Capítulo 9 El olor animal a sangre
El olor animal a sangre
La marcha de lord Harold ha dejado a su paso un sabor amargo entre los demás; se trataba de un acontecimiento muy ansiado, pero de poco ha servido para recuperar la paz.
No me cabe duda de que lo que le ha revelado a Isobel ha envenenado sus sentimientos para con Fitzroy Payne; trata al nuevo conde con una frialdad calculada y pasa buena parte del día a solas en sus aposentos, mientras que él –cabizbajo y más infeliz que nunca– se limita a encerrarse en su biblioteca, a pasear por los terrenos y a buscar consuelo en sus libros.
Fitzroy Payne, a lo largo de estas largas horas y en más de una ocasión, con una mirada o una palabra, parecía estar a punto de pedirme consejo, pero su fuerte carácter reservado se lo impedía.
He de confesar que sus reticencias son todo un alivio, pues quisiera evitar en la medida de lo posible una entrevista de tales características.
No hay duda de que está al tanto de la decisión de Isobel de entregarle sus propiedades a lord Harold, pero resulta evidente que no ha hecho nada para impedir que dicho caballero se marchara.
Así pues, he de concluir que le ha fallado a la dama cuando más ayuda necesitaba.
Con la condesa así de consternada y el nuevo conde no mucho mejor, podría esperarse que los asuntos domésticos de Scargrave Manor vayan de mal en peor, pero Madame Delahoussaye ha asumido el papel de señora de la casa, en lugar de su sobrina, con admirable dedicación.
Ahora compite con la señora Hodges por desplegar su autoridad en las principales estancias de la mansión y se dedica a darles órdenes a las criadas en plena faena.
Cuando da la casualidad de que Fitzroy Payne abandona su guarida para dar su paseo de siempre, Madame baja a la biblioteca y no permite que nadie la ayude.
Destierra a Danson, el ayuda de cámara del conde, quien, mohíno y sombrío, ha de volver a la zona del servicio, y se oye un temible estruendo procedente de las puertas cerradas de la biblioteca.
Cuando vuelve a salir, no obstante, resulta que los documentos del conde vuelven a estar ordenados, el cenicero en su sitio y las cartas apiladas con esmero para que luego Danson las clasifique.
Se ha desencadenado toda una guerra entre el ayuda de cámara del conde y la tía de su enamorada, y he de decir que Madame sale victoriosa de la mayoría de sus batallas.
Fanny Delahoussaye sigue padeciendo del estómago, aunque la mayoría de las tardes se recupera lo suficiente para jugar a las cartas con Tom Hearst, cuando es que a este le apetece, que suele ser el caso, puesto que todo apunta a que el ambiente que reina en la residencia independiente de los hermanos dista de ser agradable.
El señor George Hearst, no cabe duda, últimamente parece taciturno; siempre está pensando en las musarañas, de las que se olvida tan solo cuando se le llama varias veces seguidas; no es en absoluto la clase de compañía que busca el extrovertido teniente.
Tenemos la suerte de que el malhumorado eclesiástico casi nunca ensombrece con su presencia la mansión, y su necedad a menudo ahuyenta a su desesperado hermano de la casa pequeña.
El sufrimiento de Isobel, que no da indicios de amainar, hace que me sienta inútil como amiga, y en más de una ocasión me he preguntado si he hecho bien en alargar mi estancia, pero, cuando expresé en voz alta la intención de regresar a Bath en presencia de Fitzroy Payne, él se sobresaltó consternado y me apremió con tanta urgencia a que me quedara –para que «trate de levantar el ánimo de la condesa»– que yo no podría marcharme con la conciencia tranquila.
Sean cuales sean los defectos y los vicios que tenga lord Scargrave, yo nada sé de ellos.
A mis ojos, sigue siendo tan honrado como siempre.
Y, puesto que he de esperar a que me ofrezcan el carruaje de Scargrave para regresar a casa, más bien lo que sucede es que no estoy en condiciones de marcharme.
Como había pocas cosas amenas que me llamaran la atención y no se había vuelto a saber nada de esas cartas venenosas, decidí sacar provecho de la pericia y el talento del teniente Hearst y disfruté de otras tres lecciones a caballo a lo largo de la última semana.
Así pues, ya que esta mañana hacía buen tiempo tras varios días de nieve, decidí salir a hacer un poco de ejercicio y me dirigí hacia los establos en busca de lady Bess.
Me planteé esperar a otra ocasión en la que me pudiera acompañar el teniente Hearst, pero, puesto que era imposible saber qué planes tendría y bajo ningún concepto quería yo que pareciera que ansiaba su atención mandándole llamar a Scargrave Cottage, al final decidí irme a los establos yo sola.
Ardía en deseos de marcharme y, si ninguno de los mozos de cuadra podían acompañarme, no me faltaban ganas de tratar de salir a cabalgar sin ayuda.
