Jane Austen y el incómodo incidente en Scargrave Manor Capítulo 6 El ángel oscuro #3
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Capítulo 6 El ángel oscuro #3

He estado en la casa de los Scargrave y quisiera hablarle de la maldad que habita en su interior.

No lo hago por benefisio personal, sino para que se haga «justice» con el pobre difunto.

Milord fue asesinado con beneno a manos del lord de pelo cano, cumpliendo los deseos de milady.

Lo he dicho por amor a Dios. Confío en la bondad y profesionalidad de usted.

Tal y como nos había adelantado sir William, la misiva no estaba firmada, y, por cierto, no exigía dinero a cambio de su silencio, un detalle desafortunado, teniendo en cuenta lo que yo había aseverado la tarde anterior.

–El lord de pelo cano –murmuró Isobel, llevándose un pañuelo con sus iniciales bordadas a los labios; en comparación con el negro oscuro de su ropa de viuda, su piel estaba tan pálida que casi parecía traslúcida–. Puede referirse tanto a Fitzroy como a Trowbridge.

–Así es. –Sir William se mostraba serio y no había rastro del buen humor que yo estaba acostumbrada a ver en su rostro afable–. He de confesar, milady , que estoy atónito. ¿Cómo se explica la insistencia de esta muchacha, quien, al parecer, no busca beneficio personal?

Isobel y yo compartimos una mirada rápida. La condesa tragó saliva y bajó la mirada.

–No sabía que me odiaba tanto. He debido de ofenderla de algún modo, sir William, aunque, desde luego, ha sido sin querer, pues solo el dolor y el rencor son capaces de una maldad como esta.

Se hizo el silencio mientras sir William contemplaba la apariencia demacrada de mi amiga.

Lamenté, de pronto, no tener a mano mi labor, que, para una dama, es toda una aliada en aquellos momentos en los que la ansiedad amenaza con adueñarse de sus manos ociosas.

Entrelacé los dedos de las manos sobre el regazo para tratar de guardar la compostura.

–¿Cuánto tiempo llevaba a su servicio, milady ? –inquirió el magistrado.

–Cuando Marguerite entró a trabajar a mi servicio, venía de la hacienda de mi tía Delahoussaye en Barbados. Yo tenía diecisiete y la doncella, tres años menos. –Isobel hizo un rápido cálculo mental–. Diría que unos cinco años.

–¿Y siempre han tenido una relación cordial?

–Siempre, o, al menos, hasta que llegamos a Inglaterra. Hará ahora unos dieciocho meses.

Sir William comenzó a pasear por la estancia, para ordenar sus pensamientos, pero su actitud recordaba en exceso a la de un abogado en el tribunal, interrogando a un testigo renuente.

–Así pues, ¿Marguerite viajó con usted desde las Indias? –la urgió.

–Efectivamente –respondió Isobel, siguiendo sus pasos sobre la alfombra–.

Jamás se me ocurriría emprender un viaje como ese, sir William, sin una doncella.

Fue la única persona de todo el servicio a la que me permití mantener, pues los demás fueron despedidos, con la excepción de unos pocos que permanecieron al servicio de mi capataz.

–¿Y la doncella estaba de acuerdo con que usted se la quedase de esa manera?

–Yo daba por sentado que sí. –Isobel toqueteó el fino linón suizo de su pañuelo, arrugándolo hasta formar una bola–.

¿Cómo puede hacer una para descubrir los verdaderos sentimientos de sus sirvientes?

He de confesar que la actitud que está demostrando me ha dejado desconcertada, lo cual solo puede significar que no la conocía de verdad.

–Mi amiga hizo una pausa, como sumida en sus pensamientos, y, entonces, desvió la mirada con cierta renuencia hacia el semblante cauto de sir William–.

Pero, haciendo memoria de su comportamiento estos últimos meses, he de decir que parecía desdichada.

Añoraba el clima de su tierra, si acaso a causa del frío que hace en Inglaterra, y, por ejemplo, al igual que yo, nunca había visto nevar hasta entonces, pero ahí donde yo veía maravillas, ella veía anomalías que la desconsolaban.

