Jane Austen y el incómodo incidente en Scargrave Manor Capítulo 9 El olor animal a sangre #2
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Capítulo 9 El olor animal a sangre #2

Al acercarme, no vi nada fuera de lugar; parecía un portal normal y corriente.

Un trozo de tela, cuyo color gris destacaba entre la blancura de la nieve, me llamó la atención y me agaché para recogerlo; un refinado pañuelo de linón, con las floridas iniciales de Isobel.

Se los dejaba por todos lados; había visto cómo se le caían infinidad de veces, e intuía que debía de tener una cuenta corriente con algún proveedor de Londres.

Pero ¿cómo había llegado uno hasta ahí? Lo guardé en el bolsillo y me di la vuelta para contemplar el recinto.

Por primera vez, vi lo que había tenido enfrente antes pese a no haber reparado en ello: varias huellas, superpuestas las unas sobre las otras, llevaban al pequeño cobertizo situado a un lado del recinto, cuya puerta estaba entreabierta. ¿Se trataría de Fanny Delahoussaye una vez más?

No se oía nada cuando me acerqué, a no ser que lo taparan los relinchos inquietos de los caballos, los cuales se encontraban en el otro extremo de la parcela.

Toqué la puerta de madera con las puntas de los dedos enguantadas y se meció despacio hacia atrás, acompañada del crujido de las bisagras.

Ahí dentro no había nada, decidí en cuanto mis ojos se ajustaron a la luz, salvo heno, grandes cantidades de heno apiladas desde el suelo hasta el techo, con pequeños cúmulos de nieve ahí donde las grietas del tejado la habían dejado pasar.

Los mozos de cuadra debían de haber venido por aquí al sacar a los caballos y habían dejado algo de forraje fresco sobre la nieve.

Hice ademán de dar media vuelta, pero, entonces, mi intuición me aconsejó que me detuviera.

El olor a hierba seca de verano –tan dulce y mohosa que cualquiera se pondría a estornudar– se entremezclaba con otro más animal.

Se me aceleraron los latidos del corazón cuando lo identifiqué: era el olor a sangre, sangre caliente y líquida, y empapaba el heno que había a mis pies.

Me agaché para estudiar el suelo y discerní en la penumbra una mancha más oscura.

El líquido conducía hacia un rincón oscuro del cobertizo y, pese a que mi corazón vacilaba, sentía que no podía quedarme sin saber qué yacía en el forraje.

Levantándome la falda y caminando con cuidado, me acerqué con cautela hasta el haz más lejano.

Los dedos de una mano, asomándose en una súplica eterna entre el heno que los cubría como un sudario, me frenaron en seco y, por un instante, mi valor flaqueó.

Reparé al momento en que se trataba de la mano de una mujer y algo muy semejante al pavor se adueñó de mi ser durante varios segundos.

Me estremecí, consciente de que me estaba sobreviniendo una sensación de desmayo, pero decidí seguir adelante en vez de recular.

Estiré una mano enguantada hacia el heno y lo aparté.

Era la doncella Marguerite, y se encontraba en un estado lamentable.

La habían degollado de oreja a oreja y su cabeza colgaba en un ángulo siniestro del cuello, manchado de la sangre que se había derramado por la desagradable herida.

Aquellos ojos que ya nada miraban estaban entornados, de tal manera que tan solo se veía la esclerótica, y tenía la boca abierta, como profiriendo un grito silente.

No obstante, fue la flacidez de su cuerpo, tirado como una muñeca de trapo sobre el heno, lo que más me afectó; la postura de las extremidades, ya sin nervios, incontrolables, eran un mudo testimonio de la vida que se había perdido.

¿Se habría santiguado, con los ojos llenos de terror, instantes antes de morirse?

Ojalá pudiera decir que contemplé a la muchacha destrozada con una serenidad propia de una heroína de las novelas de la señora Radcliffe o que un velo negro cayó sobre mis ojos y perdí toda sensibilidad, como diría Charlotte Smith, 28 pero, en realidad, perdí el control y chillé a pleno pulmón, dándome la vuelta y huyendo del macabro cobertizo sin mirar atrás.

Fuera, al aire libre, temblando y presa del frenesí, me obligué a detenerme para analizar los hechos.

La doncella estaba muerta y todo indicaba que no había sido obra suya; debía informar a sir William Reynolds, sin más dilación, de que la habían asesinado, y, además, con brutalidad.

Pero ¿a qué se debía su presencia aquí, en los campos?

