Capítulo 8 Se rebaja para salir ganando #3
Lo único que me quedaba por hacer era darle las gracias por la hospitalidad y pedirle la dirección de la casa de Jenny Barlow.
Entonces dejé a la señora Hodges junto a la chimenea, me puse la capa y las botas, y crucé el huerto en dirección al sendero, el cual, serpenteante y colmado de nieve, llevaba a la granja de Scargrave, a un poco menos de cinco kilómetros de distancia.
Hacía un tiempo espléndido y noté que recuperaba el ánimo mientras el sol frío me acariciaba la mejilla.
Ansiosa por que nadie me descubriera, lo único que podía hacer era seguir adelante por el camino; por suerte, estoy en condiciones físicas excelentes y estoy tan habituada a hacer ejercicio que esos cinco kilómetros no supusieron una fatiga excesiva.
El ama de llaves me había dicho que vería la cabaña de Jenny Barlow cerca de donde comenzaban los campos de trigo en barbecho, y, efectivamente, al dejar atrás la última curva del sendero, vislumbré una pequeña cabaña, cuyo tejado de paja en buen estado daba fe de lo mucho que se preocupaba el difunto conde por sus arrendatarios.
Una fina columna de humo se elevaba por la chimenea.
Me acerqué a la puerta y vi a una niña pequeña, cuya mirada sorprendida se asemejaba a la de un cervatillo; al saludarla, se asustó y corrió a esconderse en el interior de la vivienda. Su madre no tardó en aparecer.
–¿Es usted Jenny Barlow? –pregunté.
–Sí, señorita. –En su voz se filtraba toda la dulzura del habla de Hertfordshire.
Llegados a este punto, debía formar mi primera impresión de esta muchacha, pues no cabe duda de que no es más que una muchacha; tendrá veintipocos como mucho, y, en general, sigue siendo encantadora, a pesar de las marcas que dejan los años de duro trabajo.
Jenny Barlow tiene el pelo rubio como el oro, los ojos de un azul semejante al de los acianos y una complexión fuerte y fornida, lo que hace que se parezca, en cierto sentido, a una diosa de la cosecha.
No obstante, estos modestos pormenores no le hacen justicia: es toda una belleza, con un semblante de rasgos delicados y elegantes facciones, como una de esas bellas rosas, en mi opinión, que siguen encontrándose de vez en cuando en los senderos menos frecuentados.
–Venga pa dentro, señorita, que hace un frío que no vea.
Asentí y entré en la cabaña penumbrosa, llena de humo; las ventanas sin esmaltar estaban cubiertas con unos trapos engrasados, lo que no hacía sino acentuar la turbia oscuridad que reinaba en el ambiente.
La niña a la que había visto a la puerta estaba escondida debajo de la mesa; había otra criatura sentada en una esquina, jugueteando con un mechón de pelo, y no me pasó desapercibido que Jenny estaba encinta otra vez.
La suerte de las mujeres es cruel: o mueren solteras, difamadas y desahuciadas o mueren de tanto trabajar y parir; ambos destinos caen sobre ellas con excesiva liberalidad.
–Viene usted de la casa grande –dijo–. No es muy común que una dama venga a la granja.
–Me estoy hospedando en la mansión –le respondí– y, aunque pueda parecer que estoy dando un paseo por placer, en realidad he venido a hablar con usted.
Parecía sorprendida y no supo qué decir, de modo que me ofreció una silla para que me explicara con mayor comodidad.
–Señora Barlow, he venido a verla más por instinto que por una motivación clara –empecé a decir, tomando asiento–, y espero que, al hablar con usted, adivine cómo podrá serme de ayuda. Entiendo que está al tanto de la defunción de lord Scargrave.
–Sí, alabado sea Dios –se apresuró a decir en un hilo de voz.
–¿Por qué celebra su muerte? –pregunté.
–El conde era un hombre depravado –respondió Jenny–, depravado como ninguno. Me sobran motivos para decirla algo como esto.
–Ciertamente, son palabras fuertes. –Me detuve para observar la expresión de Jenny Barlow, pero no me parecía la clase de muchacha que ataca por atacar, ya sea por malicia o envidia a sus superiores–.
¿Acaso la ha perjudicado lord Scargrave de alguna manera, querida mía?
–quise saber, convencida, de pronto, de que así era.
–Lo de hacer daño lo llevaba en la sangre el desgraciao .
Entonces guardó silencio, y, por la mirada de soslayo que lanzó a su alrededor, me dio la impresión de que se arrepentía de haber dicho lo que había dicho; no la presioné más, sino que cambié de táctica.
–La noche en la que murió el conde –le dije–, escuché al señor George Hearst pronunciar el nombre de Rosie Ketch. Tengo entendido que se trata de su hermana. ¿Conoce usted al señor Hearst?
–Vaya si lo conozco, y hombre más íntegro como él no lo ha habido en la vida.