Puedo asegurar, sin ningún género de dudas, que todo esto le sentó mal, por ser todo tan contrario a lo que ella consideraba natural y familiar.

Se volvió bastante desconfiada y parecía padecer de los nervios; se sobresaltaba con cualquier sonido y se empeñaba en aborrecer lo que, en el fondo, no suponía una amenaza para ella.

–¿Como lord Scargrave, tal vez? –No desaprovechó la oportunidad sir William.

–A mi marido no le profesaba otra cosa que no fuera respeto.

–Me refería al actual lord Scargrave, antes conocido como vizconde Payne –dijo el magistrado con cautela.

Isobel se sonrojó, sobresaltada, y se le cayó el pañuelo al suelo.

–Ha dado usted en el clavo, sir William. Mi sobrino no le caía en gracia, algo que yo achaco a que le hayan salido canas a una edad tan temprana. Marguerite veía en ello la mano del diablo. No soportaba quedarse a solas con él en la misma habitación.

–Qué muchacha tan curiosa –murmuró sir William, y me miró: leí sus intenciones en sus ojos.

Esperaba que no se atreviera a preguntarle a Isobel por la verdadera naturaleza de su relación con Fitzroy Payne–.

Lady Scargrave –empezó a decir, pero, entonces, se detuvo, como si se estuviera debatiendo consigo mismo–.

¿Tiene usted motivos para creer que la muerte de su marido no es lo que aparenta?

–Ninguno –dijo Isobel, alzando el mentón y devolviéndole la mirada al magistrado con sus hermosos ojos marrones.

–Me lo dice sabiendo que yo no la acuso, de ninguna de las maneras, de estar implicada en lo sucedido.

–Sé que usted no lo creería posible, señor, de la misma manera que yo me niego a creer que ningún residente de esta casa, ya se trate de un sirviente o de un pariente, haya sido capaz de algo tan monstruoso.

Sir William soltó un suspiro entrecortado y se volvió de espaldas a la condesa, frunciendo el ceño y con las manos juntas por detrás de la espalda. Volvió a recorrer toda la habitación antes de responder lo siguiente:

– Milady –dijo, dándose la vuelta hacia nosotras con un ademán muy propio de un abogado–, desconozco qué es lo que deberíamos hacer.

No hay ni rastro de la muchacha y su difamación, por lo que parece, va destinada a un único espectador: mi persona.

Su reputación permanece a salvo en las inmediaciones de esta casa.

–Pero ¿durante cuánto tiempo seguirá aguantándose la doncella? –intervine yo, y sir William enarcó una ceja.

–En el escrito no dice nada, mi querida señorita Austen, de que vaya a enviar más cartas. Sugiero no hacer nada por el momento, más allá de perseverar en su búsqueda y rezar a Dios para que su malicia caiga por su propio peso con el tiempo.

–Es usted muy bueno, sir William. –Isobel se levantó y le tendió la mano–. Dejo en sus manos mi bienestar.

–Mi querida Jane –dijo sir William con brusquedad, mientras lo acompañaba hasta su carruaje–, quisiera saber el nombre y el domicilio del médico de Londres. ¿No tendrá usted por casualidad estos datos?

–Se llamaba Philip Pettigrew –respondí yo– y, si no me equivoco, su consulta se ubica en la calle Sloane. Con lo que cobra, desde luego, se lo puede permitir.

–¡Excelente! ¡Excelente! Es usted una joya entre todas las mujeres, querida mía.

Y, para mi sorpresa, sir William se inclinó de repente y me besó la mano.

Y, así, se marchó, con una determinación y unas intenciones que prefirió guardarse para sí, pero que creo haber adivinado de todos modos.

21 . El estilo de Austen en este pasaje recuerda al impresionante morbo de las novelas góticas que cosechaban bastante popularidad en sus tiempos.

Autoras como Ann Radcliffe y Charlotte Smith escribían historias macabras para conmocionar y asustar a su público, en su mayoría mujeres.

Si bien Austen se burló en más de una ocasión de este tipo de literatura ( La abadía de Northanger no deja de ser, hasta cierto punto, una parodia de estas novelas), lo cierto es que la leía y, al menos esa noche, parece que se dejó influenciar por sus poderosas fantasías. ( N. de la E. ).