Capítulo 8 Se rebaja para salir ganando
Se rebaja para salir ganando
Esta mañana me desperté decidida a prestar más atención al desconcertante misterio de la muerte del conde y menos al libertino del teniente Hearst. Una mujer de mi condición no puede tomarse en serio a un hombre como él, pues, por muy encantador y atento que sea, es poco probable que el teniente pretenda emparejarse con una dama tan desamparada como yo.
No es más que un pobre diablo abandonado a su suerte en el campo que se consuela como puede con vanos flirteos.
Con unos pensamientos tan sensatos como estos, bajé hasta la pequeña sala del desayuno a paso rápido, alentada por el buen apetito y mi imperiosa determinación.
Me había quedado hasta tarde en la cama –pues estaba exhausta, tras el esfuerzo de salir a cabalgar el día anterior– e imaginaba que tendría toda la mesa para mí, pero Fitzroy Payne apareció menos de cinco minutos después de que el criado me hubiera apartado una silla para que me sentara y me saludó distraído con una reverencia.
–Buenos días, señorita Austen. Tiene buen aspecto.
–Gracias, milord. Me siento como nueva, después de una buena noche de descanso.
Ojalá pudiera devolverle el cumplido, pero, en verdad, se le veía muy indispuesto.
–Me temo que el descanso es un lujo del que he de privarme por el momento; los negocios de mi tío acaparan toda mi atención. –El conde tomó asiento y rechazó el té que le tendía el sirviente con un gesto de la mano–. Tráigame un café, Fetters, y unas lonchas de beicon recién hechas.
–Sí, milord.
Después de que se marchara el criado, Fitzroy Payne lanzó una mirada hacia atrás y se inclinó sobre la mesa.
–Me alegro, señorita Austen, de encontrarla a solas. Quisiera hablar con usted de un tema un tanto delicado.
Dejé en el plato la tostada y me llevé la servilleta a los labios.
–Soy toda oídos, lord Scargrave.
El conde dudó al oír el título de su tío y, entonces, me dedicó una insólita sonrisa, capaz de transformar de lleno todo su semblante; de ser un caballero solemne, poseedor de una austeridad nada habitual en alguien tan joven, pasaba a ser una persona simpática y encantadora.
Por un instante, intuí cómo debió de ser pasear por las calles del barrio londinense de Mayfair en su compañía durante todos aquellos meses de verano y comprendí un poco mejor el aprieto en el que se encontraba Isobel.
–Me he dado cuenta de cómo cuida usted de la condesa –empezó a decir Fitzroy Payne–. Si bien las desgracias que le han caído encima son muy pesarosas, de eso no cabe duda, contar con una amistad como la suya debe de aliviarla un poco.
Incliné la cabeza.
–Quienes conocen la bondad de Isobel no pueden sino amarla.
–Ojalá no fuera así –murmuró, claramente para sus adentros.
Entonces, recobrando la compostura, me miró con absoluta franqueza–.
Se habrá dado cuenta, supongo, de lo ocupado que estoy con los negocios de mi difunto tío, lo cual me ha privado de la oportunidad, que, de ser otro caso, no habría desaprovechado, de intimar con usted.
Una amiga tan buena para Isobel no debería seguir siendo una desconocida para mí.
–Quizá lleguemos a conocernos mejor cuando vengan tiempos más propicios –dije con simpatía–. Jamás le reprocharía que decida centrarse en asuntos que exigen toda su concentración y cuidado, lord Scargrave. Las veces que nos hemos visto por casualidad, ha sido usted la viva imagen de la generosidad.
–«Las veces que nos hemos visto por casualidad…
» –repitió, divertido–. ¡Qué mal me he comportado con una invitada que vive bajo mi propio techo!
¿Qué dirían mis colegas de White’s 26 si vieran mi conducta?
Pero no hay nada que hacerle. He de aprovechar lo poco que nos conocemos y pedirle su inestimable ayuda.
–Si puedo ayudarle de alguna manera, milord, no dude en decírmelo.
–No se lo pido por mí, sino por una persona… que ambos tenemos en estima.
Estaba siendo sincero conmigo; no cabía duda de que se estaba refiriendo a Isobel, y, al admitirme a mí –con tanta delicadeza– la hondura de sus sentimientos para con la esposa de su difunto tío, el conde me honraba con su confianza.
La llegada repentina del criado, Fetters, con la cafetera y las lonchas de beicon, frustró el tema de conversación, pero, en cuanto sirvió el desayuno al conde, el hombre se retiró.
Cuando cerró la puerta de la sala con discreción al salir, me sentí en la libertad de volver a mencionar lo que tanto preocupaba al conde.
–Respecto a Isobel, ¿qué es lo que le preocupa tanto como para quitarle el sueño, lord Scargrave?
Sus ojos grises color pizarra destilaban una humildad asombrosa y, en sus profundidades, percibí, no sin renuencia, cierta admiración por todo lo que acababa de intuir yo.
–No se equivoca, señorita Austen. Durante el día destinaría menos tiempo a los negocios de mi tío si la ansiedad que me embarga a causa de la condesa me dejara descansar por la noche.
–¿No se ocultará lord Harold detrás de sus demonios, lord Scargrave? Porque he de decirle que, en lo referente a ese caballero en particular, yo no puedo serle de ayuda. Siempre me deja en blanco.
