Capítulo 10 Nueces en la funda de la pistola
Nueces en la funda de la pistola
Al cabo de unas horas, después de que sir William Reynolds hubiera venido y visto todo lo que había que ver en el terrible cobertizo, varios hombres fornidos de la granja trasladaron el pobre cuerpo de Marguerite hasta Scargrave Manor.
La colocaron en el banco de roble de respaldo alto en la sala de servicio del mayordomo y cubrieron su figura inmóvil con una sábana.
La señora Hodges se dispuso a adecentar su cadáver, aunque no entiendo cómo fue capaz el ama de llaves de preservar la lucidez en medio del frenesí que provocó el asesinato de la doncella.
La casa de los Scargrave estaba en plena preparación navideña, a pesar del profundo luto que guardaba, y el compañero de muerte de Marguerite fue un pavo medio relleno con el cuello colgando de forma desagradable.
Me senté frente a la chimenea encendida en la sala de estar, a solas, pues, al descubrir la noticia del trágico destino de Marguerite, Fitzroy Payne se había ofrecido a ayudar a sir William, mientras que Isobel se había apresurado a acompañar a la señora Hodges.
Después de cumplir con su deber, tanto el conde como la condesa se habían retirado a sus respectivos refugios: Payne a la biblioteca e Isobel a su alcoba.
Fanny Delahoussaye, siendo una dama distinguida como era, se había conmocionado al enterarse del hallazgo del cadáver de Marguerite; su madre, a estas horas, seguía atendiéndola escaleras arriba, con un cuenco de gachas y una mueca en los labios, mientras Fanny se hacía la víctima.
El señor George Hearst se había marchado a Londres para hacer un recado personal –por este motivo había solicitado al valeroso Balthasar–, mientras que el teniente Hearst, al que habían mandado llamar a su casa después de que se encontrara el cadáver, se había escabullido para jugar al billar en la sala de fumadores.
El hilo de mis pensamientos lo interrumpió Cobblestone, el mayordomo, que abrió de par en par la sala de estar.
El pobre hombre se había puesto pálido; la presencia de un cadáver en su sala de servicio lo había desequilibrado por completo.
Tras él se hallaba mi buen amigo, sir William Reynolds, y, al ver su rostro bondadoso y su cabello blanco, el infortunio que había caído sobre mí se apoderó de mi ser con todas sus fuerzas. Se me anegaron los ojos en lágrimas.
–Señorita Austen –dijo sir William, precipitándose a mi lado–, mi pobre y querida Jane.
–Me cogió la mano entre las suyas curtidas y me dio unas palmadas con dulzura–.
Ya que le ha tocado a usted la desgracia de descubrir el cuerpo de la doncella asesinada, querida mía, quisiera hablar con usted con calma.
Pero debe decirme si cree que sus nervios lo aguantarán.
Alcancé a esbozar una sonrisa.
–Mis nervios han salido beneficiados con el silencio y la reflexión, sir William. He alcanzado cierta paz de espíritu, ahora que han pasado varias horas desde que se produjeron los acontecimientos.
–Cuánto me alegro de oírla hablar así –dijo, acercando una silla al fuego–, pues me temo que he de retrotraerla a la desagradable experiencia que vivió por la mañana. ¿Por qué fue hasta el recinto de los caballos, para empezar?
Le hablé de mis clases de equitación y de mi deseo de poner la brida al caballo sin ayuda, de las dudas de lady Bess al acercarse al portal y del horror que parecía apoderarse de la yegua en esa parte del recinto.
–¿Y no había nada fuera de lugar?
Sin decir nada, le entregué el trozo de tela que había hallado en el portal del recinto.
–¿Un pañuelo? –dijo, no sin desconcierto.
–Tiene las iniciales de Isobel.
–Eso veo. ¿La C hace referencia a su apellido de soltera?
–Collins –dije–. Su padre era inglés y su madre, criolla, con el apellido Delahoussaye.
–Ah, sí…, parienta, no cabe duda, de la impertinente señorita que no quiere tener nada que ver con abogados –comentó–. Pero ¿qué importancia tiene este pañuelo?
–Lo encontré junto al portal del recinto, antes de hallar el cuerpo de la doncella –le dije–.
Y, aunque me cuesta admitirlo, esta prenda no podía llevar ahí mucho tiempo.
No nos queda más remedio que aceptar que debió de caerse después de que dejara de nevar, bien pasada la cena de anoche.
Pero no estaba congelado como lo estaría de haber pasado ahí toda la noche, ni tampoco estaba empapado, como es de esperar de cualquier tipo de tela colocada sobre nieve derretida.
Diría que el pañuelo entró en escena muy poco antes de que se consumara el asesinato en sí.
–Muy bien –dijo sir William–, la condesa perdió su pañuelo junto al cuerpo destrozado de su doncella, que la había acusado de asesinar a su marido. Hemos de intentar no sacar conclusiones de los hechos.
–Cabe la posibilidad de que otra persona se adueñara de él y lo colocara ahí donde fueran a encontrarlo con la intención de centrar las sospechas en Isobel.
