Jane Austen y el incómodo incidente en Scargrave Manor Capítulo 4 El lamento de la viuda #2
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Capítulo 4 El lamento de la viuda #2

–Pero es imposible que tú, de entre todas las personas, entiendas esto con toda la sensibilidad que me embarga a mí; nuestra Jane, tan pragmática ella, no se rebaja a tener sentimientos. Con lo que te he dicho ya te haces una idea de lo que ha sucedido.

Me dolió, no lo pienso negar, pues hubo un tiempo en el que yo vivía por y para aquella misma sensibilidad, pero eso es cosa del pasado. Decidí no echarle en cara a Isobel unas palabras pronunciadas cuando ya tenía tantos problemas y traté de dejar a un lado mi egocentrismo.

–Por supuesto, querida mía, que quisiera saberlo todo –le dije, volviendo a mi asiento–, si es que te apetece contármelo.

Isobel tuvo a bien mostrarse avergonzada ante mi paciencia y retomó sin más preámbulos su triste historia:

–Conocí a Fitzroy en el punto álgido de la temporada en Londres, cuando mi compromiso con el conde ya estaba acordado y mi tía y mi prima Fanny se alojaban conmigo en la ciudad –comenzó.

–Recuerdo las cartas que me enviaste por aquel entonces. No delataban desdicha alguna, sino más bien cierta urgencia por todo lo que te esperaba en los siguientes meses.

–¿Cómo podría ser de otra manera? –se lamentó mi amiga–.

Estábamos a punto de embarcarnos en la más frívola y superficial de las aventuras para una dama: comprar mi vestido de novia.

Mi tía conoce bien las mejores tiendas, como seguro que no te sorprende tras escucharla hablar acerca de la moda del luto, y su ayuda fue inestimable a la hora de agenciarme un vestuario propio de una condesa.

No se me habría ocurrido privarla de este placer, en todo caso; no era más que el ensayo para la boda de su propia hija, su mayor preocupación en el mundo.

–Me alegro de que los intereses de mi madre no sean tan materiales –dije con sequedad–, pues, de ser otro el caso, yo le habría roto el corazón.

Puesto que había coincidido con mi madre en más de una ocasión durante su estancia en Bath, Isobel fue incapaz de reprimir una sonrisa, pero su triste historia acaparó de nuevo su atención.

–Lord Payne acababa de llegar a la casa en la capital de su tío, después de dejar sus tierras en Derbyshire, para disfrutar de la temporada.

Fitzroy se convirtió de inmediato en el objeto de deseo de mi tía Delahoussaye, pues, cuando se acuerda una unión entre familias y los miembros de cada una de ellas pasan tanto tiempo juntos, no es de extrañar que se selle un segundo compromiso, y convertir a su hija en la heredera del título que estaba a punto de asimilar yo casándola con el heredero de mi marido pasó a ser la principal misión de mi tía.

–Y así sigue siendo –no pude evitar comentar–; casi me echan del baile la otra noche, obsesionada como estaba Madame Delahoussaye por asegurarse de que lord Payne fuese la pareja de su hija.

–Y eso que yo ya le había pedido a Fitzroy que sacara a bailar a Fanny en la primera ronda, justo después de su tío y de mí.

No hay nada que deteste él más que bailar, por muy bien que se le dé, y considera que estar al lado de Fanny es todo un castigo.

Habría preferido bailar contigo, mi querida Jane… Eso mismo me dijo.

–Me halaga. Pero nos estamos desviando del tema.

–En Londres, los hombres del negocio de mi futuro esposo a menudo acaparaban su atención y, por tanto, no podía acompañarme a los entretenimientos de la temporada tanto como le habría gustado.

A Frederick no le supuso ningún problema, no obstante, mandar a Fitzroy en su lugar, y mi tía no desaprovechó la oportunidad para convertir a Fanny en la tercera en discordia.

Isobel se detuvo, absorta en sus recuerdos.

–Cuántas horas paseamos los tres por la calle Bond, Jane, las dos damas a cada lado de Fitzroy, o salimos a respirar el aire fresco del parque desde nuestro carruaje, él sentado enfrente de mí y Fanny a su derecha.

Con el paso del tiempo, empezó a ser un suplicio; su mente y la mía eran demasiado afines como para desaprovechar cada oportunidad que se nos presentaba para conversar.

Teníamos mucho en común que nos conmovía y entusiasmaba, pero, bajo la creciente felicidad que nos embargaba en compañía del otro, subyacía un desespero latente.

Mi destino ineludible se cernía sobre nosotros, y deshonrar al hombre que tanto había hecho por los dos no era una opción.

Huelga decir que los dos pensábamos lo mismo, aunque no nos lo hubiéramos dicho expresamente, aunque no hubiéramos hablado de los sentimientos que se adueñaban de nosotros en presencia del otro.

Esa clase de conversación solo habría servido para hacernos más daño.

Guardó silencio, sumida en la amargura.

–¿Hasta cuándo fue así…? –la urgí.

La condesa vaciló, como si se mostrara reacia a revivir en voz alta las indiscreciones del pasado.

–Hasta el día en el que Fanny se encontró indispuesta, porque la noche anterior se obcecó en cenar comida fría.

–¿No pudo acompañaros al día siguiente?

–Así es. Teníamos planeado ir de visita a Hampton Court, adonde llegaríamos en barco por el Támesis, y así lo hicimos, aunque solo éramos dos.

–El rostro de mi amiga sufrió una transformación repentina–.

¡Qué delicia aquellas pocas horas, Jane!

¡Aquel día sentí en carne propia la felicidad absoluta!

¡Cuántas risas, cuántos silencios cargados de significado, cómo me temblaba la mano cuando le cogía del brazo para dar un paseo!

Nos desplazábamos por habitaciones señoriales y jardines como si fueran nuestros, como si acabáramos de llegar a nuestro reino.

Una farsa exquisita. Durante un rato, jugamos a ser las personas que nunca podríamos ser.

Parte de la efusividad de Isobel afectó a mis sentidos y tuve que recomponerme.

–¿Y hablasteis entonces del futuro?

–¿Cómo no íbamos a hablar? –Su aspecto risueño se apagó de pronto–.

Pero fue un tema de conversación que reservamos para el final del día, cuando las largas sombras anunciaron el fin de nuestra libertad, nuestro paraíso perdido.

Al reflexionar acerca de nuestro regreso ineludible, de toda la falsedad implícita, Fitzroy comprendió que le resultaba insoportable, y, a la sombra de un gran árbol en los jardines del palacio, me sostuvo en sus brazos y… me besó, Jane.

Guardé silencio, embargada por la lástima y una sensación de horror.

–Su recuerdo sigue ardiendo en mis labios –comentó Isobel, rozándose la boca con un dedo–. Y ardió en mi corazón durante toda esa noche, mientras cenaba con el pobre Frederick… y con Fitzroy, que se sentaba enfrente de mí, como si se hubiera vuelto de piedra.

Mi amiga me cogió de la mano y me la apretó con fuerza.

–¿Alguna vez lo has sentido, Jane? ¿Una tristeza arrolladora y, al mismo tiempo, una euforia vertiginosa?