¿Acaso se ocultaba durante el día en el cobertizo para enviar sus venenosas cartas con mayor facilidad por las noches?

¿O acaso su asesino la había convencido de que saliera de su escondite y se presentara aquí?

De tratarse de la primera conjetura, una rápida entrevista a los mozos de cuadra debería resolver todas las dudas; o admitirían que estaban al tanto de que ella se ocultaba en los campos o sostendrían que algo así era imposible.

No cabía duda de que la habían asesinado en el cobertizo, pues, si la hubieran matado en otro lugar y la hubieran abandonado en el heno en la oscuridad, el rastro de su sangre habría quedado grabado en la nieve que yacía por doquier.

Había dejado de caer a la hora de la cena de la pasada noche, y la sangre estaba demasiado fresca, a mi entender, como para que hubiera muerto hacía tantas horas.

Fue entonces cuando comprendí la trascendencia de las huellas en las que había reparado antes, al acercarme al cobertizo, y me agaché para estudiarlas con mayor detenimiento.

Me parecía evidente que uno de los pies debía de pertenecer a Marguerite; que el otro representaba la bota de un hombre de mayor tamaño resultaba igual de evidente, pero, más allá de todo esto, no sacaba nada en claro.

¿Era la huella de hombre la de un pobre jornalero o la de un caballero rico?

El reluciente sol de la mañana había calentado la nieve lo suficiente para suavizar las marcas de ambos zapatos, dejando impreso un contorno que nada revelaba de las superficies de cuero del calzado.

Me reincorporé y estiré el cuello en busca del mozo de cuadra, James; apareció justo entonces, una mancha oscura en la colina allende la valla del recinto que me saludaba alegre con un gesto de la mano. Le devolví el saludo y, con una determinación renovada, volví a entrar en el cobertizo.

Si habían citado por carta a la joven para matarla, cabía la posibilidad de que todavía llevase la misiva encima; así, se podría identificar póstumamente al asesino.

No podía descartar que el hombre que se hubiera empeñado en silenciarla hubiera llegado a la misma conclusión que yo, pero no por ello me pareció menos provechosa la búsqueda.

Cuando llegase James, Marguerite pasaría a estar en manos de la justicia, con todo el alboroto y la confusión que un hallazgo tan siniestro como este despertaría; debía tomar cartas en el asunto, y ya.

Aguardé unos instantes para acostumbrar la vista a la penumbra, inspiré hondo y contuve la respiración para evitar el olor nauseabundo de la sangre y me decidí a no mirar en dirección del rostro de la pobre doncella mientras buscaba los bolsillos de su vestido.

Estaba retorcida bocarriba, con una cadera levantada y la otra escondida, y he de confesar que me vi en la necesidad de trajinar con el cadáver, lo menos posible, para alcanzar el otro costado, aunque fue en vano. Tenía los bolsillos vacíos.

Vacilé unos instantes y reflexioné acerca de las costumbres de la gente del campo. ¿Dónde escondería una carta una muchacha sencilla, lejos de miradas indiscretas? En su corsé, claro está.

Su grueso vestido de mahón era un espanto, mientras que la tela de lino de su camisola estaba arrugada y endurecida a causa de la sangre; pensé en mis guantes y me quité el de la mano derecha para que no se manchara.

Y, que Dios me ayude, me acerqué al borde superior de la camisola de la mujer y le palpé con cuidado el corsé, sin abrir los ojos en ningún momento.

Ahí estaba: la suavísima punta de un papel doblado oculto bajo una de las ballenas de la prenda.

Aguantando la respiración, lo agarré con las puntas de dos dedos.

Tuve el tiempo justo para meterlo en el bolsillo de mi capa y limpiarme la mano con un poco de heno que no estuviera manchado.

Entonces, volví a ponerme el guante y salí por la puerta, con el rostro desfigurado por el terror, para reunirme con James, el mozo de cuadra.

27 . Anne Lefroy, «Madame» para sus amigos, fue la mejor amiga de Jane durante su infancia en Steventon, Hampshire, a pesar de la diferencia de edad. Anne Lefroy fallecería en 1804 tras caerse del caballo. ( N. de la E. ).

28 . Como ya se ha indicado, Ann Radcliffe, que escribió Los misterios de Udolfo , y Charlotte Smith, autora de Ethelinde , eran dos escritoras que leía Jane Austen, aunque se suscribían al estilo gótico del que a veces se burlaba por sus personajes antinaturales. ( N. de la E. ).