Jane Austen y el incómodo incidente en Scargrave Manor Capítulo 6 El ángel oscuro #2
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Capítulo 6 El ángel oscuro #2

La mayoría de los residentes de Scargrave se comportan en su presencia con una cordialidad distante, indicio de una profunda antipatía y del deseo de que se marchara, pero este es un ambiente que no parece importunar a lord Harold lo más mínimo.

Cualquiera diría que está disfrutando de unas vacaciones entre amigos y que no ha ocurrido ninguna desgracia, cuando, en realidad, no hace otra cosa que no sea revolotear como un cuervo negro sobre las cuestiones comprometidas y personales de la familia.

Yo, hasta ahora, había logrado eludir su compañía y me había regocijado de mi fuga, pero, esta mañana, él parecía no tener nada mejor que hacer e incluso parecía disfrutar de la incomodidad que me embargaba a mí por haberme quedado atrapada con él en la sala de estar.

Ya llevaba acomodada un cuarto de hora en el diván junto a la chimenea cuando abrió la puerta de par en par y, tras constatar con una rápida mirada que me encontraba a solas, se adentró con ánimo en la sala.

Yo lo saludé con un asentimiento que no denotaba sino indiferencia, y esperaba que, al verme tan concentrada en la aguja y al ser tan escueta en palabras, se marchara en cuestión de segundos.

Me incliné, por tanto, sobre mi labor, sin ver dónde se encontraba él dentro de la habitación ni qué estaba haciendo.

No obstante, mi estrategia no trajo nada bueno: dejando su libro sobre la mesita de la sala de estar de un golpe seco, lord Harold se desplomó en el diván a mi lado, e hizo como que estudiaba mi labor con ojos entornados, como haría un amante consumado con su gran amor.

Al cabo de unos segundos, incapaz de seguir soportando una pantomima tan insufrible como la suya, pero resuelta, pasara lo que pasara, a no cederle la habitación a un hombre como él, dejé a un lado mi labor y le dediqué una mirada amenazante.

Cualquier caballero que se precie se habría dado cuenta de su falta de recato y se habría apresurado a mostrarse solícito conmigo, pero lord Harold no era así.

–Es lo que pensaba –anunció, recostándose con frialdad y estirando las largas piernas sobre la alfombra de la chimenea–.

En el fondo, usted detesta algo tan insípido como la labor de las mujeres y la abandona en cuanto se le presenta la oportunidad.

¿Debería despreciarla, señorita Austen, por no poseer los mismos atributos que sus hermanas, o, al contrario, admirarla por demostrar lo insulso que es este pasatiempo?

–Le agradecería que se abstuviera de ofender a mi sexo y sus actividades, lord Harold –le respondí–, independientemente de si lo considera un honor o una injusticia.

Mejor, confiese que me ha incomodado que me observase usted en silencio tan de cerca y que invadiera mi privacidad y, entonces, quizá encuentre yo la manera de darle la razón.

–¿Tan difícil le parece que usted y yo nos pongamos de acuerdo, señorita Austen?

–Pienso, lord Harold, que nosotros dos siempre miramos en direcciones opuestas; tan diferentes e irreconciliables son nuestros intereses.

–¡Se ha formado usted una opinión muy sólida de mí pese a conocerme desde hace tan poco tiempo!

–Mis impresiones no mejorarán por mucho tiempo que pase.

Agarré mi falda y mi aguja, y cambié el diván por una silla algo alejada de lord Harold y, mucho me temo, también de la chimenea. Scargrave es una mansión en la que hay mucha corriente y la sala de estar está poco calentada.

–¡Señorita Austen! Si no supiera que es usted una mujer bondadosa y afable, cualquiera diría que quisiera que me marchara.

Para mi desgracia, cruzó la habitación detrás de mí y revoloteó por detrás del respaldo de mi asiento, con la intención, imagino, de seguir importunándome.

No tenía otro remedio: debía retirarme a mi habitación en la planta superior o sacar provecho de este purgatorio.

Lord Harold estaba en Scargrave por una única razón –para arrebatar de las manos de Isobel las tierras de Crosswinds– y el canalla no se merecía que le trataran con cortesía.

Lo que tenía que hacer, pues, era atacarlo de frente.

–Lo cierto es que me pregunto por qué ha tenido a bien pasar las navidades con la familia Scargrave, lord Harold –contesté–.

Un hombre de su estatus debe de tener muchas responsabilidades y sus amistades seguro que compiten entre sí para que usted acepte su invitación; pasar una temporada tan larga con unos pocos conocidos debe de ser, tratándose de usted, un honor de lo más peculiar.

–No dudo de que otros lo consideren peculiar –dijo, esbozando una tensa sonrisa–, pero, en este sentido, usted y yo somos iguales, señorita Austen, pues me he dado cuenta de que usted tiene tanta prisa como yo por volver a su casa con su familia.

–Me habría ido hace tiempo –respondí, buscando un poco de rojo entre mis telas de seda para preparar el pecho de un petirrojo–, de no ser por la condesa.

