Jane Austen y el incómodo incidente en Scargrave Manor Capítulo 4 El lamento de la viuda #3
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Capítulo 4 El lamento de la viuda #3

No podía sino negar con la cabeza, reacia a confesar mi mala suerte.

–Entonces nunca has estado enamorada –dijo Isobel con firmeza– y has hecho bien en rechazar al señor Bigg-Wither.

–Pero ¿qué fue lo que sucedió, querida? –insistí–. ¿Alguna vez llegasteis a plantearos confesarle la verdad a lord Scargrave?

–No, Jane. Eso no era posible. Nos confesamos nuestro amor, calibramos nuestro honor y la estima que le profesábamos al conde y asumimos una tortuosa resignación.

Yo no podía destrozar a Fitzroy deshonrando a su tío, pues, efectivamente, acabaría destrozado.

De haber hecho algo así, la desgracia habría caído sobre toda la familia del conde y habría manchado de arrepentimiento y recriminación los sentimientos puros que sentíamos.

–Pero ¿cómo pudiste seguir adelante como si nada? –inquirí, asombrada.

Isobel parecía confundida.

–Me consta que alguien como tú no habría actuado así, querida Jane.

Con lo fuerte y sensata que eres, habrías roto el compromiso y te habrías retirado de la escena.

–Vaciló, como si las próximas palabras le causaran dolor–.

Pero yo tenía que pensar en Crosswinds y en todo lo que lord Scargrave había prometido que haría.

En recuerdo de mi padre, decidí que lo único que podía hacer era casarme con el conde.

–¿Y lord Payne? ¿Qué hay de él?

–Acordamos que lo más sensato sería no volver a vernos hasta el fatídico día. Fitzroy le puso un pretexto al conde y se marchó al campo. Yo me casé al cabo de menos de dos semanas, me fui de viaje por el continente unos tres meses y regresé a Scargrave para las vacaciones de Navidad.

–No sé cómo has podido soportarlo –comenté.

–¿Es que no te has dado cuenta de lo mucho que he cambiado? –espetó Isobel–. Tú, que eres mi amiga más querida en este mundo, ¿no has reparado en el grave aprieto en el que me encontraba?

–No, Isobel –respondí, desconcertada por haber sido tan ilusa–. Pensaba que simplemente te abrumaban las responsabilidades de tu nueva vida. Y eso es algo bueno, querida, pues, si yo no me di cuenta, puedes estar segura de que tu marido tampoco se enteró de nada.

–Es terrible –murmuró la condesa– que una sienta que la ignorancia de un marido es una bendición.

–¿Así que no habíais vuelto a veros, tú y el vizconde, hasta la noche del baile? –retomé el hilo de la conversación.

Negó con la cabeza.

–Por eso te supliqué que vinieras, mi querida Jane.

Necesitaba urgentemente que una amiga como tú me insuflara fuerzas para hacer frente a un momento como ese.

Fitzroy tenía que estar presente sí o sí, por el respeto que le debía a su tío; si no hubiera venido, habría parecido extraño.

Pero no me trató con la compostura debida y creo que sus emociones, al igual que las mías, no han disminuido lo más mínimo con el paso de los meses.

–Isobel –empecé a decir, y me puse en pie delante de la chimenea, con la carta arrugada de la doncella en la mano–, tenemos que pensar en qué vamos a hacer.

Marguerite amenaza con ir al magistrado; hemos decidido que hablaremos nosotras con él antes para, así, estropear el factor sorpresa.

Para evitar males mayores, esta parece ser la única opción.

Pero ¿qué pasará entonces? ¿Le dirás toda la verdad a sir William acerca de tus sentimientos para con Fitzroy?

Isobel se levantó de un sobresalto del diván, con las mejillas encendidas de color rojo escarlata y los ojos ardiendo de indignación.

–¡Eso es imposible! ¡Mires por donde lo mires, es imposible!

–¿Disimularás, entonces?

–Diré que una insinuación como esa no es más que otro de los despropósitos de la doncella, diré que no es más creíble que la acusación de asesinato –concluyó, resuelta.

–¿A qué debemos adscribir, entonces, las motivaciones de la doncella?

Eso es lo que debemos preguntarnos. –Me paré debajo del retrato del conde y lo contemplé con detenimiento–.

Debemos decirle a sir William que creemos que Marguerite es capaz de chantajearte, que lo que pretende es intimidarte para que le pagues por su silencio.

Así, parecerá una artimaña insignificante urdida por una doncella insignificante.

El magistrado tendrá que darnos la razón.

Isobel se acercó rápidamente a su escritorio en busca de pluma y papel.

–Por supuesto, Jane. Es un plan digno de admiración. Llamaré al criado sin más dilación; le enviará mi carta a sir William. Me parece que lo mejor sería que nos reuniéramos mañana después del funeral, ¿no te parece?

–Así lo dictamina el decoro.

–Eso haremos, pues.

–Isobel –empecé a decir, pero, luego, vacilé. ¿Por qué hurgar en la llaga?

–¿Jane?

–¿De verdad estás segura de que tu marido falleció por causas naturales?

–¿Por qué no debería estarlo?

–¿Por qué, efectivamente?

17 . No queda claro en el texto a cuál de sus anteriores pretendientes tiene en mente Jane. Dado que estos manuscritos los escribió a modo de diarios personales, hay varios pasajes en los que resulta evidente que Jane está hablando «para sus adentros». ( N. de la E. ).