Jane Austen y el incómodo incidente en Scargrave Manor Capítulo 6 El ángel oscuro
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Capítulo 6 El ángel oscuro

El ángel oscuro

Me pareció que permanecí así tumbada una eternidad, con los pensamientos paralizados en la mente, hasta que, de pronto, sentí que preferiría morir de miedo al presenciar una aparición que seguir sudando en mi cama de esta manera por imaginaciones vanas.

Aparté las mantas, bajé un pie frío al suelo y me acerqué hasta la puerta con todo el sigilo posible.

Tan solo faltaba girar el picaporte con discreción, despacio, abrir la puerta un centímetro o dos y echar una mirada por la abertura.

En la penumbra del pasillo, la vi: una figura alta, delgada, ataviada con una ropa que había pasado de moda hacía casi dos siglos.

Una telaraña le cubría la cabeza, donde lucía una larga peluca de oscuros rizos que le caían en cascada; llevaba zapatos puntiagudos con tacones, siguiendo la moda del Rey Sol, fallecido hace ya tanto tiempo, y sobre ese calzado inestable parecía caminar de puntillas por el pasillo con esfuerzo.

De los dedos le colgaban telarañas, así como del dobladillo de su abrigo de satén; estaba tan polvoriento como lo podría estar el maniquí de un sastre olvidado desde hace mucho tiempo en el ático.

Era el mismísimo espectro del primer conde, llamado de entre los muertos para llorar por el difunto Frederick, y, por suerte para mí, había pasado de largo y se marchaba dándome la espalda.

Estaba preparada para verle atravesar la pared al fondo del pasillo cuando se detuvo delante de una puerta cerrada, a la escucha, inmóvil, sin que se le moviera un solo músculo.

Me estremecí de la vergüenza: ¡esperaba que, por nada del mundo, girara el rostro y fijara sus terribles ojos en mí, con el camisón puesto!

Pero tal vez notaba el peso de mi mirada fija en él; no había otra forma de explicar que se hubiera parado de pronto.

La puerta frente a la que se había detenido daba a los aposentos de Fitzroy Payne, y recé para que el caballero se desvelara y ahuyentara al fantasma, para que este regresara a las sombras, hasta que recordé que lord Scargrave seguía encorvado sobre los documentos de su tío en la biblioteca del difunto conde.

Inhalé hondo, rompí la quietud; así, el espectro comenzó a girar la cabeza.

Volví a ocultarme detrás de la puerta; se me descompasó la respiración y se me disparó el corazón, y esperé a que la ira de los difuntos descendiera sobre mi habitación, pero todo permanecía en silencio: las tablas de madera del suelo no crujían, el fantasma no avanzaba por el pasillo.

Seguía sin moverse. Armándome de valor, volví a mirar por el pasillo y vi, con gran alivio, que el primer conde había desaparecido.

Quizá sea suficiente con moverse para dispersar una aparición, pero no me atreví a poner a prueba de nuevo la eficacia de esta teoría del exorcismo.

Cerré con pestillo la puerta de madera de roble, me abalancé sobre mi cama y me cubrí la cabeza con las mantas, y, cuando las tablas volvieron a crujir poco después, me arrebujé incluso más.

Así pues, he cumplido veintisiete años con los ojos vidriosos y la cara pálida propios de alguien a quien le ha resultado imposible conciliar el sueño.

El día de mi cumpleaños ha amanecido sin nada destacable; el cielo está teñido de un gris oscuro y un viento frío revuelve los árboles sin hojas.

He de decir que esta mañana me siento vieja, a pesar de las palabras caballerosas que me dedicó el teniente Tom Hearst (de esto hablaré en detalle más adelante).

Los veinticinco años inspiraban menos pavor, o incluso los veintiséis, en comparación con cómo me siento en el día de hoy.

Los veintisiete años vienen acompañados de cierta inexorabilidad; es un claro indicio de que una dama se encuentra en el lado incorrecto de la década, en especial tratándose, como es mi caso, de una soltera.

Pero nadie en Scargrave sabe que es mi cumpleaños y yo no diré nada; un asunto mucho más serio reclama nuestra atención.

Puesto que me quedé profundamente dormida después de la aparición del fantasma, llegué una media hora tarde al desayuno.

Si bien en mi casa tenemos por costumbre tomar un poco de chocolate y unos bollos a las 10:00 h, aquí el desayuno se sirve en el aparador del precioso salón matinal de Scargrave una hora antes, como cabe esperar en una casa de campo.

Pensaba que me encontraría la mesa vacía y ansiaba pasar unos instantes en soledad; la paz que destilaban las paredes de un amarillo claro y las suaves cortinas de muselina –extraños toques de alegría en una decoración doméstica que, por lo demás, resultaba algo monótona– serían mi recompensa por haber llegado tarde.

