandoné definitivamente el piano.
Cuando me levanté del asiento, demasiado inquieta como para sentarme de nuevo en otro lado, Tom Hearst extendió una mano, como si quisiera detenerme.
–¿El magistrado no ha encontrado nada fuera de lugar, señorita Austen?
Lo miré, perpleja.
–¿Cómo que fuera de lugar? ¿Además de una doncella chantajista con el cuello rajado de la forma más desagradable posible y tirada en un cobertizo? Me parece que no le entiendo, teniente. ¿Acaso cosas como estas son el pan de cada día para un oficial de los Caballeros Reales?
Se le veía avergonzado e hizo ademán de responder, pero yo me apresuré a separarme de él y me acerqué hacia la ventana de la sala de estar para tratar de sobreponerme al temblor que se había apoderado de mis extremidades.
He de confesar que el recuerdo del rostro de Marguerite me perturbaba más de lo que me gustaría.
No sería de extrañar que tuviera pesadillas –u otra visita del espectro del primer conde– por la noche.
Mis compañeros de tragedia estaban igual de alicaídos.
Fitzroy Payne fingía estar absorto en la lectura, pero desviaba la mirada hacia el semblante de Isobel con la misma frecuencia con la que la centraba en la página.
Reparé en la expresión, triste y anhelante a la vez, que se dibujaba en sus facciones cada vez que contemplaba a la condesa, y me compadecí de él por el silencio que los separaba.
Así y todo, la muerte de Marguerite y el descubrimiento de las cartas no habían desequilibrado al nuevo conde; si acaso, Fitzroy Payne parecía poseer más dignidad que nunca, dignidad que parecía emanar de su posición social, y era notoria la sensación de incertidumbre que pendía en torno a su estatus.
La mirada de mi querida Isobel permanecía fija en el vacío, con las manos caídas sobre el regazo; a juzgar por las frecuentes oleadas de emoción que le barrían el semblante, supuse que estaba reviviendo toda la triste historia que se había desencadenado en diciembre y que se estaba hundiendo en un abismo incluso más hondo debido al giro radical que había tomado su buena suerte.
Ansiaba acercarme a ella, pero la presencia de los demás –y el peso del regreso inminente de sir William– me inmovilizaba ahí donde me encontraba.
Así pues, para tratar de tranquilizarme, desvié los ojos de la habitación hacia las vistas nevadas que se extendían al otro lado de la ventana, maravillándome con el hecho de que un día marcado por tan terribles acontecimientos todavía preservara tanta belleza.
A causa del alboroto por la doncella, todos nos habíamos olvidado de la cena de Nochebuena, salvo la señora Hodges, la infalible ama de llaves de Scargrave, y me sobresalté cuando nos llamaron a la mesa con un toque de campanas.
Tom Hearst fue el primero en acercarse a la puerta, que sostuvo abierta para que pasáramos las damas.
Fitzroy Payne cerró el libro de un golpe seco, con la mirada fija en Isobel, quien se levantó del asiento como si se despertara de un sueño.
Incliné la cabeza en dirección al conde y seguí a la condesa por el pasillo, sintiéndome incómoda.
Pero nadie se detuvo de camino a la mesa, a pesar de que no teníamos nada de apetito; levantar un tenedor, al menos, sería una alegre alternativa al silencio inquieto que nos dominaba a todos.
Una vez nos desplazamos al comedor, sin embargo, sentí que todo el esfuerzo que había hecho por mantener la calma había sido en vano.
La señora Hodges había tratado de insuflar cierto toque navideño a la presentación de la comida añadiendo lazos rojos y acebo a los grandes candelabros de Scargrave, y, ante toda esta alegría absurda, no pude sino pensar en mi familia en Bath.
¿Qué dirían esta noche de mí mi querida Cassandra, mi padre y mi madre?
¿Habría causado mi ausencia la misma sensación de soledad en sus pechos que en el mío?
Pero, entonces, miré a Isobel, que no reparaba siquiera en los adornos de la mesa, abatida y desazonada como estaba, y sentí que mi determinación se aceraba.
La muerte de la doncella parecía indicar que era poca la felicidad que deparaba a la condesa; necesitaría buenos amigos a su lado.
Madame Delahoussaye ya estaba sentada, aunque la expresión de su rostro no auguraba nada bueno para la cena. Sus ojos negros resultaban mordaces y no dejaba de apretar la boca.
–Isobel, querida mía, tu prima sigue indispuesta –dijo.
–Cuánto lo lamento, tía. –La condesa se desplomó en la silla que el sirviente le tendía, con la cara pálida como la muerte–. Quizá debería llevarse a la querida Fanny a Londres después de las vacaciones; resulta evidente que Scargrave poco puede ofrecerle para que se anime.
–Este es, sin lugar a dudas, un lugar enfermizo –declaró Madame, con los ojos fijos en Tom Hearst–; me parece que nos iremos pasado mañana. La sociedad de la capital, Isobel, conseguirá levantar el ánimo de la pobre Fanny.