–Cabe la posibilidad, sí.
–Había solo dos clases de huellas que conducían al cuerpo y unas eran las de la doncella –proseguí yo–. Las otras pertenecían a la bota de un hombre.
–Quizá la condesa se puso los zapatos de su marido –dijo sir William en voz baja– para camuflar su apariencia con mayor acierto.
–¡Eso es absurdo! –protesté.
–Es tan plausible como que alguien tirara el pañuelo junto al portal –respondió el magistrado con tranquilidad–.
Ha de aceptar que, cuando menos, es una hipótesis posible, mi querida Jane.
Bueno, cuénteme el hallazgo del cadáver de la doncella, y haga uso de sus dotes y perspicacia acostumbrados para la narración.
Le dije todo lo que recordaba de la lóbrega escena en el cobertizo, si bien las imágenes que despertaban mis recuerdos resultaban tan vívidas que, de vez en cuando, me veía obligada a hacer una pausa para recobrar la compostura.
No omití que salí del desagradable lugar y luego volví a entrar, y, al terminar el relato, le entregué al magistrado el trozo de papel manchado de sangre que había sacado del corsé de la doncella.
Sir William se colocó las lentes sobre la nariz al tiempo que hacía una mueca y me miró por encima de la montura.
–Todo esto es de lo más peculiar, querida mía, de lo más peculiar. ¿Dos pruebas, ni más ni menos, sustraídas de la escena del crimen? Le aconsejo que, de ahora en adelante, deje los cadáveres con los que se encuentre tal y como están, sin tocarlos lo más mínimo.
–Pero encontré el pañuelo antes de tener motivos para sospechar que su presencia pudiera ocultar algo más –le dije–, y supuse que traerían el cuerpo a la casa. Mientras preparaban a Marguerite para el funeral, podría haberse perdido la carta, ya fuera por accidente o a propósito.
–¿A propósito? ¿Considera usted que el asesino vive en esta casa?
–¿Acaso hay otra opción?
Negó con la cabeza.
–No cabe duda de que hay otra opción, mi querida Jane. Una sirvienta sin recursos, perdida en lo más crudo del invierno, podría, con mucha facilidad, ser víctima de toda una serie de desgracias, y no necesariamente a manos de sus superiores.
–Ni usted mismo se lo cree, sir William.
Me dedicó una sonrisa, dándome la razón.
–No, Jane, no me lo creo. Sería inconcebible que Marguerite fuera hallada sin vida la misma mañana en la que apareció su última misiva.
–¿Su última misiva…? –empecé a decir, pero me mandó callar con un gesto de la mano.
–Ya hablaremos de eso a su debido tiempo. Ahora quisiera leer lo que pone en este folio.
Yo me sabía las palabras de memoria, a pesar de que la caligrafía no me resultase familiar; no era más que un fragmento de papel, con un fragmento de oración.
«Nos vemos en el lugar de siempre»: eso era todo lo que decía, sin saludo ni despedida.
El autor no había tenido el descuido de firmar con su nombre; eso estaba claro.
–Nos dice muy poco –comentó sir William con voz ronca–, más allá de que el papel es de una calidad excelente y tan pequeño que se puede pasar de mano en mano en público sin que nadie se dé cuenta.
Este trozo no tiene marca de agua, está hecho con papel puro elaborado a base de trapo y han debido de comprarlo a un precio elevado.
Guardó la nota en el chaleco y se acarició el mentón, con la mirada distraída.
–Además, es una caligrafía elegante –señalé–, y yo me aventuraría a decir que tiene trazos masculinos. El estilo parece apuntar a una persona de mayor estatus que la doncella.
–Coincido con usted, querida mía.
–Y ahora hábleme de la última carta de esta –le recordé.
Sir William hurgó en el chaleco una vez más y me entregó un papel doblado.
–La clavaron en la puerta del Gallo y el Toro un poco antes del amanecer –me explicó–. La ha leído medio pueblo; la otra mitad ha oído hablar de ello. Espero que interprete el contenido de la misma forma que yo.
Al buen señor:
La esperanza que tenia puesta en su justisia ha sido en vano.
No tengo mas remedio que hablar claro. El demonio habita en Scargrave Manor.
¡Busque entre las cosas del señor y hallara al diablo!
Tal ves entonses creera que se ha consumado un asesinato y que ha sido obra de la condesa.
Que Dios tenga en su gloria al pobre conde.
M ARGUERITE D UMAS
Alcé la mirada, con los ojos llenos de interrogantes.
–Es lo peor que podía pasar –dijo sir William, con el rostro sombrío–. Ha acusado a la condesa de asesinato delante de todo Scargrave Close e incluso se ha tomado la molestia de firmar el escrito. Resulta extraño que la hayan asesinado nada más escribir estas líneas, ¿no le parece, mi querida Jane?
Me retorcí las manos, presa de la consternación.
–¿Acaso hay alguien en este mundo más desgraciado que la pobre Isobel? ¿Qué debemos hacer, sir William? ¿Qué debemos hacer?