–Decir que la deja en blanco es, si acaso, una exageración.
La señorita Austen de Bath jamás, bajo ningún concepto, se queda en blanco –bromeó Fitzroy Payne, no sin dulzura–.
No, señorita Austen, en lo referente a lord Harold, no tengo de qué preocuparme.
Poco puede hacerle este hombre a la condesa que yo no pueda prevenir.
La verdadera causante de mi ansiedad es la propia Isobel.
–Entonces, el conde vaciló, como buscando las palabras adecuadas–.
No sé hasta qué punto ha tenido acceso usted a sus confidencias…
–Baste decir que, en lo concerniente al afecto que siente por usted, me ha dicho todo lo que se le puede decir a otra persona –dije con cautela.
Una oleada de vergüenza se elevó en su semblante, pero se sobrepuso enseguida y retomó la palabra con mayor naturalidad:
–Entonces, sabrá que pocas barreras puede haber entre nosotros, después de alcanzar tal grado de intimidad.
–Me lo imagino.
–Y, sin embargo, desde la muerte de mi tío, la condesa no me ha dirigido ni una sola palabra sin saltarse las convenciones que cabe esperar de una familia. Más bien, me trata como a un completo desconocido.
El conde le dio un manotazo a la mesa con la palma de la mano y, sin previo aviso, se levantó del asiento y comenzó a caminar por la estancia.
–¿Y le parece extraño, milord?
–¿Extraño? ¡Es insoportable!
–Pero ¡está tan dolida…!
–En un momento como este, ¡yo debería ser su principal consuelo! Pero ¡parece que quisiera que me marchara al fin del mundo!
No sabía cómo reaccionar a su desconcierto, pues decirle lo que pensaba de verdad –que el profundo dolor de Isobel se entremezclaba con una sensación de culpa y vergüenza en lo referente a Fitzroy Payne– solo le desconsolaría más.
Y también era posible –pues Isobel le había ocultado a su enamorado todo lo concerniente al chantajismo de las misivas de la doncella Marguerite– que la condesa desease proteger a Fitzroy del tormento que la asolaba.
Deseché, por improbable, la posibilidad de que mi amiga se hubiera tomado en serio las palabras de la doncella y hubiera empezado a temer al «lord de pelo cano».
–Quizá la condesa vuelva en sí con el tiempo –dije sin convicción.
–Pero ¿y si no es así, señorita Austen? ¿Y si la muerte de mi tío ha cambiado sus sentimientos? Son miedos como estos los que me impiden conciliar el sueño por las noches.
Ante tanta honestidad sentimental en mi presencia –una persona a la que a duras penas conocía–, Fitzroy Payne no pudo sino despertar toda mi benevolencia.
–Lord Scargrave –le dije–, la condesa se ha tenido que enfrentar a más de lo que cualquier dama de su corta edad y experiencia debería soportar.
Piense en la pasión frustrada que siente por usted, en la fuerza necesaria para reprimirla, en la amarga resignación con la que aceptó un matrimonio por conveniencia y, ahora, en la muerte repentina de un marido al que adoraba al menos como a un padre.
No es de extrañar que busque consuelo en la soledad. Me sorprendería que no fuera así.
–No le falta razón –dijo Fitzroy Payne, recuperando parte de su elegancia–, pero quisiera pedirle, señorita Austen, que haga todo lo que esté en su mano para mejorar el estado de ánimo de Isobel.
Pasa demasiado tiempo sola. Convénzala para que pasee con usted, si hace buen tiempo; háblele de temas de conversación que nada tengan que ver con esta casa desafortunada.
Y, de ser posible, apoye mi causa…, háblele con afecto en mi nombre…
–Tenga por seguro que haré todo lo que pueda, lord Scargrave –aseveré sin dudarlo.
–¡Es usted un milagro de mujer! –exclamó Fitzroy Payne, cuya expresión desbordaba gratitud, y así me dejó.
No podía quedarme de brazos cruzados cuando Isobel seguía embargada por la ansiedad; me acerqué apresuradamente a su habitación y me la encontré muy desanimada.
–Querida mía –dije, colocándole un chal en torno a los hombros. Estaba sentada junto a la chimenea, con el rostro pensativo y el pelo revuelto–, ¡sigues sin vestirte! ¡Y no te has tomado el té! ¿Acaso no ha venido Daisy a atenderte?
–Oh, Jane –suspiró mi amiga–, ¡Daisy no puede ayudarme con esta enfermedad del espíritu! ¿De qué me serviría a mí vestirme? Con ponerme otra ropa, no cambiaré de vida. Prefiero quedarme aquí, en la quietud de mi cuarto, y arrepentirme de todos mis pecados.
–Bueno, a ver –la regañé–, mejor date la enhorabuena por haber superado tantas pruebas y, además, con tanta gracia y tesón.
–No soy digna de ninguna de esas palabras. –Isobel se quitó el chal y se levantó del asiento–. He deshonrado a un hombre que habría movido cielo y tierra para hacerme feliz.
–¡Isobel! ¿A qué viene tanta insensibilidad, y, además, falta de toda lógica? El dolor te lleva a ser injusta. Deja que tu amiga, que conoce tu valor mejor que tú, te recuerde quién eres.