Capítulo 8 Se rebaja para salir ganando #2
–No intentes halagarme, Jane –dijo con brusquedad, extendiendo una mano como para impedir que me acercara–. No tengo nada que ofrecerte a cambio, salvo la humillación de una mujer que ha hecho lo que no debía.
–¿De qué estás hablando? –Como había dado por supuesto, la carcomía la culpa.
Debía esforzarme al máximo–. Nada de lo que me has dicho podría deshonrar jamás a Frederick.
Le tenías en alta estima como marido e, independientemente de cuáles fueran tus sentimientos por otro, tu conducta ha sido intachable.
Se llevó las manos al rostro, ocultando sus facciones; su voz, cuando retomó la palabra, temblaba de la emoción.
–No puedo dejar de pensar en las palabras de la doncella, Jane. Marguerite vio lo que yo no pude ver. Nosotros, solo nosotros, Fitzroy y yo, matamos a mi marido, y no seríamos más culpables si lo hubiéramos envenenado directamente, como sostiene ella.
Una sensación de terror se apoderó de mí al escuchar sus palabras, y, para mis adentros, maldije a esa muchacha que, con su rabiosa pluma, había desatado tal caos en el alma de Isobel.
–Querida mía –dije con firmeza, agarrándola de las muñecas y apartándole las manos de la cara–, no tienes nada de lo que lamentarte, más allá de la muerte prematura de tu marido.
Llora por él si lo deseas, pero no cargues con un peso que solo debe llevar tu Creador.
Los caminos del Señor son inescrutables, pero, como hija de un clérigo, puedo corroborar que no suelen ser vengativos.
Isobel se soltó de mí y se desplomó con languidez en el diván.
Las oscuras trenzas pelirrojas le ocultaban el rostro; no sabía si era el dolor o la rabia lo que se derramaba por sus facciones.
La prudencia me aconsejaba que desistiera, pero la amistad me recordaba que esto todavía no había terminado.
–Hiciste muy feliz a tu marido, Isobel –dije con firmeza–.
No olvides que yo fui testigo de su alegría antes de su muerte.
Honraste al conde cuando aceptaste convertirte en su esposa y sacrificaste tus sentimientos por él.
Nada debería convencerte de lo contrario; desde luego, no las palabras incoherentes de una necia doncella.
–Jane –dijo la condesa, apartándose el cabello hacia atrás y volviendo el rostro hacia mí–, para ya. No des por sentado que son estas las palabras que quiero escuchar. No es posible que me sigas respetando sabiendo todo lo que sabes sobre mi persona.
–Querrás decir que no es posible que te siga soportando.
–La exasperación hacía mella en mí–. Isobel, ¡te empeñas en decir lo que no deberías decir!
Ya basta de sufrir, ya basta de lamentarte.
Lo que debes hacer ahora es enfrentarte a tu destino con fuerzas renovadas.
Scargrave está muerto, pero Scargrave sigue con vida.
Y, a no ser que me equivoque, estás haciéndole daño a un hombre que te ama.
Las mejillas de Isobel se ruborizaron de color rojo escarlata y apartó el rostro.
–No me hables de Fitzroy. Lo único que siento cuando alguien le menciona es vergüenza. –Eran palabras entrecortadas y amargas.
–No debería ser así, querida mía.
–¿Cómo no va a ser así? –exclamó–. ¡Oh, Jane, soy tan desgraciada!
–Pero ¿él sigue importándote?
Guardó silencio unos instantes, cogiendo y soltando el encaje de su ropa. Desvió la mirada de mí y la fijó en el retrato del difunto Frederick, cuyo rostro jovial lo iluminaba un rayo de luz matinal. A continuación, con un hilo de voz que me costó oír, respondió:
–¿Cómo me haces esa pregunta? Mi marido todavía sigue caliente bajo tierra.
Toda la fuerza de su reproche cayó sobre mí y me mordí el labio. La tenacidad con la que quería forzar a Isobel a abandonar un dolor demasiado hondo carecía de tacto. Pero el sentimiento de culpa que embargaba a esta persona tan querida no dejaba de atosigarme, de modo que hice un último intento:
–No puedes morirte con Frederick, por mucho que creas que tu penitencia te lo exige, Isobel.
Se hizo un silencio tenso y, entonces, la condesa soltó un suspiro entrecortado.
Esperaba que mis palabras surtieran el efecto deseado, pero no iba a darme con un canto en los dientes: Isobel recogió el chal y se lo volvió a poner sobre los hombros, con su expresión, siempre tan abierta, ensombrecida y los ojos fijos en las llamas de la chimenea.
–Márchate, Jane –me dijo.
–Me marcho. –Estiré una mano para acariciarle las ondas pelirrojas de su cabello despeinado, pero, al notar mi caricia, se tensó. Añadí–: Hay muchas personas que te quieren, querida mía. Quizá más de lo que te quieres a ti misma. No lo olvides, Isobel, cuando te decidas a seguir con tu vida.
Con la gravosa sensación de que les había fallado tanto a mi amiga como a su enamorado con mis torpes intentos de persuasión, acabé sola con toda una mañana por delante.
