Capítulo 5 No sea que las viejas amistades caigan en el olvido
No sea que las viejas amistades caigan en el olvido
Mi querida Cassandra:
Me pediste que te escribiera en cuanto enterraran a lord Scargrave y que te contara todos los detalles.
El día amaneció borrascoso y no tardó en caer una fuerte nevada, de tal forma que tuvimos que encerrarnos dentro de los carruajes durante todo el trayecto hasta la pequeña iglesia de Scargrave Close para asistir al servicio del reverendo Samuels.
El reverendo es un hombre anciano, de aspecto enjuto y miope; parece que tiene tuberculosis y que le falla la cabeza, pues en más de una ocasión se refirió al difunto por el nombre de su padre y, una vez, por el del hermano, pese a que los dos se han despedido de este mundo antes que el conde.
Los achaques de salud del oficiante, así como su comportamiento ambiguo, explican por qué nadie busca su compañía en Scargrave; todo esto apunta a que George Hearst podría sucederle en el cargo con rapidez, si las cláusulas del testamento del conde son como el señor Hearst se espera, y con motivos.
No había, como cabe esperar, nada digno de mención en el panegírico del pobre reverendo.
Fue un resumen solemne del paso del conde por el mundo; parecía un discurso sacado de un periódico londinense más que fruto de su conocimiento personal acerca de lord Scargrave.
Siento que no hay nada más triste que una ceremonia como esta, marcada por la indiferencia y la ignorancia en torno al homenajeado.
Es preferible que te rindan homenaje los que te conocían y te amaban a que se despida de ti alguien que no deja de ser un desconocido, de hábitos y temperamento antipáticos, con quien solo has compartido ciertos momentos de trivialidad impuestos por la costumbre social.
Pero tal era el destino del conde de Scargrave.
Como marca la costumbre, no obstante, solo los caballeros de la familia acompañaron el carruaje en el que se transportaban sus restos hasta la gran tumba, donde ya descansa su primera condesa, y, dada la nevada que estaba cayendo, he de decir que, por una vez, me alegro por la parte que nos toca a nuestro sexo.
Las mujeres se refugiaron en Scargrave Manor, para entregarse a ese exceso de dolor que se considera indispensable en cualquier dama con un mínimo de delicadeza y de educación; conociendo como conoces mi delicadeza, por no hablar de mi educación, no hace falta que te diga que fueron pocas las lágrimas que cayeron de mis ojos.
He de confesar, sin embargo, que durante un rato me dediqué a reflexionar en silencio acerca de lo repentino de la marcha del conde de esta vida, así como de mi futura entrevista con sir William Reynolds.
Sí, sir William Reynolds, el mismo, nuestro querido amigo de toda la vida, que ha cambiado Londres por Hertfordshire después de jubilarse y que ahora ejerce de magistrado de la zona.
Ya te he contado los detalles de la carta de la doncella Marguerite en mi anterior misiva, 18 aunque has de perdonarme si no te he narrado con total franqueza todo lo que me contó Isobel ese día.
Lo que escuché lo escuché en privado; en este tema, no hay más que hablar.
Baste decir que ardemos en deseos de presentar las pruebas de la chantajista a un hombre de leyes esta misma tarde y, con esto, esperamos cortar de raíz cualquier rumor malintencionado.
Me temo que las navidades en Scargrave serán una época oscura. Me gustaría regresar a Bath y reunirme con mi querida hermana, de no ser por el consuelo que parece hallar Isobel en mi presencia.
Te envío todo mi amor y te pido que se lo transmitas, asimismo, a nuestro padre y nuestra madre.
Siempre tuya,
J. A.
Entrada de diario, el mismo día, más tarde
Nos reunimos para tomar el té en la gran sala de estar de Scargrave cuando Cobblestone, el mayordomo jorobado y entrado en años, anunció la llegada de sir William.
A pesar de la cara ansiosa de Isobel, para mí era un alivio constatar que los demás miembros de la familia no interpretaban esta visita como algo fuera de lo normal.
–Ha venido, supongo, a dar el pésame –dijo Fitzroy Payne.
–Y a asegurar su cargo con el nuevo conde, sin duda –intervino Tom Hearst, cuando Cobblestone se retiró.
Sirviéndose del atizador, el teniente movía con saña un leño que ardía demasiado despacio para su gusto, y levantó una ráfaga de chispas–.
Estos insignificantes hombres de leyes del campo son todos iguales.
Se aferran con uñas y dientes a sus trabajos burocráticos, se ceban de carne de cordero y cerveza en las fiestas de la zona y se desentienden de cualquier asunto que no afecte directamente a su bolsillo.
–Defectos que tienen en común con la insignificante nobleza del campo –respondió una voz sepulcral.
Todas las miradas se fijaron en el señor George Hearst, hundido como estaba en su sillón en la esquina más alejada de la estancia, con un ejemplar de los sermones de Fordyce sobre el regazo–.