Pero, para mi sorpresa, me encontré a Madame Delahoussaye tomándose una tostada y un té.

–¡Mi querida señorita Austen! –exclamó, contemplando mis pálidas facciones–. Apuesto a que ha pasado usted una mala noche.

–He tenido pesadillas, por desgracia para mí –expliqué yo.

–No hace falta que lo jure, ma pauvre . Cualquiera diría que ha visto usted un fantasma.

La miré con los ojos entornados, sospechando que se estuviera burlando de mí, pero la cara relajada de Madame y sus relucientes ojos oscuros delataban una curiosidad inocente.

–Por lo que tengo entendido, hay un fantasma en Scargrave –comenté, cuando un criado separó la silla de la mesa para que me sentara–, pero soy la hija de un clérigo, Madame, y los peligros de la tumba no deben amedrentarme.

–Me alegro de oírla hablar así –dijo mi compañera de desayuno con calma, sirviéndose más té–, ya que el primer conde suele pasear por el pasillo en el que se encuentra su habitación. Trate de irse a la cama antes de la medianoche, querida, pues, una vez dormida, ningún espectro debería molestarla.

Mi respuesta la interrumpió una de las criadas de la casa, llamada Daisy, al entrar.

Se trata de la nieta de la señora Hodges; una jovencita de solo dieciséis años que parece angustiada por su nuevo ascenso, pues, en la ausencia de Marguerite, ha pasado a encargarse de atender a Isobel y día a día se debate por estar a la altura de su puesto.

Supuse que su señora la había mandado a buscarme y me apresuré a depositar sobre la mesa la servilleta.

Daisy hizo una reverencia en dirección a Madame, seguida de otra en dirección a mí, al tiempo que los lazos de su cofia se mecían no sin cierto encanto.

–Disculpe la intromisión, señorita –me dijo sin aliento–; milady dice que ha recibido una carta de sir William y que este vendrá de visita a las once. ¿Acompañará a milady , señorita, en la pequeña sala de estar?

–Por supuesto, Daisy. Dígale a su señora que será un placer reunirme con ella.

Traté de aparentar normalidad, pero he de confesar que entre mis pensamientos se había desatado todo un torbellino.

Sir William debía de haber recibido una carta de la doncella Marguerite; en todo caso, tenía que tratarse de un asunto urgente para justificar que el magistrado volviera a la mansión tan pronto desde su primera visita.

–Supongo que el magistrado desea verla a usted tanto como le sea posible en lo que dure su estancia en Scargrave, señorita Austen –comentó Madame Delahoussaye.

Me volví para examinarle el rostro, pero en él no traslucía sino una leve curiosidad–.

No cabe duda de que encontrar a una vieja conocida aquí ha debido de incrementar su sentido de la galantería.

¿Qué otro motivo podría haber para que irrumpa de esta manera en una casa en luto?

–Sir William es un hombre tan respetable y sus intenciones son tan honradas, Madame –respondí, con cierta frialdad en el tono de voz–, que su presencia solo puede traer cosas buenas a Scargrave. Que la condesa no haya dudado en recibirlo debería ser suficiente para justificarlo.

Cuando ella inclinó la cabeza y el criado me sirvió más chocolate, hice un esfuerzo por desviar el tema de la conversación, también, en parte, para terminar de una vez por todas el desayuno.

Todavía faltaban casi dos horas para reunirme con sir William y enterarme de lo que había descubierto; tiempo suficiente para lamentarme de que Daisy se hubiera ido de la lengua de esa manera y para desear que las muchachas de dieciséis años fueran menos ingenuas y más discretas.

Cuando Cobblestone, el mayordomo, abrió la puerta de la sala de estar para anunciar la llegada de sir William, me embargó un profundo alivio en cuanto vislumbré el cabello blanco del magistrado.

Pues toda esta mañana habían puesto a prueba mi paciencia, una prueba que tenía pensado ofrecerle a mi Creador como expiación por doce meses de pecados.

Fitzroy Payne estaba encerrado en su biblioteca, ocupado con unas cartas de negocios, los hermanos Hearst seguían en su casa de solteros situada dentro de los terrenos de la finca, mientras que Fanny Delahoussaye se encontraba en la sala de estar de la planta de arriba con su madre y su cuaderno de dibujo; suponía que así se habían anticipado, horrorizadas, a la visita del abogado jubilado.

No esperaba ver a Isobel hasta las 11:00 h, de modo que me senté tranquilamente junto a la chimenea, con las manos absortas en la labor y los ojos fijos en el reloj, y no tuve otra opción que soportar toda una hora de tête-à-tête con lord Harold Trowbridge.

Ahora que he podido analizarlo mejor, estoy en disposición de anunciar que detesto la personalidad ladina de este hombre.