Jane Austen y el incómodo incidente en Scargrave Manor Capítulo 4 El lamento de la viuda
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Capítulo 4 El lamento de la viuda

El lamento de la viuda

–Te habrás dado cuenta de que siempre está pendiente de mí.

Isobel se había levantado del diván y permanecía de pie delante de la chimenea, con la mano apoyada en la repisa y los encantadores ojos fijos en mi rostro.

Estaba magnífica, con la fina bata de encaje de Valenciennes y el oscuro cabello pelirrojo refulgiendo a la luz. ¿Cómo no iba a adorarla Fitzroy Payne?

–El afecto que transmite la actitud de Fitzroy Payne excede lo que se espera de un caballero y una tía política –contesté yo con cuidado.

–¿Aun tratándose de una tía cuatro años menor que él? –Soltó una carcajada amarga–. ¡No hay familia más incoherente que esta!

–Sabías qué edad tenía el conde cuando te casaste con él, Isobel. Un hombre que te saca veintiséis años, como es natural, tendrá ya un sobrino o dos.

–Pero ¿un sobrino como Fitzroy? ¿El paradigma de los hombres?

–Comenzó a caminar de aquí para allá por delante de la chimenea, con los brazos cruzados sobre el pecho, como para protegerlo, y con aspecto martirizado–.

¿El hombre al que tendría que haber conocido antes, Jane, y, después de conocerlo, casarme con él, como debería haberme casado, por amor y no solo para asegurar mi destino?

–No sabía que habías aceptado al conde por motivos mercenarios, Isobel.

He de confesar que estaba atónita, pero la conversación que habíamos tenido a propósito de la vida de casada, en el pequeño hueco de la ventana la noche del baile, resurgió entonces en mi mente con todo lujo de detalles.

–Entonces es que no has entendido en qué circunstancias se encontraban los negocios de mi padre cuando falleció –dijo la condesa, girándose para mirarme–.

Como recordarás, murió un año antes de que yo llegara a Inglaterra.

Si te digo la verdad, poco quedaba de su fortuna.

Las plantaciones de Crosswinds, mi hogar de la infancia, han sufrido numerosos contratiempos, debido, en parte, al precio bajo del café, en parte a una plaga que afectó a los arbustos, por no hablar de las revueltas entre los esclavos que trabajan las tierras.

La sombra de lord Harold Trowbridge se cierne sobre esta casa porque nuestras propiedades están al límite.

–¿Has recibido noticias, en los últimos tiempos, acerca de cómo está la situación con la plantación?

–Me las ha dado Trowbridge en persona. Hace solo seis meses, regresó de un viaje para inspeccionar sus inversiones en las Indias Occidentales, de las que espera que Crosswinds pase a formar parte. No llevaba en Inglaterra ni una semana cuando, por desgracia, se cruzó conmigo.

–Pero ¿qué influencia puede ejercer sobre ti, Isobel, que no haya ejercido sobre tu padre?

–Lord Harold es mi principal acreedor, Jane.

Ha comprado todas las deudas de mi padre, a un precio muy bajo, y ahora ha empezado a exigir el pago de unos préstamos de hace unos treinta años…

con unos intereses exorbitantes –dijo mi amiga, retorciéndose las manos en señal de desesperación–.

No tengo otra opción, eso me dice Trowbridge, sino darle las tierras a cambio de la condonación de la deuda de mi padre.

–No sabía que te encontrabas en esta situación.

–¿Cómo ibas a saberlo? –dijo Isobel, angustiada–.

No quiero anunciarlo a los cuatro vientos.

Pero todo lo que he hecho desde la muerte de mi padre ha sido por el miedo que me suscita perder Crosswinds.

Decidí mudarme a Inglaterra hace dos años, por encima de todo, para buscar un buen marido, un hombre influyente y adinerado que me pudiera ayudar a sacar a flote mis negocios.

Pensaba que había encontrado todo eso en Frederick.

Isobel alzó la mirada hacia el retrato de su difunto esposo; su rostro era la viva imagen de la ternura.

–No me importa admitir que él estaba al tanto de mis problemas cuando se casó conmigo, Jane –prosiguió, mirándome a mí–.

Yo jamás uniría mi fortuna, tan incierta, a una como la suya sin antes sincerarme con él.

Lord Scargrave me amaba tanto… –al decir esto, embargada por la emoción, tuvo que guardar silencio unos instantes– que estaba dispuesto a velar por mis intereses sin pensárselo dos veces.

Siempre hacía lo que estuviera en su mano; incluso se entrevistó con Trowbridge la mismísima noche de nuestro baile nupcial.

–¿Y qué hay de ti, Isobel? ¿Lo amas tú de la misma manera?

–Pensaba que lo que sentía podría describirse como amor –respondió mi amiga con un hilo de voz, llevándose una mano al cuello–. Tal vez me dejé engañar por el deseo de alcanzar la seguridad que él me ofrecía. Oh, ¿cómo describir al hombre que fue mi marido, Jane?

Se desplomó una vez más sobre el diván, presa del desánimo.

–Parecía un caballero respetable –comenté yo.