¡Cuánto fervor por el melancólico eclesiástico! Recordé la efusividad con la que se expresó George Hearst cuando le habló a su tío de Rosie Ketch, y me pregunté por qué un joven tan adusto como él ejercería de paladín de esta mujer. Un papel como este parecía más adecuado para su hermano galán.
Jenny Barlow giró la cabeza cuando se oyó un ruido en la puerta. Abrió mucho los ojos, alarmada.
–¿Quién ha entrao ? –inquirió un paisano fornido, apoyando el peso del cuerpo en el marco de la puerta–. ¿Has dejao entrar a alguien de la mansión? Oiga, aquí no queremos nada con gentuza como ustedes. ¡Márchese por donde ha venido!
–¡No, Ted! –gritó Jenny Barlow–. La dama venía de paseo y ha entrao a descansar. No tiene malas intenciones.
Ted Barlow, pues suponía que era él, se acercó tambaleante hacia su esposa, desprendiendo un intenso olor a cebada y lúpulo, y le dio un golpe por un lado de la cabeza.
He de confesar que no pude reprimir un chillido ante tanta injusticia, pero el patán hizo caso omiso, empeñado como estaba en ensañarse con la pobre criatura que estaba a su merced.
–Codeándote con los de arriba, ¿eh? ¡Ya te has olvidao de cómo terminastes la última vez!
–Dio un manotazo en dirección a sus hijos, quienes, asustados, se alejaron de él–.
Un montón de renacuajos y ni un trozo de pan que llevarse a la boca.
¡Para eso sirven los de arriba! –dijo, y escupió al suelo.
Llegados a este punto, me pareció que lo más sensato era retirarme, pero me detuve en la jamba de la puerta para cruzar la mirada con Jenny Barlow.
–Si me necesita, señora Barlow –le dije–, pregunte por la señorita Austen.
Deshice el camino andado por el sendero nevado presa de la turbación, con casi cinco kilómetros por delante para ahondar en tales impresiones al detalle.
Que el difunto lord Scargrave había arruinado la vida de la joven de alguna manera y que su marido seguía guardándole rencor resultaba evidente.
Me parecía igual de probable que su hermana, Rosie, estuviera implicada en los problemas de Jenny Barlow.
Cómo se había hecho el daño, sin embargo, seguía siendo un misterio, aunque sabía lo suficiente de cómo funcionaba el mundo como para sospechar que el conde había forzado con sus atenciones a su lechera.
Sobran precedentes en la historia. No obstante, tendré que esperar a escuchar las confidencias de Jenny; con el tiempo y después de pensarlo con detenimiento, la muchacha quizá se decida a venir a buscarme y a desahogarse por voluntad propia.
Me encontraba a unos pocos metros del recinto de los caballos donde el día anterior por la tarde había cabalgado a lomos de lady Bess, y, al oír un relincho procedente del otro lado de la valla, me di la vuelta y vi que la yegua extendía con ánimo su precioso hocico color castaño en mi dirección.
–No tengo azúcar, Bess –la avisé mientras me acercaba–, ni tampoco manzanas. Pero, si quieres, te frotaré la nariz y te prometeré que mañana vendré a visitarte.
La yegua bajó el hocico hasta mi mano enguantada y yo permanecí ahí unos instantes, rascándole el pelillo entre las orejas y por la frente, y maravillándome con la profundidad líquida de sus enormes ojos.
Fue en ese instante cuando un movimiento tras ella me llamó la atención; alcé la mirada y vislumbré una cabeza cubierta con una capota que entraba dentro de un cobertizo a la izquierda del portal del recinto, al otro lado de la llanura invernal de donde me encontraba yo.
La pelliza de la mujer era de un vívido color cereza, decorada todo a su alrededor con cintas negras y de un estilo que solo podía pertenecer a una persona: ¡Fanny Delahoussaye!
Tal vez había venido a montar a caballo para conquistar el corazón del teniente.
Lady Bess bufó, reclamando mi atención con impaciencia, y, en ese instante, Fanny volvió a aparecer, sin reparar en mi presencia, y traspasó el portal en dirección a la casa. A juzgar por su comportamiento, resultaba innegable que había venido a escondidas.
No había ningún punto de acceso en la valla que tenía ante mí; solo había una entrada, al otro lado del recinto.
Miré a mi alrededor para cerciorarme de que no me estuviera viendo nadie, me subí a la barandilla baja y me deslicé por la valla, con la falda y todo, hasta quedar al lado de la sorprendida lady Bess.
Entonces eché a correr por la hierba recubierta de nieve, sosteniendo el dobladillo del vestido por encima de los tobillos, mientras el caballo trotaba a mi lado, disfrutando del episodio, no cabe duda.
Era una pequeña construcción, un mero cobertizo para almacenar heno, en realidad; aquí no había nada que pudiera ser del interés de Fanny Delahoussaye.
Agaché la cabeza para observar el interior y vi de inmediato lo que había dejado atrás: una pequeña bolsa de cuero atada a una cuerda.
La recogí y, por el peso y el tintineo que hacía, supe que había monedas en su interior.