Jane Austen y el incómodo incidente en Scargrave Manor Capítulo 8 Se rebaja para salir ganando #4
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Capítulo 8 Se rebaja para salir ganando #4

¿Fanny acababa de dejarle dinero a alguien?

Qué peculiar. No parecía la clase de persona que tuviera extraños arrebatos de altruismo, mucho menos de forma anónima; todo lo contrario.

¿No sería un pago por unos servicios prestados, de los que convenía no hablar a plena luz del día?

No había ninguna nota, ningún indicio que delatara la identidad del supuesto destinatario, y no me parecía de recibo abrir la bolsa, de modo que volví a dejarla sobre la paja, no sin desconcierto.

He aquí otro misterio que tendrá que resolverse otro día.

Al regresar a la gran casa, me crucé con un ir y venir de sirvientes de ambos sexos; había un carruaje desconocido en la entrada, decorado con un escudo de armas, y estaban colocando el equipaje en la parte trasera.

Me apresuré a entrar en la mansión, trajinando con los lazos de mi capota, y llegué justo a tiempo para ver a Isobel salir del estudio del conde.

No fue, sin embargo, deleite lo que sentí al verla, vestida como estaba de pies a cabeza con la triste ropa de viuda y peinada como correspondía, pues, a juzgar por su expresión, la condesa se encontraba en un profundo estado de turbación.

–Querida mía –exclamé, preocupada por su desazón–, ¿qué es lo que sucede?

Se detuvo en el frío vestíbulo, la única figura inmóvil en un mar de sirvientes. Entonces, sin decir nada ni mirarme, pasó de largo y se dirigió a las escaleras.

–Isobel… –empecé a decir, pero siguió caminando en silencio, haciendo oídos sordos.

Me volví hacia la puerta de la biblioteca, consternada. ¿Qué podría haber hecho Fitzroy Payne para amargar hasta tal punto a mi amiga?

Pero el causante de la aflicción de Isobel no era el conde.

En su interior se encontraba lord Harold, de pie junto a la chimenea, con un cigarrillo y una copa de oporto.

Una sola mirada a su rostro fue suficiente para comprender que al fin se había salido con la suya en lo referente a su obsesivo interés por las plantaciones de Isobel en Barbados; Crosswinds ya no era propiedad de la condesa.

Ahora entendía el alboroto que se había montado alrededor del carruaje que esperaba en la entrada.

Tras conseguir su objetivo, Harold Trowbridge ya no tenía nada más que hacer en Scargrave.

–Lord Harold –dije, cruzando la estancia para plantarle cara; ya no me daba miedo el poder que ostentaba–, veo que el ángel oscuro ha salido victorioso.

Burlón, alzó la copa a modo de saludo y se tragó la bebida.

–¿Acaso había dudas? –dijo.

–Lucifer alardeaba de la misma confianza, milord, y al final pecó de optimista.

–No estoy de acuerdo, señorita Austen. Lucifer heredó un reino, ciertamente, uno que se rige por sus propias reglas. A muchos hombres les gustaría tener su misma suerte.

Hice un gesto de la mano para restarles importancia a sus palabras.

–Usted solo habla para oírse a sí mismo, milord, y yo no tengo tiempo para oírle ejercitar su vanidad. He venido para despedirme, pero para siempre; ni un «hasta luego» ni mucho menos un «hasta pronto». Le deseo lo peor y que se vaya directamente al infierno.

Una forma de hablar como esta, todo hay que admitirlo, resultaba insólita viniendo de una mujer, y en especial de la hija de un clérigo, pero me habían sacado de mis casillas, como diría mi querido hermano Henry, y nada me importaban las consecuencias que se pudieran desencadenar.

Así y todo, pasó lo que menos me esperaba: en vez de sonreír con desprecio o echar la cabeza hacia atrás para carcajearse, Harold Trowbridge se sacó el cigarrillo de los labios y me estudió con atención.

–Su porte sale favorecido con la viveza de la rabia, señorita Austen. De haberlo sabido, la habría provocado antes, solo para disfrutar del efecto que tiene sobre su persona.

Sus ojos oscuros bullían de diversión, con toda la insolencia de un hombre sin escrúpulos.

–¿Cómo se atreve a hablar así, milord, cuando ha llevado a la ruina a una de las mujeres más dulces, más soberbias y ahora, no hay duda, también de las más desgraciadas?

–La que da por sentado que yo me complazco de mis logros, en especial cuando los consigo a un precio tan alto, es usted, no yo.

–Es usted despreciable, en todos los sentidos –dije yo.

–Puede ser –contestó–, pero, aun así, soy un hombre exitoso, mientras que la condesa no es más que una noble pobre.

–¿Cómo es posible… –empecé a decir; mi propia voz me sonaba estridente– que la haya doblegado?

Estaba completamente en contra de sus propósitos.

La única explicación es que el peso de todos sus pesares haya podido con ella y haya optado por desentenderse del problema en vez de enfrentarse a alguien como usted.

–Yo solo he dicho que no tiene ni un centavo –dijo Trowbridge con calma– y que sus acreedores han reclamado el pago de sus deudas.

Cuando su marido seguía con vida, yo decidí esperar mi momento e investigué cuánto le costaría a él liquidar la deuda del patrimonio.

Ahora que Scargrave ha muerto, no hay motivos para seguir retrasando lo inevitable.

–Scargrave ha muerto, pero otro Scargrave sigue con vida –señalé–. El conde tiene un heredero, con toda la autoridad que le otorga su patrimonio.

–Y una buena deuda –dijo el canalla en voz baja–.

Aunque la condesa dejara a un lado el decoro y se precipitara a casarse con su amante…

–me quedé boquiabierta al descubrir cuánto sabía él, pero no pareció inmutarse de mi gesto–, Fitzroy Payne tendría que arreglar sus cuentas primero.

Está endeudado con buena parte de Londres y sus terrenos en las Indias están plagados de problemas; de no haber muerto su tío, Payne no habría tardado en terminar en un tribunal o asesinado en un duelo por parte de uno de los muchos hombres con quienes tiene deudas de honor.

–¿Deudas de honor? –Estaba horrorizada.

–Señorita Austen –dijo lord Harold, con una condescendencia que me sacó de quicio–, entiendo que está usted más familiarizada con las costumbres del campo que con las de la capital.

Su propia naturaleza le impide albergar dudas contra los demás; su carácter, sospechar de ellos.

Pero tenga por seguro que Fitzroy Payne sigue los pasos de una élite muy ostentosa.

En efecto, él es su mejor ejemplo. El coste de su estilo de vida (su ropa, el mantenimiento de sus tierras en Derbyshire, los juegos de apuestas que tanto le gustan) perjudica mucho a una fortuna que no supera las tres mil libras al año.

Se apostó mucho por él a causa de las expectativas que genera su herencia, y sus acreedores, conscientes del futuro que tiene por delante, con mucho gusto le han seguido dando cuerda, tanta que le llega para ahorcarse.

Sin embargo, ahora se ha metido en un callejón sin salida y me temo que su amiga, la condesa, se quedará de manos vacías.