Fanny Delahoussaye se encontraba indispuesta a causa de un problema estomacal y Madame había salido para ir a la botica de Scargrave Close; los Hearst, a su vez, seguían en su casa.
Fitzroy Payne estaba encerrado en su biblioteca y lord Harold, por suerte, no estaba por ningún lado.
La melancolía de Isobel amenazaba incluso con hundir unos ánimos tan enérgicos como los míos, pero pensé en que, al menos, teníamos un motivo para alegrarnos: la lengua viperina de la doncella Marguerite, tan dañina para la autoestima de la condesa, no había vuelto a hablar, por suerte.
Sir William Reynolds permanecía contento en la compañía de su querida dama, al no haber malas nuevas que traer a nuestra puerta.
A pesar de todo, me costaba imaginarme que el asunto hubiera terminado así como así, y recabar toda la información posible acerca de los residentes de Scargrave me pareció lo más juicioso.
Me había propuesto indagar acerca de la mujer llamada Rosie, quien había sido la causa de la discusión acalorada entre el señor George Hearst y el difunto conde. Para tal fin, me dirigí a la zona del servicio y, tras preguntar un poco, me condujeron a los aposentos del ama de llaves.
–Señora Hodges –dije, cuando la buena mujer apareció en la puerta de su sala de estar, luciendo su ropa negra de siempre con una cofia blanca como la nieve en la cabeza–, quisiera hablar con usted, si tiene un cuarto de hora libre.
–Será un placer, señorita –dijo, reculando y abriendo del todo la puerta.
Me condujo hasta una cómoda silla junto a la chimenea encendida y me invitó a sentarme.
He de confesar que no desaproveché la oportunidad de lanzar una mirada a mi alrededor cuando la señora Hodges se fue a por la tetera, pues los aposentos del ama de llaves de Scargrave eran de tales proporciones que casi parecían los de la familia Austen en Bath, una comparación que probablemente escandalizaría a la buena señora Hodges de enterarse.
Pero recobré la compostura cuando me sirvió una taza; en su rostro amable se filtraba el deseo de servirme en todo lo posible.
¿Cómo formular la pregunta? Nunca había tenido que someter a nadie a un interrogatorio tan directo como ese, y no lo recomendaba. Ir al grano, pues, y acabar de una vez por todas, me pareció lo más aconsejable.
–Señora Hodges –empecé a decir, dando un sorbo a la taza–, quisiera preguntarle si alguna vez ha venido una joven llamada Rosie a Scargrave Manor de visita.
En sus ojos relucía la perplejidad cuando tomó asiento enfrente de mí.
–¿Rosie? –repitió–. No recuerdo a ninguna… dama de ese nombre. Hay muchas Rosies en el mundo, por supuesto, pero yo solo conozco los apellidos de la gente que viene de visita a la mansión, como corresponde a una persona de mi condición.
Desde luego, aquello era cierto; yo tampoco tendría por qué saber el nombre de pila de la dama, si hubiera oído hablar de ella en situaciones normales, pero al señor Hearst –pues había sido su voz, no había dudas, la que había pronunciado su nombre– le había parecido oportuno omitir el tratamiento de «señorita» antepuesto a su apellido.
¿Cuál era este último, por cierto? Empezaba por K. ¡Ketch! Rosie Ketch.
–Si no me equivoco, la dama en cuestión se apellidaba Ketch –dije.
La transformación del semblante de la señora Hodges era digna de mención: primero se puso blanca, después, roja, con los ojos a punto de salírsele de las órbitas; por un momento, temí que fuera a darle una apoplejía.
–Señora Hodges –dije ansiosa, dejando a un lado la taza de té y acercándome a ella, preocupada–, ¿qué sucede? ¿Qué he dicho?
–No es nada, señorita –balbuceó, recobrando la compostura no sin esfuerzo–.
Lo que pasa es que me gustaría que el nombre de esa sinvergüenza nunca se pronunciara de nuevo en esta casa.
No era un buen ejemplo pa las jóvenes y no dio más que problemas mientras estaba aquí de servicio.
Ojalá pudiera olvidarme de ella de una vez por todas.
Yo pensaba que usted preguntaba por una buena dama.
–La culpa es mía –dije yo–. No sabía que fuera una sirvienta. Simplemente oí su nombre de pasada, unido a un comentario que me llamó la atención, y quería saber cuándo estuvo por última vez aquí, en Scargrave.
–No dudo de que el comentario llamara la atención –comentó con picardía la señora Hodges, y juntó las manos sobre la barriga prominente–.
Rosie se marchó hará ahora tres meses, pero, si quiere saber más, será mejor pa usted que hable con Jenny Barlow, su hermana, que vive en una casa en la granja de la propiedad.
A usted no la valdrá la pena interesarse por Rosie, ojo, pero imagino que tendrá sus motivos.
Tanto su mirada como su tono de voz dejaban claro que fueran cuales fueran mis motivos, no decían mucho de mí, y noté que me ruborizaba hasta teñirme de un color rojo escarlata.