Jane Austen y el incómodo incidente en Scargrave Manor Capítulo 7 Quien se pica ajos come #5
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Capítulo 7 Quien se pica ajos come #5

–Halagos que usted, no cabe duda, prodiga con destreza –dije, a modo de reproche–. La vida en la corte le habrá instruido en este aspecto, cuando menos. Pero estoy sorprendida, señor. ¿Puede incluso un galán como usted conquistar su joven corazón en tan pocos días?

–Conozco a la señorita Delahoussaye desde hace varios meses –respondió–, desde que ella conoce a mi primo. Durante la última temporada en Londres, los acompañé en sus momentos de asueto siempre que me fue posible.

–Y, puesto que era verano y ella, una muchacha bien parecida, a usted le pareció que flirtear sin mayor consecuencia no podría tener nada de malo. Ya veo.

–Ella me reservaba todas sus atenciones cada vez que nos veíamos.

–Tom Hearst se rio entre dientes–. ¡Sus atenciones!

¿Acaso puede una palabra como esa describir la ridiculez de Fanny?

Se ha encaprichado conmigo en cuerpo y alma.

Ningún hombre dudaría en tomar lo que ella le ofrece, señorita Austen.

Desde luego, yo no. Aunque me cueste admitirlo.

Debería avergonzarme de mí mismo por sucumbir a sus encantos físicos a pesar de carecer de personalidad y sensatez.

¡Qué franqueza! El teniente no dudaba en mostrarse como un hombre sin principios. Aun así, una dama no podía dejar pasar el imprudente descrédito de Fanny Delahoussaye sin intervenir; ni siquiera yo, que la tenía en tan poca estima.

–Y, ya que su fortuna no es nada despreciable –apostillé–, a usted no le convenía comportarse con frialdad ante tanta calidez. En lo que respecta a la señorita Delahoussaye, usted solo busca beneficio personal.

–¡Tiene opiniones muy sólidas, señorita Austen!

Ojalá no estuvieran tan fundadas en la verdad –dijo el teniente, con cierta incertidumbre–.

Pero descubrí los planes de su madre demasiado tarde y yo no quería ofender a Fitzroy, cuyo intachable autocontrol nos impide saber si la dama le interesa o no.

Si las intenciones de Fitzroy para con Fanny resultan ser honradas, le habré injuriado y no poco, pero hablar de algo así con alguien como el vizconde, ¡como el conde!

, es un imposible. Así pues, he decidido hacerme a un lado para no interponerme en su camino.

Ahora el teniente fingía desconocer que Fitzroy Payne ya había depositado sus afectos en otro lado, tal y como me insinuó sin tapujos mientras bailábamos en el baile de Scargrave. Una omisión curiosa, como si Tom Hearst quisiera borrar de un plumazo la falta de discreción del otro día.

–Sea cual sea el destino de Fanny –dije, recobrando la compostura–, para usted debe de ser más importante mantener la buena opinión que tenga su primo sobre su persona.

–Así es. –Frunció los labios, pensativo–. Pero me parece que es demasiado tarde. La actitud coqueta de la señorita Delahoussaye ha desatado la ira de su madre sobre mí. ¡Madame se ha atrevido a acusarme de alentar un comportamiento indecente en su hija!

–Me sorprende usted –dije, con evidente ironía.

–Se va a reír –prosiguió Tom Hearst–, pero Madame incluso le pidió a mi tío antes de su muerte que me desterrara de Scargrave en Navidad.

Esto sí que era una noticia. ¿Sería por los rumores que corrían acerca del duelo, tal vez?

–¡No me diga! –grité–. ¡No tenía ni idea! ¿Y qué fue lo que le dijo su tío?

–Sigo aquí, como ve –dijo el teniente, sonriendo–, y me siento en la total libertad de entregarme a otras personas a las que considero más merecedoras de mostrar mi interés.

Así pues, regresamos a casa planificando las clases de equitación para los próximos días.

El teniente Hearst parece ansioso por disfrutar de mi compañía, y, si bien no deja de ser un canalla del que no puede fiarse una, resulta de lo más encantador.

Me divierte y no corro peligro de dejarme llevar por sus atenciones; soy demasiado sensata como para hacer caso de los halagos del teniente, en especial cuando sospecho que hay una motivación oculta detrás.

Por tanto, hemos llegado a una especie de acuerdo, aunque todavía no hemos decidido los términos.

Mis destrezas de amazona saldrán ganando con sus atenciones y, a cambio, él no dejará de presionarme con el asunto de sir William Reynolds.

Por qué Tom Hearst tiene tanto interés en el magistrado, sin embargo, es algo que sigo sin entender.

22 . Estas bases, normalmente de metal, tenían forma de pequeños anillos que se incrustaban en la planta de los zapatos para elevar los pies unos centímetros sobre el lodo o la nieve derretida.

A pesar de que seguían siendo habituales tanto en el campo como en la ciudad en los tiempos de Austen, a mediados de siglo tenían fama de poco estilosas. ( N. de la E. ).

23 . Los escudos de armas de la familia se cubrían con una tela de crepé de color negro y se colocaban sobre las ventanas de una gran casa para anunciar al público que la familia estaba de luto. ( N. de la E. ).

24 . «Infiernos de apuestas» es el término con el que en la época georgiana se referían a los locales de apuestas. ( N. de la E. ).

25 . Los Caballeros Reales, uno de los tres regimientos de caballeros encargados de velar por la familia real, recibían el apodo de los Azules, dado el color de sus uniformes. ( N. de la E. ).