Capítulo 5 No sea que las viejas amistades caigan en el olvido #2
La personalidad de sir William Reynolds es una mezcla de ingenio y sentido del humor, afecto franco y astucia engañosa; todo ello lo convierte en un conocido tan sincero como enriquecedor.
Había dejado su trabajo en el mundo del derecho y a sus asistentes en el Tribunal Superior del Rey hacía unos cinco meses, cuando recibió el título de caballero, y se había asentado en Scargrave Close para disfrutar de sus últimos años, tal y como había decidido hacer mi padre al jubilarse en Bath.
El honor implícito en su ascenso no había alterado lo más mínimo su franqueza; sir William no era la clase de persona que se comportaba con altivez fingida, sino con un elevado civismo, una cualidad provechosa para su actual cargo como juez de paz.
Confiaba en cuerpo y alma en que resolviera los problemas de Isobel con rapidez.
–Mi más sincero pésame, milady –dijo sir William, haciéndole una reverencia a mi amiga.
–Gracias, sir William.
Isobel se llevó una mano al cuello, un tic con el que ya me había familiarizado.
Temí, por un instante, que fuera a desmayarse y me habría acercado para ayudarla de no ser porque Fitzroy Payne estaba delante de mí.
De pronto, le tendió una silla, con una mirada tierna que delataba lo mucho que se preocupaba por ella.
Pues, efectivamente, Isobel parecía una mujer completamente diferente.
En los rasgos de la condesa se vislumbran indicios de una fatiga extrema, que no solo eran consecuencia de la dura mañana que había tenido, sino de su falta de sueño.
En la ausencia de Marguerite, no permite que ninguna otra persona le peine el cabello, de modo que los hermosos bucles que antes le decoraban la frente ahora están echados hacia atrás.
La última vez que se puso ese traje de luto fue por respeto a su padre y, por tanto, hace unos tres años que pasó de moda; no tiene ni tiempo ni ánimo para encargarle uno nuevo a un sastre.
Con su palidez de siempre y los ojos enrojecidos por el llanto, mi amiga dista mucho de ser encantadora, aunque, en el fondo, su lamentable amargura quizá transmita cierto encanto.
–Dice mucho de usted, sir William, que haya salido a la nieve por respeto al difunto conde –comentó Fitzroy Payne, haciendo un esfuerzo, o eso me pareció, por romper el incómodo silencio que se había formado.
No obstante, su comentario no dejó de intranquilizarme, ya que sabía que sir William había venido por invitación de Isobel y, como no podía ser de otra manera, debía de estar preguntándose el motivo.
–¿Le parece Scargrave Close un lugar agradable, sir William? –intervine entonces, no sin desesperación.
En el rostro anciano del abogado brilló cierta diversión cuando inclinó la cabeza hacia mí.
–De lo más agradable, señorita Austen, de lo más agradable. El difunto conde era un hombre honrado y disciplinado, y en los campos vecinos se ve su mano. Tiene por delante una ardua tarea, lord Scargrave, por tener que asumir las responsabilidades de su tío.
–Lo sé bien, señor –contestó Fitzroy Payne, conmovido, con ojos profundos–, y pensaba que dispondría de muchos años para prepararme antes de asumir el cargo.
Una de las cosas que más lamento por la muerte de mi tío es saber que toda oportunidad de aprender ha quedado atrás, pese a lo deficientes que son mis habilidades en estos momentos.
–La muerte siempre se apodera de los hombres como el sueño de los niños: demasiado pronto y tras muchas quejas –apostilló George Hearst. Su voz espectral, que emanaba del asiento junto a la chimenea, llegó hasta mis oídos con toda la solemnidad de una tumba–.
Nacimos arrepentidos y arrepentidos partimos de esta vida terrenal.
Fanny Delahoussaye puso los ojos en blanco, mirando a Tom Hearst, y, cuando el caballero le respondió con una sonrisa, sin previo aviso dejó a un lado su labor y se levantó de su asiento.
–Me siento algo indispuesta, madre –anunció, con la más angelical de las sonrisas y una reverencia para Isobel–. Será mejor que me retire a mi cuarto.
–Fanny –dijo Madame Delahoussaye, con un matiz de advertencia en la voz–, sir William acaba de llegar. No te olvides de la buena educación, querida mía.
–Por supuesto que no me olvido. Si me olvidara, podría pasar horas en compañía de sir William, madre –dijo Fanny, con voz quejumbrosa–. Pero, como no puedo olvidarme, he de despedirme ahora mismo de él.
–Pienso que pasear por los terrenos podría levantarle el ánimo –observó el teniente Hearst.
–Seguro que sí.
Fanny se dio la vuelta sin más dilación y se marchó precipitadamente de la sala de estar.
–Fanny… –empezó a decir su madre, y dejó a un lado la labor, con la mirada fija en Tom Hearst, quien se había separado de la chimenea.
–Usted no se moleste, querida señora –dijo el teniente, inclinándose con galantería sobre su mano–: ya me encargo yo de que a su hija no le pase nada malo.
–Pero ¡si está nevando! –se quejó Madame Delahoussaye, olvidándose por completo de sir William.
