Jane Austen y el incómodo incidente en Scargrave Manor Capítulo 5 No sea que las viejas amistades caigan en el olvido #3
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Capítulo 5 No sea que las viejas amistades caigan en el olvido #3

–¿Otra vez? ¿Y el mismísimo día del funeral de mi tío? Esto es intolerable.

–Los he acomodado en la biblioteca, milord.

–Muy bien, Fetters. Ahora mismo los atiendo.

Fitzroy Payne miró a Isobel en busca de consuelo, pero los ojos de mi amiga permanecían fijos en las llamas de la chimenea, y me parecería un milagro si se hubiera enterado de algo de la conversación anterior.

El nuevo conde le hizo una reverencia a sir William y se retiró con discreción; en cuanto se cerró la puerta, Isobel se sobresaltó y miró a su alrededor.

–Me temo que he abusado de su confianza, milady –dijo sir William, y se levantó del asiento–. Es injusto poner a prueba la paciencia de una persona en un momento tan doloroso como este. Por favor, acepte mis disculpas; me marcho.

–Usted, sir William, no ha abusado en absoluto de mi confianza. He sido yo la que no ha estado a la altura: primero le he mandado llamar con carácter urgente y, después, me ha faltado el valor para hablarle.

–¿Acaso ha surgido algún contratiempo, milady ?

Los ojos hermosos de Isobel se posaron sobre la mirada perspicaz del magistrado, y, pensativa, contempló sus rasgos largo rato. Entonces, se volvió hacia mí sin darle a él una respuesta.

–Jane –me dijo–, quisiera hablar contigo.

La seguí hasta el salón, donde había yacido el cuerpo de su esposo hasta hacía poco; el aroma de las flores marchitas y de la cera de abeja todavía pendía del aire.

–Puesto que conoces tan bien al magistrado –empezó a decir Isobel, con los nervios a flor de piel–, ¿no podrías decirle tú lo que ha pasado? Me sentiría más a gusto si hablara con él una persona que lo conoce mejor, pues he de confesar que para mí no deja de ser un extraño, Jane.

–Por supuesto, Isobel –dije, cogiéndola de la mano. Me sorprendió que la tuviera tan fría–. Es más, le diré que volveré con él a Scargrave Close en su carruaje para presentarle mis respetos a lady Reynolds.

–¡Oh, Jane! –gritó Isobel, y se le llenaron los ojos de lágrimas–, ¡con el tiempo que hace! –Lanzó una mirada a la ventana oscura, por donde seguía nevando–. Eres muy buena conmigo.

–¿Cómo no iba a serlo? –respondí, y le apreté los dedos fríos con cariño–. Que sople el viento o que me pueda mojar no es ningún impedimento, Isobel. No hay más que hablar.

Seguimos mi plan a la perfección, y no llevábamos ni tres minutos dentro del cómodo carruaje de sir William –la nieve seguía cayendo lenta sobre los faroles que se habían encendido en la oscuridad incipiente– cuando él se aclaró la garganta y sacó a colación un tema de vital importancia para los dos.

–Bueno, mi querida Jane, quizá tenga a bien explicarme por qué la condesa ha mandado llamar a un anciano con el tiempo que hace, para luego escapar a su habitación sin apenas mediar palabra.

¡Incluso sospecho que la carta que me envió ayer no es más que un ardid que ha tramado usted para renovar nuestra amistad!

–Efectivamente, señor, había un motivo oculto y, aunque no pretendo faltarle el respeto a lady Reynolds con esto, en verdad no iría a su casa esta tarde de no ser porque me han pedido que se lo revelara.

–¡Ah! La cosa se pone interesante –dijo el magistrado, satisfecho–. ¡Hable!

Le entregué el trozo de papel de la doncella Marguerite y permití que aquellas palabras escritas de cualquier manera hablaran en mi lugar.

Sir William hurgó en los bolsillos de su abrigo en busca de las lentes y tardó unos segundos en colocárselas sobre la nariz.

En la penumbra que reinaba dentro del carruaje, le costaba entender la letra.

–Qué curioso –dijo, después de leer en silencio unos instantes–. ¿Cuándo lo ha recibido?

–Ayer.

–¿Tiene usted idea de quién lo ha escrito?

–Creemos que podría tratarse de la doncella de Isobel, una muchacha criolla llamada Marguerite. Se ha fugado y sigue desaparecida, aunque Isobel envió a varios hombres de confianza en su busca cuando se dio cuenta de que faltaba ayer por la noche.

–Así que la condesa tiene miedo –dijo sir William despacio– de que las malas lenguas difundan rumores como estos por la zona. Esto no puede traer nada bueno para una mujer que lleva tan poco tiempo casada.

–O tan poco tiempo viuda. Está muy afectada –dije– y quisiera cortar de raíz estas malvadas habladurías.

–Aquí se la acusa de dos cosas –dijo sir William, no sin desconcierto–: de tener un amante entre la nobleza y de deshacerse de su marido, con o sin la ayuda de su enamorado.

Cualquiera diría que a duras penas habrá tenido tiempo para orquestar todo esto; si no me equivoco, regresó hace unos días de su luna de miel, ¿no es así?

–No hace ni dos semanas.

–De modo que debía de conocer al caballero antes de la boda y sus caminos debieron de cruzarse de nuevo después de que ella regresara. No puede haber muchos candidatos en el pueblo de Scargrave, más allá de la propia familia.

Y, al decir esto último, sir William pareció entender lo que insinuaban sus propias palabras y se sumió en dolorosas conjeturas. Había un solo lord en la familia Scargrave ahora que el séptimo conde había fallecido; el magistrado supo a quién se refería Marguerite.

–Cielos, cielos –dijo sir William, devolviendo la mirada a la carta–, esto complica mucho las cosas.

–Marguerite señala a un lord, pero no menciona a cuál –intervine yo–. Puede referirse tanto a lord Harold como a lord Payne.

–Querrá decir usted lord Scargrave, pues así es como hemos de llamarlo de ahora en adelante. Pero hábleme de Trowbridge: ¿acaso era amigo íntimo del difunto conde?

–Se conocían desde hace poco, si no me equivoco.

–Y, aun así, sigue alojándose en su casa, cuando todos salvo quienes prodiguen un afecto especial a la familia, como es el caso de usted, tendrían que haberse marchado hace tiempo. Es un tanto descarado por su parte.

–No es nada habitual –admití, convencida; no se me ocurría ningún motivo que justificase la presencia de Trowbridge en Scargrave y yo lo veía como una carga para toda la familia.

–Y que lo diga –dijo sir William–. Pero Trowbridge es un individuo muy particular.

En más de una ocasión ha engañado a la Corona por no sé qué asunto de las aduanas del azúcar importado de las Indias Occidentales.

Lo último que oí fue que apoyaba a unos traficantes de opio que comerciaban con té en el mar de China.

No me esperaba encontrarlo en Scargrave, sobre todo en un momento como este; pensaba que la muerte era la única cosa capaz de asustar a este hombre.

¿Por qué cree usted que se está comportando con tan poco tacto?

–Según lo que tengo entendido, tiene que hablar con la condesa de asuntos de negocios.

–De modo que es la condesa la que tiene lazos con lord Harold. Y es su socio de negocios, por si fuera poco. Esto sí que da mucho que pensar.

–Me parece que el término «socio de negocios» no es el adecuado para un contexto como este, sir William –dije con cierta brusquedad–. Lord Harold tan solo busca el visto bueno de la condesa, pero no le será fácil conseguirlo.