Capítulo 25 Epílogo de Jane
Epílogo de Jane
Hoy he recibido noticias, de parte de sir William, acerca del juicio de Madame Delahoussaye en los Tribunales de Assizes, que se celebró hace pocos días; las diligencias fueron breves, como era de esperar, y hoy mismo la condenada se ha reunido con su Creador.
Me inspiraría una profunda lástima, de no ser porque ella se quedó de brazos cruzados, con total tranquilidad, cuando Isobel se enfrentaba al mismo destino; además, soy incapaz de olvidarme de la imagen de la ilusa Marguerite Dumas, que se envara presa del espanto ante su inesperada muerte.
Hoy está nevando, a pesar de que el invierno esté a punto de terminar, y siento que vuelvo a estar en el oscuro cobertizo del recinto de los caballos, con el charco de sangre oscura en la paja, y, si bien soy consciente de que Madame ha abandonado esta vida, rezo por su alma inmortal.
Me he recuperado por completo de la agresión; las marcas en el cuello han desaparecido y he tomado la decisión de evitar toda propuesta de matrimonio en el futuro, por miedo a que un rechazo explícito propicie otra oleada de asesinatos en alguna que otra casa de campo.
Los miembros de la familia Scargrave no lo ven de la misma forma y, como en toda novela de costumbres que se precie escrita por mis coetáneos, esta historia ha terminado con bodas por doquier.
La pobre Fanny Delahoussaye fue la primera en lanzarse a ese feliz modo de vida: se escabulló a Gretna Green con el señor Cranley mientras su madre seguía en la prisión de Newgate y ahora da la noticia de su embarazo sin apenas sonrojarse.
Con gusto se ha olvidado de que juró que nunca se casaría con un abogado.
El señor George Hearst ha recibido una generosa dotación por parte de los Scargrave según las cláusulas del testamento del difunto conde, que ha cambiado a todos los efectos por una en Newcastle.
Se ha marchado al norte con su Rosie, que, con un poco de educación, atención y dulzura, promete ser una excelente esposa para un coadjutor.
Si bien Fitzroy Payne ha recuperado la buena opinión de Isobel –y de tal manera que ella no puede evitar sonrojarse a causa del remordimiento y de la vergüenza–, él y la condesa todavía no se han unido en matrimonio.
Las heridas de todo lo que han vivido siguen abiertas.
Además, deben enfrentarse al peso de la opinión pública, pues, aunque se han librado de la horca y toda la humillación de las semanas previas al juicio es agua pasada, siguen siendo objeto de numerosas especulaciones.
Isobel ha abandonado los círculos sociales por completo, mientras que el conde dedica su tiempo a encontrar a un capataz adecuado para su patrimonio en las Indias Occidentales.
Ha organizado un viaje a dichas tierras en mayo y apremia a Isobel a que lo acompañe; mi amiga, por el momento, no se ha negado.
Se hospeda en la casa de Londres de su difunto marido, puesto que los recuerdos amargos de Hertfordshire y de Scargrave Manor siguen siendo demasiado vívidos.
Se ha desembarazado de la deuda, tal y como dijo lord Harold, ya que dicho caballero le envió un voluminoso paquete con los pagarés anulados unos días después de su puesta en libertad.
La traición de su tía, en contraposición con la bondad de Frederick, ha puesto a mi amiga seria y triste, pero es joven, posee riqueza y belleza y no podrá dar la espalda a la vida mucho más.
Con la ayuda del tiempo y del olvido, creo que Isobel hallará la felicidad de nuevo en la mente y la juventud de Fitzroy Payne, tan semejantes a las suyas.
¿Y qué hay de lord Harold Trowbridge? Es un hombre curioso.
Que me tenga en alta estima –algo innegable– es un honor que no he podido apreciar hasta poco antes de que perdiéramos el contacto.
Vaya donde vaya, se le malinterpreta, se desconfía de él y se le detesta, excepto quienes requieren de sus servicios, pero, en todo caso, inspira un temeroso respeto.
He dicho con anterioridad que prefiero pasar una hora entre las personas de mala fama que dos minutos entre las insípidas, y mis gustos han vuelto a demostrar ser infalibles.
Tengo aquí una carta escita por Trowbridge de su puño y letra –«Al ángel de luz»– que contiene una sola oración: «Mi querida señorita Austen –dice–, tomémoslo como una lección: hizo falta una mujer para adivinar lo que había hecho otra mujer».