Jane Austen y el incómodo incidente en Scargrave Manor Capítulo 7 Quien se pica ajos come #3
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Capítulo 7 Quien se pica ajos come #3

«Me ha puesto al límite, y sé lo que tengo que hacer», había gritado George Hearst, o algo por el estilo.

Todo esto podría dar para mucho, si es que se confirma que el conde ha sido asesinado.

Pero, a pesar de que había tratado de interrogarlo yo misma, no tenía ni la menor idea de qué asuntos se traía el señor Hearst entre manos.

El sacerdocio, tal vez, o peor aún: dinero, pues la falta de recursos, así como la presión de nuestras obligaciones, nos pone a todos al límite.

Yo misma tendría varias cosas que decir sobre este argumento.

Pero recuerdo a la perfección que el señor Hearst mencionó a una mujer esa noche.

¿Ruby? No, tenía nombre de flor. ¿Rosamund? ¡Rosie! Habló de una tal Rosie.

Debo esforzarme por descubrir más información acerca de Rosie, para comparar la hondura de la rabia que se había apoderado del señor Hearst en la discusión con la franqueza que había demostrado durante nuestro paseo por las tierras.

Mientras permanecía así sentada, absorta en mis pensamientos, oí unos pasos que avanzaban con rapidez por la nieve y, al alzar la mirada, me encontré con el teniente Hearst, cuyo elegante uniforme azul resultaba de lejos lo más colorido en esta escena gris.

–Al fin la encuentro –gritó, acercándose a mi asiento con ánimo–.

Temía que hubiera vuelto a Bath por la mañana, pero mi corazón se alegra de que no nos haya abandonado por el momento.

–Me observó con detenimiento, dejando a un lado las bromas–.

Pero, señorita Austen, parece que ha visto usted un fantasma…

–¿Se ha puesto toda la familia en mi contra? –mascullé con enfado, y me levanté, sacudiéndome la falda–. ¿No puede una mujer pasar una noche en vela sin alarmar a todos sus conocidos?

En el rostro agraciado de Tom Hearst se manifestó enseguida el remordimiento.

–Le pido disculpas –se apresuró a decir–. No pretendía contrariarla.

–Oh, teniente…, la que le pide disculpas soy yo –dije, recobrando la compostura–. Una de las consecuencias, no hay duda, de la falta de descanso es que se reduce el civismo.

–Así pues, es cierto que ha pasado una mala noche.

–Es por el primer conde –respondí, tratando de bromear–. En mis sueños, se pasea por el suelo de madera, llorando por el difunto conde Scargrave.

En vez de reírse, como yo esperaba, Tom Hearst parecía pensativo.

–Ojalá pudiera creer que está usted bromeando –dijo con seriedad, sosteniéndome la mirada–, pero yo lo vi una vez, cuando no era más que un niño, antes de que mi querida madre falleciera.

Me temo que en esta casa no es posible tener dulces sueños.

–Entonces, se dio una palmada en el muslo y recuperó su sonrisa de siempre–.

Venga a pasear un rato a lomos de lady Bess. Le sentará bien cabalgar.

–Verá, yo no soy amazona –dije con una sonrisa–. Mi padre carecía de recursos para proporcionarnos monturas cuando éramos pequeñas y he de admitir que siento cierta renuencia ante la idea de aprender a mi avanzada edad.

–¡Patrañas! –El teniente me colocó con firmeza el brazo por debajo del suyo y me condujo de vuelta hacia el sendero–.

Haré todo lo que esté en mi mano para que disfrute de la experiencia, señorita Austen, y para que aprenda a confiar tanto en mí que jamás volverá a negarme nada de ahora en adelante.

–¿Le han enseñado a temer el rechazo de las damas jóvenes, teniente? –pregunté con picardía.

No se puede negar que tiene un sentido del humor de lo más satírico:

–Me han enseñado tan bien, señorita Austen, que bajo ningún concepto trato de conseguir yo lo que no tengo claro que desee –respondió–; de ahí que a ciertas damas jóvenes…

–y, con estas palabras, alzó la mirada hacia la ventana de la segunda planta donde se vislumbraba con claridad el perfil de Fanny Delahoussaye, inclinada sobre su labor– les parezca que nunca me decidiré a pedirles nada.

Lady Bess resultó ser una yegua dócil, y cuando la sacaban de paseo, caminaba con tanta delicadeza que yo no tenía motivos para temer caerme de la silla.

El teniente Hearst, durante un tiempo, caminó delante de mí, agarrando la brida, al tiempo que su propio caballo bufaba con alegría a mi lado, pero, al cabo de un rato, le pareció buena idea hacer un descanso junto a los setos para conversar, y yo con mucho gusto me apeé de lady Bess mientras esta escarbaba la nieve.

Fue una escena incómoda: yo tenía las manos ocupadas tratando de mantener el equilibrio sobre la silla; el teniente me aferró de la cintura y, con un gesto abrupto, me bajó al suelo.

Un profundo sonrojo me coloreó la cara por haberme acercado tanto al pecho de su chaqueta, pero Tom Hearst no pareció inmutarse.

–A ver, a ver, señorita Austen –bromeó, sin soltar las manos de mi cintura–, una joven dama con su experiencia y perspicacia no puede ser del todo ajena a los brazos de un caballero.