Recorrí el camino de gravilla hasta los establos, de donde habían retirado la nieve, y me encontré con James, el jefe de cuadras.
–¡Señorita Austen! –exclamó–. ¿No querrá sacar a lady Bess?
–Así es –dije, sonriente–, a no ser que esté ocupada.
–Se la han llevao al campo de al lao –dijo James, frunciendo el ceño–, como hace tan buen día… Si espera un momento, se la traigo.
Esto mismo se disponía a hacer cuando apareció el señor George Hearst, tan sombrío como el recuerdo del mal tiempo, sin siquiera saludarme con un gesto de la cabeza ni dedicarle unas palabras de cortesía al mozo de cuadra.
–Tú, chico, tráeme a Balthasar, y que sea rápido –dijo, y, como James vaciló, señaló con efusividad la puerta del establo–. Largo de aquí.
El mozo de cuadra se disculpó conmigo con una mirada.
–Y tráelo a la entrada principal –añadió George Hearst, dándose la vuelta con brusquedad y caminando en dirección a la gran casa.
Desconocía a qué se debían estas prisas y esta hostilidad, y una parte de mí deseaba alcanzarlo y preguntarle qué le sucedía.
Pero algo había en el aspecto del señor Hearst que me desalentó –la sensación de que estaba más taciturno que de costumbre, tal vez– y me quedé donde estaba.
Poco nos habíamos dicho desde la conversación que tuvimos por el sendero la semana pasada; sospechaba en parte que el caballero se arrepentía de haber sido tan franco conmigo y que estaba decidido a evitarme.
De modo que lo más sensato me parecía marcharme a los campos cuando él se acercaba a la mansión.
Al cabo de unos instantes, seguí a James al interior del establo de techo alto y traté de vislumbrar su silueta a la luz tenue que reinaba dentro.
La figura del mozo de cuadra se recortaba contra una de las casetas al fondo del pasillo, donde un gran caballo negro asomaba la cabeza sobre la puerta como una antigua estatua militar. No era otro que Balthasar.
–Haga el favor de esperar un momento, señorita Austen, y Bess estará lista para que la monte –me aseguró el mozo.
–No se moleste, James –le dije yo–. Si me da la brida y las riendas, iré a por ella yo misma.
–Eso no sería mu propio de una dama. –Se le veía muy inseguro–. Y dudo que vaya a tener mucho éxito, sin ánimo de ofender, señorita.
–Como no me queda otra que esperar, ya sea en el campo o en el establo, al menos me gustaría hacer algo útil y no me va a pasar nada por intentarlo.
Usted llévele a Balthasar al señor Hearst, James, y luego sígame a los campos.
Así, si el caballo resulta ser más inteligente que yo, podrá socorrerme y quedarse con la conciencia tranquila.
Bess se encontraba entre un pequeño grupo de caballos apiñado contra la valla al otro lado del recinto.
Comprendí enseguida que los animales tenían pensado quedarse en esa misma esquina y me preguntaba a qué podría deberse que se acercaran tanto los unos a los otros en un lugar tan espacioso.
Quizá echaban en falta el calor del establo y trataban de abrigarse entre sí.
Fuera cual fuera el motivo, no me quedó más remedio que recorrer todo el campo con las botas puestas; la nieve llegaba casi hasta lo alto del calzado.
Haciendo acopio de valor, imité el sonido que me había enseñado Tom Hearst para llamarla y, para gran regocijo mío, vino hasta mí con obediencia y metió el hocico en la brida, como toda una dama; lo único que tenía que hacer yo era abrochar el cabestro y conducirla hasta el portal del recinto.
Fue aquí donde tuve problemas, y de tal manera que degeneró en una rendición absoluta por mi parte.
Pues Bess se negaba a acercarse al inofensivo portal y, efectivamente, entornaba los ojos y relinchaba con tanto ímpetu, apoyándose en las patas traseras, que se me soltó el cabestro y me quedé mirando desesperada cómo se apresuraba a regresar a la esquina del fondo.
Esto era, en todos los sentidos, inexplicable.
Era evidente que hacía unas pocas horas la yegua había entrado por ese mismo portal, ya que no había ningún otro punto de acceso, pero ahora resultaba que acercarse ahí le parecía lo más desagradable del mundo.
Hay quienes aseveran que la voluntad divina privó a los animales de raciocinio y los subyugó, por tanto, a la solaz del hombre, pero a mí me tocó criarme en el campo y, si bien me negaron la posibilidad de tener montura propia, a menudo veía a mi querida Madame Lefroy 27 con la suya.
Resultaba innegable que lo que hacía ella era gestionar la inteligencia del animal y que no la ponía en duda.
De modo que me propuse descubrir qué era lo que tanto aterrorizaba a lady Bess del portal.