No podemos esperar que los hombres a los que nombramos para que nos gobiernen sean mejores que nosotros.
Si sir William no tratara de ganarse el favor de esta casa, sería un milagro, pues, todo hay que decirlo, hermano, tú y yo llevamos intentándolo toda la vida.
–Creo que te equivocas, primo –rebatió el nuevo conde, cada vez con más efusividad–.
Sir William formaba antes parte del Tribunal Superior del Rey; 19 se trata de un abogado conocido por su intuición, y, si bien Scargrave Close tiene poco que ofrecerle para estimularlo intelectualmente en comparación con los atractivos de Londres, no por eso es menos cuidadoso en su cargo.
–Fitzroy Payne se volvió hacia lord Harold Trowbridge, que estaba sentado apartado en una silla de respaldo alto, contemplando todo lo que sucedía con esa mirada entornada propia de un águila–.
Creo que tiene usted motivos para temer el ingenio de sir William, lord Harold.
Se cruzó con él en más de una ocasión cuando él prestaba sus servicios en la Cámara de Cuentas, ¿no es así?
El interpelado esbozó una sonrisa lenta en su sombrío rostro afilado.
–Ha tenido sus momentos de suerte. A mi costa. Y yo he tenido los míos, a la suya.
–¡Un abogado jubilado! Pero ¡esto es una maravilla! –exclamó el teniente–. Mis compañeros del Gallo y el Toro tendrán que tener cuidado con sus pintas y buscarse otro lugar donde irse de juerga, ahora que la justicia ha llegado a Scargrave.
–Si sir William es capaz de moderar hasta tus costumbres libertinas, Tom, su presencia será toda una bendición –respondió George Hearst.
Una dolorosa pausa amenazaba con silenciarnos a todos, pero me atrevería a decir que el señor Spinoza estaba pensando en personas como Fanny Delahoussaye al sostener que la naturaleza aborrece el vacío. Salió en la defensa de su favorito con más apuro que discreción.
–La del derecho, de entre todas las profesiones, debe considerarse la más vulgar –proclamó, mirando a Tom Hearst, que lucía su casaca azul–.
La llamada de la medicina es más noble, pese a que no deja de ser una forma de comercio, porque salva vidas; a la Iglesia la redime la santidad de su misión, y la vida militar, por supuesto, ha de preferirse por encima de todas las demás por su coraje y fortaleza.
El discursillo de la señorita Fanny, llegados a este punto, lo interrumpió una risa irónica de su madre, que lanzó una mirada envenenada en dirección a Tom Hearst. El teniente se limitó a sonreírle a esta última y a hacerle una reverencia a su hija.
–A decir verdad, ¿cómo puede alguien elogiar a los hombres de leyes?
–prosiguió la señorita Delahoussaye, impávida–.
¡Son gente que se dedica a entremeterse en los asuntos de deudores, asesinos y defraudadores, lo más bajo de la sociedad, por un dinero que finge no cobrar, pasándole la factura al asesor legal!
20 ¡Yo no me casaría con un abogado por nada del mundo!
–Y él, querida mía –dijo lord Harold desde la esquina en la que se encontraba–, haría muy mal en casarse con usted.
Sir William Reynolds hizo acto de presencia con este último comentario mordaz.
En primer lugar, saludó al nuevo conde, como era de esperar, tratándose del noble de mayor rango en la sala; acto seguido, se volvió hacia la condesa con una reverencia.
A lord Harold Trowbridge tan solo lo saludó con un gesto de la cabeza, aunque la expresión de sir William no dejaba entrever si se acordaba de todas las veces que el hijo del duque se había aprovechado de él.
Después de que presentara sus respetos a las Delahoussaye y a los Hearst, yo me puse en pie, lo saludé tendiéndole la mano y le dije con un placer sincero:
–¡Sir William! ¡Qué suerte que nos hayamos vuelto a encontrar, después de tantos años!
–¡Señorita Austen, eso ni lo dude! –La sonrisa que iluminó su alegre rostro, ya entrado en años, tuvo el mismo efecto que un rayo de sol en ese ambiente mordaz que se respiraba–. ¡Es este un placer con el que no contaba! Dígame, ¿cómo se encuentra su querido padre?
–Estaba muy bien, señor, la última vez que nos vimos. Será un placer para mí decirle que usted se encuentra igual de bien.
–¿Conoce a sir William, señorita Austen? –intervino el conde, sorprendido.
–Así es, milord, desde que era una niña.
–Coincidí con su padre en Oxford –explicó el buen hombre, con el rostro iluminado por la emoción–, y fui el padrino de uno de sus hermanos. ¿Qué tal está el pillo?
–Charles está destacando en su carrera naval, aunque Frank, el hermano mayor, le sigue llevando la delantera.
–¡Como debería ser! ¡Como debería ser! –exclamó sir William, y sonrió hasta que, al acordarse del motivo de su presencia en una casa en luto, adoptó una solemnidad más apropiada dadas las circunstancias.