–¡Qué encantadora! Y qué curioso que yo me encuentre en la misma situación; de no ser por ella, me habría ido hace días.

Ojalá nuestros objetivos fueran igual de bondadosos, señorita Austen, pero, verá, no es posible.

Así pues, debemos enfrentarnos el uno al otro: usted, su ángel de luz, se enfrenta con firmeza a toda mi furia, el ángel oscuro.

Se acercó al fuego de la chimenea y se quedó observando su fulgor.

La luz parpadeante afilaba sus facciones y arrojaba sombras incluso más oscuras sobre sus ojos, de tal forma que su expresión se volvió, si es que es posible siquiera, más remota e inescrutable.

Mientras lo contemplaba, por primera vez sentí miedo de verdad.

–Me temo que no le entiendo, milord –me esforcé por contestar, centrándome en mi labor.

–Sospecho que me ha entendido perfectamente, señorita Austen –añadió él con un hilo de voz–, y he de confesar que me decepciona usted al rendirse en la conversación. No es digno ni de su perspicacia ni de su entendimiento.

–¿Qué sabrá usted de esto último, milord?

–Mucho, siempre que se me presenta la oportunidad de observarla. Pero usted tiene por costumbre salir corriendo cuando me acerco y se empeña en negarme la gracia de sus ocurrencias.

–Mírelo de esta forma, lord Harold, y le daré la razón: prefiero mejor compañía.

–¡Enhorabuena, señorita Austen! Me la ha devuelto. Ojalá la condesa de Scargrave fuera igual de diestra que usted cuando me lleva la contraria.

–Lord Harold –dije, haciendo acopio de valor–, desconozco todos los detalles de lo que usted y lady Scargrave se traen entre manos.

Es de esperar que siga ignorando asuntos tan delicados y espinosos como estos.

Pero quisiera preguntarle, milord, por qué no ceja usted en su empeño, si acaba de declarar que se ha puesto del lado del diablo.

Con todo lo que ha dicho, ¿no se siente obligado por el honor, por la moral, por todo el poder que ostenta como noble y como caballero, a desistir?

Como respuesta, echó la cabeza hacia atrás y soltó una carcajada, y, en ese instante, Cobblestone entró en escena, mi venerable salvador. Detrás del mayordomo se encontraban sir William Reynolds e Isobel.

–Lord Harold –lo saludó sir William, haciendo una reverencia en dirección a la chimenea–, señorita Austen. La condesa y yo quisiéramos hablar con usted a solas, mi querida Jane, de modo que he de pedirle a lord Harold que nos conceda un poco de intimidad.

–Creo que, en todo caso, ya he abusado lo suficiente de la paciencia de la señorita Austen –dijo Trowbridge, con una sonrisa burlona, y me hizo una profunda reverencia–. Ardo en deseos de volver a ponerla a prueba, cuando se me presente la oportunidad.

Y, con un gesto de asentimiento para sir William y una reverencia para Isobel, se marchó al salón, dejándome a mí sumida entre el alivio y la desazón.

–¡Nunca he conocido a un hombre más pendenciero! –exclamé cuando se fue–. Lo único que le divierte es atormentar y molestar a los demás, como un gato que juguetea con un pajarillo entre las patas antes de matarlo.

–Una imagen de lo más oportuna, mi querida Jane –murmuró Isobel, lanzando una mirada hacia la puerta por la que había desaparecido su enemigo–; yo sé muy bien que es así. Ojalá no hubieras tenido que soportarlo.

Agarré mi falda y mi labor, y di unas palmaditas en el asiento a mi lado.

–Si con eso conseguí alejarlo de tu puerta aunque fuera solo un rato, condesa, el aburrimiento habrá valido la pena.

–¿Acaso Trowbridge es un incordio, milady ? –inquirió sir William, como si la conversación que habíamos tenido a propósito de ese caballero ayer en el carruaje del magistrado nunca hubiera ocurrido.

Sir William permanecía en la puerta, aguardando, como era de esperar, a que Isobel tomara asiento antes de sentarse él; en su rostro anciano relucía la inocencia.

«Quiere saber hasta qué punto se fía la condesa de él», pensé.

Isobel le dedicó una leve sonrisa y se sentó a mi lado.

–Lord Harold no sabe ser otra cosa que no sea un incordio, sir William, pero me temo que tendremos que dejar ese chisme para otro día. En su carta se expresó usted con cierta urgencia. ¿Qué habrá podido llevarlo a abandonar la comodidad de su casa en una mañana de invierno como esta?

En los rasgos de sir William se manifestó cierta emoción antes de desintegrarse; la esperanza de escuchar las confidencias de Isobel, tal vez. Cruzó la estancia despacio, con una mano en el bolsillo y unos andares en los que me pareció ver reflejados los efectos de la gota.

–He recibido una carta anónima, milady –respondió, entregándole un trozo de papel a Isobel–, y, como no hay tiempo que perder para identificar al autor, he venido hasta aquí sin más dilación para que la lea.

Isobel la terminó en cuestión de segundos; acto seguido, me entregó a mí la carta y agaché la cabeza para leerla:

Saludos al ilustrisimo señor: