Jane Austen y el incómodo incidente en Scargrave Manor Capítulo 7 Quien se pica ajos come #4
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Capítulo 7 Quien se pica ajos come #4

Con su siguiente comentario, esta última conjetura ganó fuerza:

–¿Conoce a sir William Reynolds desde hace mucho tiempo? –inquirió el teniente, como quien no quiere la cosa.

Yo vacilé antes de responder, preguntándome qué interés podría tener él en la justicia.

–Desde que tengo uso de razón –respondí, abriéndome paso por la nieve.

Me había quitado las bases de metal de las suelas para salir a cabalgar; mis botas, a estas alturas, ya no debían de tener remedio–.

Sir William siempre ha sido muy querido en la casa de mi padre. Para mí es tanto un tío como un amigo.

–Se sirve de su presencia en Scargrave para venir aquí con mayor frecuencia que antes.

–No sé de qué le sorprende –dije contemplando su rostro.

¿Quería Tom Hearst descubrir qué más se escondía detrás de las atenciones del magistrado?

–. Y, en invierno, uno siempre descubre lo cercanos que son en el fondo sus amigos.

Una visita a un conocido resulta más atractiva en una estación tan tediosa por definición, cuando el clima nos impide dedicarnos a otros menesteres más sencillos.

–Ciertamente, eso debe de pensar sir William –comentó el teniente–, aunque a cualquier hombre le parecería atractiva vuestra presencia, ya sea en verano como en invierno.

No pude reprimir la sonrisa ante esa galantería sin reparos, y me pareció que lo mejor sería cambiar de tema.

–Un oficial como usted prácticamente debe de estar casado con su caballo –dije–. ¿Es jinete desde la infancia, teniente?

–Así es –respondió, estirándose para acariciarle el hocico a su caballo de caza–.

Mi padre me subió a un caballo a la tierna edad de dos años y predestinó, así, a su segundo hijo a la caballería.

Tal vez fue su último gesto paternal antes de marcharse al continente para encontrarse con su amante y con la muerte.

–¿Se siente muy unido a su profesión?

–Preferiría servir en los Azules 25 –aseveró con alegría– que a un duque.

La distinción de un cargo en la corte y la elegancia de sus residentes, unida a la libertad y a la aventura del servicio militar, a la posibilidad de impartir órdenes a mis hombres y de gozar de la camaradería de mis compañeros…

, todas ellas son cosas con las que disfruto.

Le debo mucho a la generosidad de mi tío, señorita Austen, pues fue él quien compró mi nombramiento.

–¿De verdad? –inquirí, aunque no me esperaba menos–.

Entonces, se comportó con usted mejor que con su hermano, teniente.

Si el conde les hubiera tratado a los dos de la misma forma, le habría convertido a usted en clérigo, para mantenerlo encerrado todo el año, ya que su naturaleza se inclina claramente por lo contrario.

–Así que George se ha aprovechado de su bondad y le ha contado sus penas –comentó el teniente, divertido–.

Nunca se cansa de quejarse por sus esperanzas rotas, aunque en el fondo sepa que mi tío hizo lo mejor para él y le dejó una dotación.

A mí me parece que, en el fondo, George no quiere dejar de tener motivos para quejarse, aunque llegue a conseguir lo que quiera.

Quizá haya empezado a emular el comportamiento de los jóvenes echados a perder.

–¿El señor Hearst recibirá una dotación según el testamento del conde? –exclamé, algo sorprendida.

–Eso creo, aunque no he visto el documento –contestó el teniente–; ocupados como están mi primo Fitzroy y sus asesores legales con los asuntos del patrimonio, no nos lo han leído como Dios manda.

Pero fue lo que le dijo mi tío a mi hermano cuando regresó de su luna de miel; la dicha conyugal había vuelto al conde más generoso si cabe.

Al enmendar las cláusulas del testamento para velar por la condesa, mi tío también revisó la situación de George.

Si hay alguien que tenga motivos para alegrarse de la triste muerte del conde es mi hermano.

–Y que lo diga –dije distraída, sin saber qué pensar.

Al hablar conmigo, ¿había omitido este detalle el señor Hearst por delicadeza o porque tenía la conciencia intranquila?

Pues resultaba evidente que salía ganando con la muerte de su tío y que este había perdido la vida poco después de que anunciara los cambios en su herencia.

Teniendo en cuenta la agresividad de la discusión que escuché a hurtadillas la noche del baile de Scargrave, valdría la pena investigar más a fondo al señor Hearst.

De pronto, reparé en que el teniente me miraba con ojos entornados y traté de desviar el tête-à-tête a asuntos más livianos.

–En fin, en cuanto a su cargo en los Azules, teniente, le da mayor ventaja como pretendiente de la señorita Delahoussaye, ya que ella admira fervientemente a los militares –dije, tratando de hablar con tono distendido–.

Y, puesto que está usted vinculado a la familia real, es poco probable que le envíen a servir en una base militar lejos de lugares y gente refinados; todo esto debe de jugar en su favor a ojos de su madre, que a menudo trata de meter a un tercero en discordia entre ustedes dos.

Lo que yo pretendía era bromear, en consonancia con la forma en la que se había burlado él mismo de esta dama, pero se sonrojó y me miró con seriedad.

–¿Se ha dado cuenta, pues, del favoritismo de la señorita Fanny?

–preguntó ansioso–. Ojalá no fuera tan evidente, pero ella no es una dama dispuesta a ocultar el afecto que le profesa a su objeto de deseo, aun contraviniendo las reglas del decoro.

No tengo motivos para pensar que eso vaya a cambiar ahora, incluso en presencia de personas que no tienen lazos tan íntimos con mi familia.

–Le pido disculpas, señor –me apresuré a responder–.

He hablado con brusquedad cuando mi intención era hablar con ligereza.

Como extranjera que soy en Scargrave, tendría que haberme mordido la lengua.

Así y todo, es imposible estar con una familia sin hacer comentarios desacertados alguna que otra vez, aunque no sean esas las intenciones.

El teniente se pasó una mano enguantada por el cabello, con el rostro marcado por la desazón.

–Lo que sucede es que ha sacado usted un tema que estoy tratando de evitar a toda costa.

Me parece que mi reacción ha sido algo exagerada.

El mayor deseo de Madame Delahoussaye es desposar a su hija con mi primo Fitzroy, cuya fortuna quizá supere la de Fanny, pero la conocida indiferencia de lord Scargrave ha jugado en su contra, de modo que la señorita Fanny busca halagos en otro lado.