Capítulo 7 Quien se pica ajos come #2
El señor Hearst no respondió de inmediato a esta última ocurrencia, como si estuviera cavilando al respecto. Al fin, no obstante, con una mirada de soslayo de sus ojos vacíos, dijo lo siguiente:
–El aborrecimiento quizá sea una emoción demasiado fuerte. Pero en mi pecho, al menos, es cierto que el conde generaba sentimientos nocivos.
–¿Discutía usted con su tío, señor Hearst?
–inquirí con descaro, aunque, en realidad, no esperaba que fuera a responderme; si de verdad había conspirado contra el conde, era muy poco probable que fuera a admitirlo, y, por ende, debía refutar la mera idea de que existiera cierta discordia entre ellos.
–A los veintisiete años, señorita Austen, soy tal y como me ve –respondió, deteniéndose delante de las escaleras de la mansión–: un incompetente para la profesión que me ha tocado ejercer por obligación, con sueños frustrados y rencoroso con los que tienen más suerte que yo.
Por supuesto que discutía con mi tío. ¿Por qué otro motivo su muerte despertaría tanto arrepentimiento en mí?
Siempre es así: encontramos las palabras adecuadas para hablar justo cuando perdemos toda oportunidad de pronunciarlas.
Un arrebato de franqueza inusual, si acaso, pero un paseo solitario en la nieve invernal a veces invita a uno a sincerarse de esta manera. Cuando menos, la falta de interés del señor Hearst por disimular parecía sugerir que este caballero no veía utilidad alguna en los embustes.
–Lo lamento mucho por usted, señor Hearst –dije despacio–. Yo también sé lo que se siente al codiciar un estilo de vida que mis recursos me impiden alcanzar. Pero cabe la posibilidad de que el conde cambiara de opinión y dispusiera en su testamento que usted se entregue a la vida clerical.
–Puede ser –dijo el señor Hearst, devolviendo la mirada hacia el camino que llevaba a su residencia–, pero prefiero no tener esperanzas.
Lo más probable es que le haya dejado a Tom más dinero para que lo malgaste en los infiernos de apuestas.
24 Mi tío era tan ciego a la hora de recompensar como a la de castigar.
Acto seguido, reprimió el rencor que le había incitado a pronunciar aquellas palabras y me dedicó una mirada penetrante, como si no se hubiera dado cuenta hasta entonces de que se había sincerado con una dama y una perfecta desconocida.
Luego, recobrando la compostura, o eso parecía, el señor Hearst se despidió de mí y emprendió la marcha fatigosamente en dirección a su pequeña casa.
Un caballero curioso, este futuro eclesiástico.
Tan solo se asemeja a su hermano, el teniente, en un aspecto: los dos son propensos a decir más de lo que aconsejaría la discreción, pero no lo suficiente, en este caso, para mis intereses.
Pues, si bien había descubierto muchas cosas acerca de la antipatía del señor Hearst para con su tío, seguía sin saber nada acerca de una discusión en concreto: la de la noche de la muerte del conde, en su biblioteca.
No me apetecía regresar a las sombrías habitaciones de la mansión, de modo que, con o sin nieve, me adentré en el jardín, donde todavía quedaba un leve manto, y me alejé un poco de la parte trasera de la casa, con la intención de reordenar mis pensamientos.
Los jardineros de Scargrave se me habían adelantado; habían limpiado una especie de camino a lo largo de los anchos senderos y explanadas.
El día que había amanecido con una tormenta ahora recibía la bendición de la fina luz del sol; las largas sombras azuladas de la tarde avanzaban por delante de mí como alegres espectros del pasado verano, danzando por los parterres de flores marchitas y los rígidos robustos hasta caer a los pies de una ninfa de piedra, cuya cascada de agua permanecía congelada en el jarrón que sostenía.
Así y todo, el resplandeciente paisaje de invierno no pudo levantarme el ánimo, pues temía inevitablemente que fueran a caer más desgracias sobre los residentes de Scargrave.
Escogí un banco de piedra de donde habían retirado la nieve, si bien lo notaba congelado bajo las posaderas, y me arrebujé en la pelliza para cavilar acerca de todo lo acontecido. En primer lugar, me centré en la entrevista con sir William.
No dejaba de desconcertarme que la doncella Marguerite no viera en la coyuntura una oportunidad para ganar dinero, pues, si descartaba los motivos mercenarios, me quedaban tan solo dos opciones: el deseo de herir fatalmente a su señora y a Fitzroy Payne o un intento honesto por destapar un asesinato.
Ninguna de las dos auguraba nada bueno. Si la primera resultaba ser la motivación de Marguerite, quería decir que algo terrible le había sucedido a la sirvienta que Isobel tendría que confesar.
