Jane Austen y el incómodo incidente en Scargrave Manor Capítulo 7 Quien se pica ajos come
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Capítulo 7 Quien se pica ajos come

Quien se pica ajos come

Me despedí de Fetters, el criado, con un gesto de la cabeza y crucé las pesadas puertas de madera de roble que él había abierto para dejarme paso; entonces, me sentí ingrávida, como una sombra en la luz pálida de este sol de invierno.

Soplaba un aire frío y estimulante, que portaba consigo un olor mordaz a nieve; volvería a nevar por la noche, calculé entonces.

Inhalé hondo y noté que se deshacía la presión que sentía en el pecho; se me relajó la vista y el latido que me martilleaba las sienes desde hacía varias horas comenzó a ralentizarse.

El mundo, por muy lóbrego que me haya parecido estas últimas semanas, debe de estar fundado en el ideal de la bondad, si acaso es cierto que con pasar unos pocos instantes en compañía de la madre naturaleza es suficiente para recuperar la salud y el ánimo.

Dejé la mansión a mis espaldas y, como deambular sin una dirección concreta no tiene nada de placentero, me puse Scargrave Cottage como meta, aunque no era mi intención importunar a sus residentes, los Hearst; lo que anhelaba era cierta soledad, para así reflexionar con total comodidad acerca de la trascendencia de la última carta de la doncella Marguerite.

Pero, nada más pensar en ellos, vislumbré una solitaria figura de color negro en la lejanía, prácticamente indiscernible entre la hilera de árboles, un poco más oscuros, que flanqueaban el camino.

¡Era el señor Hearst en persona, en pleno paseo!

Me tambaleé y traté de discernir sus facciones, pero agachaba la cabeza, pensativo, y sus rasgos permanecían en las sombras.

¿Debería dar media vuelta o tratar de entablar conversación con el caballero?

Poco me atraía esta última opción. No obstante, recordé el aspecto solemne de sir William antes de marcharse y reflexioné, una vez más, acerca de la desdicha de Isobel; dos pensamientos que hicieron que apurara el paso.

Si es cierto que el conde se enfrentó a una muerte violenta, todos los que se encuentren entre las paredes de la mansión pasan a ser sospechosos, y el señor Hearst, de hecho, había discutido con su tío la misma noche de la muerte prematura del caballero.

Desde luego, en aquel momento se había desembarazado de su decaimiento habitual, pues algo semejante a la pasión había impulsado los dardos mordaces que le lanzaba al conde.

Las zancadas del coadjutor en ciernes eran mucho más largas que las mías y, puesto que el camino estaba plagado de barro y nieve derretida, a duras penas conseguía abrirme paso.

De modo que, dejando a un lado el recato, me levanté la falda y me dirigí a paso ligero en la dirección del señor Hearst. Cuando me acerqué al caballero, el sonido de mis torpes pasos sobre las piedras lo alertó de mi presencia y se volvió hacia mí no sin desconcierto.

–¡Señorita Austen! –gritó–. No sabía que fuera usted amante de las caminatas.

–De hecho, señor, es mi pasatiempo preferido. Como también parece ser su caso.

Se quitó el sombrero, hizo una reverencia y desanduvo el camino para acompañarme en dirección a la mansión.

–Sienta bien, de esto no hay duda, tanto para la mente como para el cuerpo. En especial en esta época del año, en la que uno se ve obligado con tanta frecuencia a permanecer encerrado dentro de casa. Me temo que pasar tanto tiempo sentado perjudica mi estado de ánimo.

–¿Acaso no sale a cabalgar, al igual que su hermano?

–Me he dado cuenta, señorita Austen, de que las pasiones de mi hermano lo llevan a buscar la perfección en todo lo que se propone. De modo que yo no me interpongo en su camino, sea cual sea la actividad en la que desee destacar; no quisiera tratar de emularlo y sufrir por las comparaciones.

A esto lo siguió un silencio, y busqué la manera de sacar a colación la discusión que había tenido el señor Hearst con el conde.

¿Cómo abordar esta cuestión con tacto y decoro?

¡Imposible! Daría una mala imagen: parecería una cotilla maliciosa.

Pero ¿qué importancia tiene verse en la obligación de rebajarse en comparación con preservar la paz de espíritu de Isobel? Ninguna.

–¿Y destina usted la misma pasión, señor Hearst, a hacer todo lo que aborrece su hermano? Al menos en una ocasión, le oí enzarzarse en una discusión acalorada.

Me temo que mis palabras eran demasiado ambiguas y, en vez de responder a mi insinuación, se limitó a aprovechar la coyuntura para diferenciarse del teniente.

–Hasta ahora el ejemplo de mi hermano me ha servido, señorita Austen, para aprender que uno ha de prescindir de la pasión en todo lo que haga.

A menudo es el camino de la perdición para una mente recta.

Lo más aconsejable es afrontarse a todo lo que se pueda en esta vida con honradez y discreción.

La razón es mi herramienta predilecta; el ardor, la de mi hermano.

–Le admiro, señor, aunque me inclino a pensar que una mezcla juiciosa de ambas cosas es la mejor garantía para la felicidad.