Apartó la mano de la de Tom Hearst con una mirada siniestra y se apresuró a perseguir a Fanny.
El teniente echó la cabeza hacia atrás y soltó una carcajada, para disgusto de Fitzroy Payne y, a juzgar por la expresión de su semblante, para la diversión de lord Harold Trowbridge.
Este último caballero había dejado a un lado su periódico londinense para dedicar toda su atención a los numeritos de Tom Hearst. Pero, nada más marcharse Madame Delahoussaye, se puso en pie y le dio unas palmadas en el hombro al teniente.
–Yo le recomiendo que juegue a las cartas conmigo, amigo mío –le dijo Trowbridge–; de la jovencita ya se encarga su madre.
–He de pedirle perdón, sir William –dijo Fitzroy Payne, haciendo gala de una profunda solemnidad, mientras Trowbridge y el teniente hacían una reverencia y se volvían hacia el salón–.
Me temo que en estos momentos en nuestra casa reina el caos.
La muerte del conde ha sacado el peor lado de todos nosotros.
–¿O tal vez… –apostilló George Hearst desde el rincón en el que se encontraba– el lado más sincero de todos nosotros?
–Cerró el libro y se levantó, con la intención de seguir a su hermano–.
Me temo, sir William, que la Muerte nos ha obligado a todos a vernos las caras con nuestra efímera naturaleza.
De ahí que nos haya encontrado como seguramente nos enfrentemos a nuestras tumbas llegado el momento: con una firme frivolidad, con indiferencia y un arrepentimiento generalizado.
–Lamento oírle hablar así –respondió sir William–. Yo tengo la intención, desde siempre, de reunirme con mi Creador con el estómago bien lleno y tras haber dormido a pierna suelta toda la noche.
El señor Hearst no entendió el sentido del humor de mi buen amigo.
–De ser así, sería usted muy afortunado –comentó con seriedad– y el suyo sería un caso insólito entre las criaturas de su condición.
Estoy convencido de que mi tío deseaba lo mismo.
No olvidemos que la Muerte, pese a ser inevitable, tendría que haberle llegado un día todavía muy lejano.
Ya ve de qué poco le han servido sus esperanzas.
Ni todo el poder ni la riqueza que amasaba el conde de Scargrave pudieron brindarle una sola hora más de vida.
–Desde luego –dijo sir William, lanzando una mirada inquieta a la condesa, cuyos ojos marrones, abiertos como platos, resultaban enormes en su rostro blanco y se fijaban, presa del espanto, en el señor Hearst–. No se puede negar que ha aprendido usted mucho del ejemplo de su tío.
–Al conde le encantaba instruir a los demás, sir William, por muy poco que sus alumnos merecieran la lección –esto último lo dijo con cierta irritación, antes de fruncir la boca con fuerza.
Yo reflexionaba, mientras lo miraba, acerca de lo poco que se asemejaba a su hermano; mientras que los ojos del teniente rebosaban de vida, los de Hearst estaban vacíos, y las facciones armoniosas del militar de caballería resultaban abruptas y afiladas en el semblante del eclesiástico.
Parecía absorto mientras yo lo contemplaba, y con el más breve de los asentimientos, el señor Hearst se marchó de la sala de estar.
Sir William soltó un hondo suspiro, como si se hubiera liberado de una carga, y se volvió hacia lord Scargrave con una sonrisa.
–Bueno, milord, si es cierto que el espectro de la Muerte nos ha mostrado su lado más sincero, podemos estar tranquilos: el condado está en buenas manos.
Pues en lo que a usted respecta, lord Payne, o, mejor dicho, lord Scargrave, veo que su sensatez, su admirable circunspección y su clase no han hecho más que aumentar.
Rara vez se ha comportado un caballero con tanta dignidad como usted, entre tantas… distracciones.
Fitzroy Payne se limitó a inclinar la cabeza, pero, en silencio, yo celebré las palabras de mi buen amigo; había descrito a la perfección al nuevo conde.
Cuanto más observaba al amante de Isobel, más lo admiraba.
Fitzroy Payne prefería sufrir en silencio en vez de deshonrar a su tío, y la fuerza de voluntad necesaria para tal fin no hacía sino conmoverme.
Deseché las dudas acerca de la decencia de su interés por Isobel que albergué al comienzo; me basta con saber que se sobrepuso a ese sentimiento cuando fue necesario, para conservar el honor de ella y también el suyo propio.
Ahora que el conde ha abandonado este mundo, sin embargo, y ahora que Isobel es libre… Pero estos pensamientos tendrán que esperar por la intuición de sir William. Hay una chantajista que sigue suelta y el más leve escándalo puede romper en añicos las esperanzas más tiernas.
–Ah, el té –dijo sir William cuando el criado, Fetters, apareció con una bandeja–, justo lo que necesita un anciano para entrar en calor.
Se inclinó sobre su platillo y guardó silencio.
–Lord… Scargrave –le dijo Fetters a Fitzroy Payne–, el señor Cobblestone me ha pedido que le diga que han llegado los asesores legales.