–¡Jane, Jane! ¡Tanta frialdad, tratándose del pobre Frederick…

! –Los ojos de Isobel se le llenaron de lágrimas–.

Lord Scargrave no era un hombre joven, como has podido constatar, salvo por la vivacidad de su espíritu y la energía con la que se entregaba a sus grandes pasiones.

Era un hombre muy cariñoso y con sentido del humor, aunque, si se le ponía al límite, sacaba a relucir el férreo carácter de sus antepasados.

Yo admiraba a Frederick, lo respetaba, le profesaba una gratitud tan profunda que no podía parar de describírsela…

Lo estimaba, Jane, como una hija estima a su padre.

En efecto, en ocasiones me pregunto si lo que yo buscaba cuando me lancé de lleno al mercado del matrimonio no sería un segundo padre.

–Pero ¿y el amor, Isobel? –insistí yo. Permaneció en silencio, con la mirada fija en las llamas. De pronto, se estremeció y yo me apresuré a envolverla con una manta–. Que no te coja el frío, querida mía; ya ha habido suficientes enfermedades en esta casa.

La condesa me sonrió con tristeza y negó con la cabeza.

–El dolor inmenso que siento sí podría llegar a perjudicar mi salud, pero el frío no, querida Jane.

–¿El dolor por tu marido?

–Y por mí misma –respondió en voz baja, devolviéndome la mirada–.

De joven no conocí el amor. Hubo muchos coqueteos vanos, por supuesto; eso es inevitable.

Pero el día que me casé con el conde, descubrí lo que es sentir algo más profundo, y, que Dios me perdone, no fue por el hombre con el que contraje matrimonio.

No hay nada que se pueda decir ante una confesión tan dolorosa.

No existe una respuesta adecuada para una angustia como esta, una angustia como la que sentía, sin duda alguna, Isobel, como la que había sentido durante su breve matrimonio y como la que no podía reprimir ni siquiera tras la muerte prematura de su esposo.

Me imaginaba que el fallecimiento del conde había incrementado, en vez de disuelto, su pesar, pues había agudizado la sensación de que ella le había hecho algo muy malo, algo que ahora no se podía reparar.

–¿El conde no lo sabía?

Me acomodé en una silla enfrente de su diván y busqué consuelo en el calor que desprendían las llamas. Las tierras que se desplegaban más allá de las ventanas de la condesa yacían en la oscuridad más absoluta, y el frío mordaz de diciembre arremetía contra la casa.

Isobel negó con la cabeza.

–Rezo a Dios para que así sea. Una traición como esta le habría resultado insoportable. Por su bien, demostré un decoro intachable y Fitzroy hizo lo mismo. Este último no querría que la deshonra cayera sobre el hombre al que adoraba casi como a un padre, si podía evitarlo.

»Ahora no dudo, después de leer esa carta despreciable, que nuestros sentimientos han debido de delatarnos a través de pequeños gestos –continuó, señalando la misiva de Marguerite–.

Entre muchas otras cosas, lo que siento es miedo por mi marido.

Si ella, que no es más que una sirvienta, se dio cuenta, ¿de qué no se habrá dado cuenta él, aunque no haya dicho nada?

Me apresuré a consolar a mi amiga:

–Una doncella a veces pasa más tiempo en compañía de su dama que su propio marido, Isobel.

Sabes que es así. Las de Marguerite puede que solo sean conjeturas; simplemente ha acertado.

Teniendo en cuenta el estado de ánimo de tu marido hace dos noches, me inclino por pensar que se consideraba un hombre dichoso que se había ganado todo tu cariño.

–Pareces convencida, Jane –Isobel hablaba con vehemencia–. ¿Tú misma te dejaste engañar por la fachada?

–Sí, hasta que lord Payne echó al demonio de Trowbridge.

El vizconde, entonces, demostró una preocupación por tu bienestar que iba más allá de lo acostumbrado entre un sobrino y una tía a la que acaba de conocer.

Oh, Isobel, ¿cómo han podido dos personas como vosotros, honradas y sensatas, dejar a un lado el recato?

Un leño se partió de pronto en el fuego, desperdigando brasas incandescentes a nuestros pies, e Isobel se sobresaltó, con la mirada fija en el retrato de su marido. Me agaché para coger el atizador y me distraje con la chimenea. Mi amiga, mientras tanto, se llevó una mano temblorosa a los labios.

–Sé que parece una locura, lo sé –respondió–, como solo el amor puede serlo.

–Inspiró hondo, si acaso para armarse de valor antes de retomar la palabra–.

Fitzroy es mi verdadera alma gemela, Jane; pensamos con una sola mente y, cuando no se nos permite hablar, nos comunicamos a través de una sola mirada.

Sus palabras poseían una fuerza particular que me llegaba al corazón, pues eran casi las mismas que me dije a mí misma en una ocasión, a propósito de otro hombre joven que permanecerá siempre fuera de mi alcance.

17 Con torpeza, se me cayó el atizador y, para camuflar lo desconcertada que me sentía, volví a cogerlo.

Isobel reparó en mi malestar, pero malinterpretó su origen; de ahí que sus próximas palabras fueran tan mordaces.