Se limitó a asentir, al parecer distraído con otros pensamientos, y me dejó igual de desesperada que antes por entablar conversación. Proseguimos la marcha en silencio unos instantes, pero, al ver la gran fachada de Scargrave en las proximidades, me obligué a intervenir:

–Supongo que la muerte del conde no ha hecho sino incrementar el atractivo de las actividades al aire libre –comenté–, pues sentarse junto a la chimenea encendida para reflexionar sobre su repentino abandono de esta vida difícilmente podría beneficiar a nadie.

–Así es –contestó el señor Hearst, con los ojos fijos en el camino enlodado a nuestros pies.

–Imagino que usted le profesaba un profundo afecto –insistí yo.

Al ver que ponía cara de sorpresa, añadí con torpeza–: Es que no he tenido muchas oportunidades de estudiar la personalidad de su ilustrísima, ya que la condesa acababa de casarse y la vida del conde ha concluido justo cuando yo entraba en ella.

–¿Y le gusta estudiar la personalidad de los demás, señorita Austen? –inquirió el señor Hearst, evitando responder a mi pregunta.

–¡Oh! ¡Pues claro que sí! –exclamé, con más entusiasmo del que en realidad sentía–. ¿Acaso hay algo que valga más la pena estudiar?

–Tal y como yo lo veo, pocas cosas hay menos interesantes que observar. La personalidad de un hombre solo puede llevar a la decepción, creo yo; cuanto más sepa uno de los demás, menos razones tendrá para admirarlos… o para admirarse a sí mismo.

–Pero ¡señor Hearst! ¡Me deja usted atónita! ¿Le parece una actitud apropiada para un hombre de la Iglesia? Debe cambiar de parecer, si es que de verdad desea ordenarse sacerdote.

–Al contrario, quizá sea la opinión negativa que tengo del prójimo lo que me anima a acercarme al cielo, señorita Austen.

–Imagino que tiene usted razón –contesté–, pues su desprecio por la condición humana no le deja alternativa.

Pero de nada valdrá para mejorar la suerte de sus feligreses.

Como hija de clérigo que soy, no puedo dejar de recomendarle que se decante por la soledad del claustro, señor Hearst, en lugar del púlpito, el cual, por muy alto que sea, no le salvará del desapego de su rebaño, si es que no pretende ofrecerle otra cosa que no sea su desprecio.

–¿No me considera apto para el cargo? –inquirió con una mirada ansiosa.

En vez de darle el golpe de gracia, me refugié en la hipocresía propia de una dama.

–Nunca se me ocurriría juzgar la ambición de un caballero –respondí, circunspecta.

El señor Hearst pareció vacilar, como si se estuviera debatiendo consigo mismo, y, entonces, se detuvo en el camino para centrarse en mí de lleno.

–Con eso creo que ha respondido a mi pregunta, aunque no es la respuesta que esperaba escuchar, pues, si de verdad creyera fervientemente que soy un buen candidato para unirme a la Iglesia, considero que se habría precipitado a afirmarlo.

Me temo que mi tío pensaba lo mismo que usted, señorita Austen: me dijo que sería un clérigo lamentable.

No quería oír hablar del sacerdocio y me presionaba para que me dedicara a la agricultura.

–¿Su ilustrísima coartó hasta tal punto su libertad?

–Así es –contestó el señor Hearst–. Mi tío creía que yo carecía de los atributos esenciales para ser sacerdote.

–¿Qué atributos son esos, según el conde?

–Obediencia. Humildad. El conde creía que soy demasiado orgulloso, señorita Austen, para la vida que me ha tocado. Aunque desconozco cómo podría yo cambiar algo así…

Al llegar aquí, dejó de hablar y lanzó una mirada alrededor de las tierras de Scargrave.

Sin embargo, yo entendí a qué se refería perfectamente.

Era de alta alcurnia –su madre era hija de un conde–, pero carecía de unos ingresos que le permitieran llevar el nivel de vida que se esperaba de él por la familia a la que pertenecía.

Mientras permaneciese en Scargrave Cottage, le sería imposible alcanzar la libertad, tanto en lo referente a su fuerza de voluntad como a su independencia financiera, pero, por otro lado, ¿cómo podría él marcharse, teniendo tan pocos recursos?

El orgullo, efectivamente, era lo único que le quedaba a un hombre como él.

–De modo que dependía usted de los antojos del conde –dije, mientras seguíamos caminando despacio; quedaba muy poco de camino y, si deseaba descubrir algo que fuera a serme de utilidad, debía ejercer más presión.

–Para la tranquilidad del conde, así era y así sigue siendo –contestó el señor Hearst con pesar–.

Todo lo que poseo yo en este mundo se lo debo a su generosidad.

Si deseaba que yo me convirtiera en el capataz de sus tierras, en el capataz debía convertirme, por muy poco preparado que estuviese para la tarea.

–Qué mala suerte tenía el conde –reflexioné– por ejercer tanta influencia en la felicidad o en la desgracia de los demás. Sus seres más queridos debían de aborrecerlo por ello.