Capítulo 3 Una pluma cargada de veneno #2
Oriunda, al igual que Isobel, de las Indias, aunque estudió en Londres, la principal misión en la vida de Fanny a los diecinueve años de edad parece ser conseguir un marido.
Ella y su madre no parecen llegar a un consenso en este aspecto: Madame Delahoussaye se decanta por el nuevo conde, Fitzroy Payne, como haría cualquier madre, mientras que Fanny demuestra un claro favoritismo por el canalla arruinado de Tom Hearst. No ha habido duda en ningún momento de si tendrá la posibilidad o la capacidad de cautivar a ninguno de estos dos caballeros; se da por sentado que sus encantos los conquistarán.
Yo, en cambio, no comparto su entusiasmo.
Dejando a un lado los hermosos vestidos de Fanny y su fortuna, cualquier otra joven de cabello rubio, ojos vacíos y buena parte del pecho al descubierto no tiene nada que envidiarle.
Inclina la cabeza con una gracia exquisita, pero es incapaz de pronunciar una sola palabra sensata; todo este exceso de elegancia solo puede ser consecuencia de la más fina de las escuelas de etiqueta para señoritas.
No es de extrañar que hable italiano y que posea todo tipo de atributos…
en el arte de pintar abanicos, hacer flecos y posar para el diseñador de batas francesas. 14
Mis palabras no dejan de delatar irritación y rabia, y he de reconocer que me ha poseído el demonio de la envidia.
Obtener la fortuna y el aspecto de Fanny Delahoussaye y perder mi inteligencia y perspicacia sería un intercambio insoportable, pero, cuando veo con qué naturalidad da por sentado que acabará contrayendo matrimonio, con qué facilidad se acerca hacia esa posición social, he de admitir que me gustaría estar en su lugar unas pocas horas.
Desconozco qué se siente al ser hermosa y tener una vida holgada; los hombres a los que he conquistado siempre se han sentido atraídos por mí en contra de sus instintos, lo cual dice mucho de mi mente avispada y de mi buen humor.
Pero ¿qué mujer no se mostraría reacia a aceptar algo así, soltera como estoy, ante tanta belleza y fortuna?
Ese mismo día, más tarde
Llevaba menos de una hora en la sala de estar cuando un criado apareció para comunicarme que Isobel me estaba buscando. Me apresuré a acudir a su lado.
–¡Querida Jane! –gritó mi amiga, tendiéndome una mano blanca desde el diván en el que se había acomodado–. Primero te suplico que te quedes en Scargrave y, luego, te dejo tirada para buscar consuelo en la soledad. Me temo que estoy siendo una anfitriona de lo más desconsiderada.
Lancé una mirada alrededor de la alcoba de Isobel con cierta sorpresa; a esa habitación, al menos, los mohosos fantasmas de Scargrave no tenían acceso.
Anticipándose a su esposa, el conde había vuelto a amueblar los aposentos con elegancia y gusto; los muebles eran hermosos y de colores claros, el papel que decoraba las paredes era nuevo, unas llamas ardían con viveza en la chimenea y la imagen de Frederick, lord Scargrave, miraba a su esposa desde un marco bañado en oro situado sobre la repisa.
Un libro y un platillo para el té descansaban, fieles compañeros, en la mesilla al lado de Isobel; todo permanecía en calma y en orden.
Comprendí, entonces, por qué se negaba a hacer acto de presencia en las frías habitaciones del piso inferior.
Pero el consuelo que le brindaba su alcoba no había logrado levantarle el ánimo; de hecho, todo su ser transmitía una languidez extraña en ella, y, por su aspecto demacrado, supe que había sido incapaz de conciliar el sueño estas últimas noches.
–No te lo podría echar en cara, tal y como están las cosas –le dije, acomodándome en el suelo a su lado–. Tú no te preocupes por mí. Tus parientes más cercanos se desviven por que esté bien. Pero, dime, Isobel, ¿en qué puedo ayudarte? ¿Será posible aliviar un dolor como este?
–Jane, no trates de arrebatarme mi angustia –contestó la condesa con amargura–.
Estos son los últimos momentos que podré dedicarle, pobre esposa de mí, al desafortunado Frederick.
–Desvió la mirada hacia la chimenea; tenía el cabello pelirrojo despeinado y caía como una cortina sobre su rostro.
Sufrió en silencio unos instantes. Entonces, buscó mi mano y me la aferró con fuerza–.
Pero tengo un problema peor que el dolor, querida Jane, y espero de corazón que tú puedas ayudarme.
Me moría de la curiosidad.
Isobel me entregó un trozo de papel.
–Entre el correo de esta mañana estaba esta nota sin sentido. No entiendo a qué se refiere y me gustaría que me dieras tu opinión.
En la carta aparecía la dirección de Isobel y contaba con un sello muy barato, como el que ofrecen en las tabernas; la redacción era desastrosa.