–Lo que dice es un imposible para una dama soltera de mi condición, teniente –rebatí con firmeza, y me moví para tratar de soltarme de esos ofensivos brazos.

Para mi mortificación, me aferró con más fuerza, y al descaro de su postura se sumó la vergüenza que me embargaba.

Me vi obligada a agarrarle las manos enguantadas para recuperar la libertad, y la imagen que debíamos de estar dando solo hizo que me ruborizara más.

El teniente se rio con ganas y me soltó, pero yo no le veía la gracia por ningún lado a su afrenta–.

¿Ha sido Fanny Delahoussaye quien le ha enseñado a comportarse con tan poca delicadeza, teniente?

¿O es usted el que la instruye a ella en sus paseos por la nieve?

Me di la vuelta sobre los talones, dispuesta a dejarlo plantado, enfurecida como estaba, pero me alcanzó en cuestión de segundos, sosteniendo las riendas de los caballos, y se disculpó con toda la galantería posible:

–He de confesar que soy un hombre burdo, señorita Austen –admitió–.

Pasar buena parte de mi vida entre los soldados de la guarnición me ha convertido en un grosero que nada sabe de la caballerosidad.

Usted, que tiene hermanos en la Marina, ha de reconocer que se nos presentan muy pocas oportunidades para ejercitar nuestro civismo.

En su compañía, si acaso, aprenderé a comportarme mejor que en la de la señorita Fanny.

–No creo que vaya a disponer de otra oportunidad para gozar de mi compañía, teniente –dije, negándome a devolverle la mirada y acelerando el paso.

–¡Señorita Austen! –dijo, deteniendo los caballos en mitad del campo–, ¿a qué viene tanta crueldad?

¿De verdad que mi pequeña falta se merece una reprobación como esta?

¿Y no es usted responsable en parte? ¡Yo no me habría visto en la tentación si el invierno no realzara el encanto de sus mejillas de esta manera, si no despertara ese fulgor en sus ojos y, en general, si no le otorgara toda esta belleza!

–Me temo que se deja llevar por la tentación con demasiada frecuencia, teniente –dije, pensando en Fanny Delahoussaye; el afecto de Tom Hearst poco puede saber de la constancia si juega con ella con la misma ociosidad con la que acababa de jugar conmigo.

–Le pido perdón –dijo con sinceridad, arrodillándose en la nieve–; su corazón no puede negarse a concedérmelo; no es tan duro. No pretendía deshonrar su virtud; si acaso, señorita Austen, lo que pretendía era honrar sus encantos.

Lo cierto era que estaba encantador, con la cabeza de pelo rizo alzada en señal de súplica; su uniforme era una pincelada más oscura que la tonalidad color castaño de los caballos.

Mientras lo contemplaba, lady Bess exhaló una nube de vaho y rozó el hombro de Tom Hearst con el hocico; este desvió la mirada y acarició a la yegua con cariño.

–Lady Bess le pide de mi parte que me disculpe –prosiguió con voz compungida–. Y, a cambio, yo juraré que no volveré a importunarla.

No está en mi naturaleza guardar las distancias por remilgada. La sinceridad del teniente me recordó a mi querido hermano Frank, por quien no dejaba de preocuparme; así pues, relajé la postura y me acerqué a su lado.

–Por favor, levántese, teniente –le dije–. La nieve le va a estropear los pantalones.

–Y las rodillas –dijo, reincorporándose de un salto–.

Mi ordenanza aprovechará para degollarme por la mañana, cuando yo no pueda salir de la cama de lo agarrotado que tendré el cuerpo.

Pero no debería hablar de algo así en presencia de una dama.

¿Dónde queda la educación? ¿Me hará el favor de acompañarme de vuelta a la casa, señorita Austen, y de enseñarme los buenos modales que la señorita Fanny es incapaz de enseñarme?

–Acepto acompañarle, teniente, con una condición.

–Lo que usted diga, querida dama.

–Que me instruirá en el arte de montar a caballo en lo que dure mi estancia en la mansión –dije, para recompensarlo por su arrepentimiento–. Me gusta lady Bess, y hacer ejercicio me vendrá bien.

–¡Maravilloso! –exclamó Tom Hearst, dándose una palmada en el muslo–. Y a mí me vendrá bien que me amaestre.

–Cambiemos de tema.

–Muy bien. Aunque desconozco de qué otra cosa podríamos hablar. Todos los temas de conversación están vetados. Si habláramos de nuestros conocidos aquí en Scargrave, acabaríamos mencionando la muerte, y me niego a dejarme llevar por la melancolía en compañía de una mujer tan encantadora como usted.

–¡Teniente!

–¿Qué? ¿Acaso no puedo ni hacerle un cumplido? –Se detuvo, como si estuviera atónito–. ¿No he de alabar todo lo que tengo ante mí? ¡Señorita Austen! ¡Su crueldad no tiene fin! ¡Me induce a conmoverme, para luego recriminarme por expresar lo que siento!

Estoy en condiciones, me parece, de decir que no soy una ilusa.

He visto mi rostro y mi complexión en el espejo estos últimos veintiséis…

, no…, veintisiete años, y ni lo uno ni lo otro enloquecerían a ningún hombre joven.

O Tom Hearst se aburre mucho en Scargrave y me ve como una suerte de entretenimiento o espera llenarme la cabeza de halagos por un motivo que sigo sin entender.