Capítulo 5 No sea que las viejas amistades caigan en el olvido #4
Sir William me miró con ojos entornados, pero no hizo comentario alguno. Tocó la carta enemiga y frunció los labios.
–Si lord Harold es el hombre al que se hace referencia en la carta, debemos preguntarnos qué podría saber la doncella de los negocios de su señora. Mucho o muy poco, dependiendo de la personalidad de la criada. ¿Qué piensa usted, Jane?
–Que Marguerite ha dicho una sarta de mentiras –respondí, con más determinación de la que sentía en realidad; la hija de un clérigo podrá servirse de la astucia en ocasiones, así como de la inocencia cuando le sea posible, pero lo más probable es que fracase si trata de mentir a propósito.
–¿Y por qué motivo?
–Para pedir dinero a cambio de su silencio.
–No veo que aquí exija soberano alguno –apuntó sir William.
–Me sorprendería mucho que no sacase a colación el tema del dinero en la próxima carta.
–¿La que recibiré yo?
–Eso es lo que pone.
–No parece muy inteligente, ¿no le parece? Pues, desde luego, no esperará que quien le pague sea yo.
–Es una muchacha muy ingenua –añadí, para nada convencida.
–Ajá. Si usted lo dice… –murmuró el magistrado con desconfianza, y se guardó el papel doblado en el bolsillo del chaleco–. Fue usted testigo de la muerte del conde, si no me equivoco.
–Del momento de su muerte, no, pero lo vi debatirse en su enfermedad.
–¿Y a qué conclusión ha llegado?
Vacilé, y esa pausa delató la sensación de incertidumbre que me embargaba más de lo que me habría gustado.
–¡Venga, venga, Jane! –me amonestó sir William–.
Usted no es como esas chiquillas tímidas que no hacen otra cosa que sonrojarse y suspirar; usted es muy astuta, algo que siempre he admirado, y es más rápida que cualquier otra persona que conozca a la hora de formar una opinión cuando le ponen todos los datos en bandeja.
¿Fue una muerte que achacaría a causas naturales?
–Si le digo la verdad, señor, he de decir que no, aunque el médico no pensaba lo mismo –le dije–. Jamás había presenciado una indisposición tan virulenta como la del conde; solo la superan los efectos de un laxante letal.
–Lo entiendo –dijo sir William en voz baja–.
Lo entiendo. Y, aun así, dijeron que era dispepsia.
Cuando me enteré de que Frederick había muerto, yo mismo me quedé desconcertado; me prometí que no volvería a tomar vino de Burdeos en todo un año, aunque solo aguanté dos días.
Su muerte repentina me dejó descolocado. ¿A usted también la pilló por sorpresa?
–No puedo negarlo, aunque fui la única en toda la casa de los Scargrave en sospechar que aquí había gato encerrado.
–Eso no me sorprende, querida mía –dijo sir William con sequedad–. Usted era la única que no tenía nada que heredar.
Me rezagué en la casa de sir William el tiempo suficiente para saludar a su querida dama, para preguntar por las tres hijas y los cuatro hijos, que se habían mudado hacía ya tiempo a causa de sus matrimonios o de sus profesiones, para alabar la decoración de su nueva casa y para contarle todo lo que pude acerca de mis conocidos de Bath.
Entonces, sir William, con una amabilidad sin tacha, ordenó que trajeran su carruaje hasta la puerta una vez más, a pesar de las protestas de su esposa, que quería que me quedara a pasar la noche en lugar de volver a salir otra vez con el tiempo que hacía.
–Hace falta algo más que un poco de nieve para pararle los pies a nuestra Jane –dijo sir William con cariño, mientras me acompañaba al carruaje–. Me pondré en contacto con usted directamente en cuanto reciba la carta.
La imagen de su ralo cabello blanco, rociado de copos de nieve como un san Nicolás de otra época, fue mi único consuelo durante el solitario trayecto de vuelta a Scargrave.
Ciertamente, es de agradecer tener un amigo cerca cuando puede haber un asesino entre la familia que me ha acogido en su hogar.
18 . Esta carta, en la que presuntamente Jane informó a su hermana de la muerte del conde, no aparece dentro del diario. ( N. de la E. ).
19 . Había tres tribunales en Londres que juzgaban casos de derecho consuetudinario: el Tribunal Superior del Rey, la Cámara de Cuentas y el Tribunal de Primera Instancia.
Un abogado del Tribunal Superior del Rey se encargaba de casos criminales; uno de la Cámara de Cuentas, de disputas de dinero (aduanas, impuestos, multas) que se debiera a la Corona, y uno del Tribunal de Primera Instancia, de conflictos menores. ( N. de la E. ).
20 . Ya que los asesores legales preparaban los casos que luego defendían los abogados en los tribunales y recibían el pago como «propina» por el trabajo de estos, a los primeros se les consideraba comerciantes, mientras que los segundos preservaban su estatus como caballeros.
La misma distinción se aplicaba a los médicos: había, por un lado, profesionales con estudios que podían ser recibidos en la corte, más centrados en diagnosticar enfermedades y prescribir tratamientos, y, por otro, los aprendices que hacían el trabajo manual, médicos de pueblo a quienes no se podía recibir. ( N. de la E. ).