Pensara que estan libres de toda soupçon, milady, usted y ese hombre alto tan callado que me traspasa con su mirada, pero colgarles seria poco.
He de confiar en mi Salvador. Nadie esta a salvo con usted.
Por eso me he marchado esta mañana y no me volvera a ver.
La siguiente carta se la enviare al buen sir William y, entonces, veremos que sera de los asesinos.
–No está firmada –dije.
–Eso no es lo más extraño de todo.
–Dejando a un lado, por un momento, las acusaciones –dije, mirando a Isobel por encima del borde del papel–, debemos tratar de entender qué quiere decirnos la carta.
Claramente, la ha escrito alguien del servicio en un papel normal y corriente y con tinta barata, una persona con poca pericia en el arte de la escritura, a juzgar por su caligrafía, y para la que nuestra lengua no es su idioma nativo.
Por la forma en la que está escrita, se puede concluir que la persona que la ha redactado es de origen francés; la palabra soupçon , ahí donde debería poner «sospecha», así parece indicarlo.
Pensando en la referencia al Salvador, entiendo que se trata de una mujer y, posiblemente, católica, pues es poco probable que un hombre sea tan pío a la hora de acusar a su superior de asesinato.
–¡Jane! –exclamó Isobel, enderezándose en el diván–. ¡Has hecho un análisis maravilloso! Casi diría que has escrito esta carta tú misma.
–Por supuesto que no la he escrito yo, pero creo adivinar quién ha sido.
–Por favor, revélame tus sospechas. –La voz de mi amiga temblaba de la emoción.
–Tu doncella, Marguerite –dije con seriedad–. ¿La has vuelto a ver desde que recibiste la carta?
La cara de la condesa se tiñó de rojo escarlata, antes de adquirir una palidez mortal.
–No, no la he visto –contestó, vacilante–. Marguerite vino a atenderme esta mañana y, desde entonces, no la he vuelto a ver. Di por sentado que se había dado cuenta de la desgracia que ha caído en esta miserable casa y que me había dado espacio para enfrentarme a todo esto en soledad.
–Me temo que eran otras sus intenciones. –Lancé una mirada al reloj en la repisa de la chimenea de Isobel; faltaba poco para la hora de la cena, a las cinco, y la oscuridad decembrina ya había caído sobre el mundo–. Será imposible dar con ella a esta hora.
–Pero, Jane, ¿por qué me habrá acusado Marguerite de algo tan cruel? –Los ojos marrones y cariñosos de Isobel se anegaron en lágrimas–. ¡Yo, la asesina de mi propio marido! ¡Es inconcebible!
–No te culpa solo a ti, querida –dije despacio–. También menciona a otra persona.
–Al hombre alto –dijo Isobel, con la voz entrecortada–. Debe de referirse a Trowbridge.
–¿Qué sentido tiene?
–¿Qué sentido tiene nada de esto?
–No creo que sus caminos se hayan cruzado mucho –argumenté.
–Así es.
–Entonces, querida mía, hemos de admitir que podría referirse a otro –hablé con cierta brusquedad, y esperé a ver el resultado de mi impertinencia con cierta urgencia.
Se hizo el silencio unos instantes, mientras Isobel trataba de entender a qué me refería yo. Entonces, alzó los ojos hacia los míos sin perder lo más mínimo la compostura.
–¿Fitzroy Payne? –dijo.
–Me parece lo más probable. Es de la familia y se habrá encontrado con la doncella con mayor frecuencia.
–Me parece que tienes razón. –La condesa toqueteaba con los dedos el fino encaje de su bata, como si repasando los hilos fuera a resolver el rompecabezas que se presentaba ante nosotras–.
Sería muy propio de Marguerite mencionar de pasada que Fitzroy «la traspasa con su mirada».
En más de una ocasión, la he visto hacer un gesto como para protegerse de un mal de ojo cuando él la miraba por casualidad; no se fiaba del pelo cano en un hombre tan joven y juraba que era obra del diablo.
–¿Hasta ese punto se dejaba llevar por la imaginación la doncella, Isobel?
–Marguerite era una criatura de lo más supersticiosa e ilusa, y la razón es que se crio en la isla.
–Los ojos de mi amiga se cruzaron con los míos; en su mirada relucía cierta inquietud–.
Me imagino que la enfermedad de mi marido la ha dejado muy afectada, lo cual, con el tiempo, ha derivado en un verdadero arrebato de maldad.
–Así debe de ser, sin duda –dije con dulzura–, pero las consecuencias son igual de injuriosas para tu reputación y para tu bienestar, Isobel. La doncella amenaza con informar al tal sir William. ¿Quién es él?
–Sir William Reynolds –contestó Isobel–. El magistrado. 15
–¿No será sir William Reynolds, el que antes estaba en el Tribunal Superior del Rey?
Isobel se encogió de hombros; se la veía perpleja.
–No sabría decirte, Jane. No conozco a ese hombre. ¿Tú sí?