O tal vez esta era inocente y el verdadero culpable era Payne.
¿Era el serio y joven conde la clase de hombre que coqueteaba con la doncella de una dama sin darle más importancia que a un paseo por la mañana acompañado de los perros sabuesos?
Muchas mujeres habían tratado de ponerles la soga al cuello a los hombres a quienes amaban en vano u odiaban por una causa justificada, ya estuviera ese cuello por encima de su posición social o no.
Cuando pensaba en Fitzroy Payne, sin embargo, era incapaz de imaginármelo haciendo tanto daño.
Lo que he visto de la conducta del caballero es irreprochable.
Jamás pierde los estribos, a pesar de la necedad de sus allegados; sus palabras no dejan entrever otra cosa que no sea un buen entendimiento y sensatez.
En general, Fitzroy Payne es tan ajeno a todo lo que resulta vulgar en la naturaleza humana que lo consideraría culpable de la más burda hipocresía si descubriera que, en realidad, es amante del vicio.
Pero, sea como fuere, es mi deber descubrir si en verdad lo es.
Marguerite, desde luego, tendría buenos motivos para importunar a Isobel si sentía que Payne se había aprovechado de ella.
¿Y si la motivación de la doncella no es otra que sacar a la luz un asesinato?
Solo un propósito tan imperioso como este justificaría que una muchacha de Barbados abandonara el amparo de Scargrave en pleno invierno en Inglaterra.
Si esta es la fuerza que la instiga, no se puede negar que de verdad está convencida de que se ha cometido tal delito.
De ser así, resulta evidente que Marguerite cree que Frederick murió a manos de su esposa, compinchada, a su vez, con Payne, y que escribió sus cartas anónimas llevada por la más pura de las intenciones.
Si lo que desea la doncella es dejar en evidencia a Isobel, en lugar de chantajearla, la fe que le profeso a mi amiga podría verse profundamente afectada.
Pero yo no me tomo la amistad a la ligera.
Marguerite tiene que estar equivocada, por muy convencida que esté de que tiene razón, y mi objetivo, a partir de ahora, debe ser dar con el asesino.
Levanté la cabeza e inspiré el aire de invierno, maravillándome con la capacidad que tenía para aclararme la mente.
La resolución del problema de Isobel me pareció, en aquel instante, cuestión de horas.
Hundí más las manos en mi manguito, para calentarlas mejor, y volví a sumirme en mis pensamientos.
Si no es Fitzroy Payne, si no es Isobel, entonces, ¿quién? El villano tiene que ser un íntimo de la casa y es poco probable que se trate de alguien del servicio; otro miembro de la familia o lord Harold eran las únicas opciones que me quedaban.
A Harold Trowbridge podría encasillarlo con total facilidad en el papel de asesino.
Tenía la determinación, la crueldad y la motivación necesarias, pues el conde se había interpuesto entre él y su objetivo, de todos conocido; a saber, la adquisición –por una miseria– de las tierras de Isobel en las Indias Occidentales.
Para evitar que Trowbridge se adueñara de lo que era suyo por derecho de nacimiento, la condesa había apelado a la protección de su marido; por lo que parece, el difunto conde estaba decidido a hacer todo lo que estuviera en su mano para resolver sus problemas financieros.
A favor de las sospechas que caían sobre lord Harold, no me pasaba desapercibido que Frederick había fallecido la misma noche en la que llegó Trowbridge a Scargrave, la misma noche en la que llamaron al caballero a la biblioteca del conde para una reunión sobre la que no había trascendido información.
¿Trowbridge se habría sentido tan contrariado hasta el punto de envenenar el vino del conde, que el pobre Frederick se había terminado instantes antes de que se apoderara de él esa indisposición letal?
Así las cosas, debía recordarme a mí misma que no tenía pruebas de que Trowbridge llegara a reunirse con el conde la noche del baile; la entrevista que escuché a hurtadillas fue entre el conde y el señor George Hearst. Tampoco podía afirmar que Trowbridge estuviese en posesión de veneno alguno ni de que lo hubiera suministrado.
Además, no parecía la clase de hombre que dejase escapar nada que pudiera perjudicarle.
Para ser justa con el canalla, debía analizar con la misma prontitud las motivaciones de los demás.
En cuestión de segundos, pasé a la supuesta entrevista que se había desarrollado en la biblioteca del conde a la que había escuchado a hurtadillas en carne y hueso, una entrevista caracterizada, como podían atestiguar mis propios oídos, por cierta agresividad.
George Hearst no se había despedido de su tío de forma amistosa.
En efecto, resultaba evidente que el sobrino resentido había buscado el apoyo de Frederick en alguna cuestión y, puesto que no lo había obtenido, se había enfurecido.