Capítulo 8 Se rebaja para salir ganando #5
Me desconcertaba lo poderosas que eran las palabras de Trowbridge, pronunciadas tan a la ligera; claramente, no sospechaba que el conde podría haber fallecido por causas no naturales.
Que Fitzroy Payne tenía un buen motivo para cometer un asesinato –y antes de que el conde tuviera un hijo y, por tanto, desheredara a su sobrino– resultaba más que evidente.
La imagen del noble rostro de Fitzroy Payne surgió en mi mente; ¿de verdad un hombre como él sería capaz de matar?
Pero, desde luego, su compostura no daba indicio alguno de las acuciantes circunstancias en las que se encontraba; jamás había dejado entrever la desesperación que debía de corroer cada uno de sus pensamientos.
Ahora entendía mejor por qué no había presionado a Isobel para que rompiera su compromiso con el conde y se casara con él en su lugar; la ira de su tío podría haber arruinado su futuro sin remedio.
Era mejor conquistar el corazón de la condesa a espaldas de su marido y reducir, así, las posibilidades de que fueran a tener un heredero y de que él perdiera una fortuna tan ingente.
Lo que en un primer momento parecía noble, en perspectiva, resultaba ser mercenario y vil. Pero la voz implacable de lord Harold interrumpió el hilo de mis pensamientos:
–… por no mencionar el asunto de la señora Hammond.
–¿La señora Hammond?
–Una mujer a la que mantiene en un apartamento en Cheapside. No quisiera herir la sensibilidad de una dama, pero ya ve. Esa mujer tiene gustos estrafalarios, según mis fuentes.
Una amante, ni más ni menos, cuando Payne le había declarado su amor a Isobel. Esto era el colmo.
–Conoce usted todos los detalles, lord Harold –dije con desdén–. Ojalá no se hubiera enterado de todo esto de forma tan deshonrosa.
–Por regla general, trato de descubrir todo lo que pueda de mis adversarios –contestó Trowbridge con total naturalidad–. El mundo de las finanzas es una guerra, señorita Austen, y uno no puede ir a la guerra sin estar preparado. A la condesa no le pasó desapercibido el alcance de mis armas.
–¿Le ha dicho todo esto? –exclamé, horrorizada–. ¿También le ha hablado de la señora Hammond?
–La pequeña Isobel tenía que entender que cualquier esperanza que depositara en que el nuevo conde la auxiliara era vana. Yo no podía posponer mi oferta de compraventa de Crosswinds hasta que se casara con el canalla. No podía correr el riesgo de que los fondos de él se relacionasen conmigo.
Ahora comprendía la derrota absoluta que se transparentaba en el comportamiento de mi amiga cuando la vi subir las escaleras, su apariencia de pesadumbre y sobrecogimiento.
Ahí donde creía hallar fuerza y amor, no recibía más que traición y engaño.
Y yo misma la había urgido por la mañana a dejar a un lado el arrepentimiento y a proseguir con su vida.
Yo misma había intercedido en favor de Fitzroy Payne, cuando una causa como la suya no era más que un agravio.
–Creo que la condesa se dio cuenta de que mis argumentos eran todos ciertos –continuó diciendo lord Harold, cogiendo la jarra de oporto y rellenando la copa–.
Aceptó la cifra de dinero que le ofrecí, bastante generosa, teniendo en cuenta las circunstancias, a cambio de sus propiedades y de saldar su deuda.
Tendrá un poco de dinero con el que mantenerse, al menos, algo que antes no podía decir.
Así que se creía que había sido magnánimo con ella. ¡Qué hombre más ruin!
Me di la vuelta en dirección a la puerta, decidida a no despedirme siquiera de Harold Trowbridge, pero un pensamiento me detuvo donde estaba: un aventurero como él nunca arriesga a no ser que tenga un buen motivo, de lo que se desprende que Crosswinds debe de poseer un valor del que la querida Isobel no está al tanto.
–¿Qué puede ser tan importante, lord Harold –dije, volviéndome para mirarlo–, que justifique que se haya enfrentado durante tanto tiempo con la condesa?
–Solo por ganar ha valido la pena –respondió sin pensarlo, dando una calada a su cigarrillo y exhalando una pestilente nube de humo–.
Además, no hay que olvidar las propiedades en sí.
Esas tierras se extienden hasta un puerto de aguas profundas, perfecto para atracar barcos pesados; se trata de un caso único en Barbados, ya que está en manos privadas.
Un puerto de estas características resulta esencial.
–¿Esencial para qué fin?
–Usted a duras penas podría entenderlo, querida mía.
Y ahora –dijo, sacando un reloj de bolsillo– me temo que debo marcharme.
Ha sido un verdadero placer, señorita Austen.
Usted y yo conformamos una pareja asombrosa.
Con mi espíritu emprendedor y su inteligencia…
De tener usted más dinero, casi sentiría que corro peligro.
Pero, en fin, usted es muy humilde y tampoco posee una belleza que pueda restar importancia a la falta de recursos.
–Me halaga usted, lord Harold –dije con firmeza–, pues su falta de sentimiento, de escrúpulos y de honor, de todos los atributos, en efecto, que hacen de un hombre un caballero, le convierte en la última persona en el mundo con la que pudiera llegar a casarme.
26 . White’s era, tal vez, el club de caballeros más exclusivo de Londres en tiempos de Austen. La membresía de Fitzroy Payne es indicio de su estatus social, así como de la posición que ostenta entre la élite refinada. ( N. de la E. ).