Capítulo 3 Una pluma cargada de veneno
Una pluma cargada de veneno
Los vivos no alcanzarán la paz mientras convivan con los muertos.
Tenía pensado regresar a Bath la mañana después de la defunción del conde, puesto que consideraba que un momento como este debía vivirse en familia, pero Isobel insistió en que me quedara, de modo que aquí sigo, en Scargrave, caminando de puntillas por sus pasillos laberínticos con la esperanza de atraer la menor atención posible.
Ahora que la conozco mejor, la mansión resulta ser una casa inhóspita: sus muebles pertenecen a generaciones del pasado e impera en su interior un silencioso deterioro.
He caminado por los suelos de una infinidad de habitaciones, adonde no han llegado la felicidad de su dueño ni sus gustos incuestionables; es una morada en la que lord Scargrave ha podido pasar muy poco tiempo y de la que ahora se despide para siempre.
El entierro del conde se celebrará mañana.
Durante estos últimos dos días, lo han velado en el salón, una habitación enorme y aireada poblada por sus ancestros, como si todos los difuntos de Scargrave se hubieran congregado para presenciar esta lóbrega despedida.
Unos oscuros semblantes de óleo fijan la mirada en el féretro de Frederick con las sonrisas de los tiempos del rey Carlos o las ariscas muecas de los de Cromwell, mientras que unas armaduras de una época incluso más remota se agolpan en las esquinas, prestas para batallar con la Muerte.
El salón se ubica en el mismo centro de la gran casa y todos los pasillos principales terminan o comienzan en él, de tal forma que, siempre que se intente dar un paseo por la planta baja, acaba una sumida en la melancolía.
Unos candelabros de plata donde arden velas de cera rodean la figura inmóvil del conde y unos soberanos de oro descansan sobre sus ojos; nada de velas de sebo ni peniques para un noble.
Iluminado por el fulgor parpadeante de las velas, el rostro de lord Scargrave parece tan demacrado como a la luz tenue de los aposentos donde falleció; esta no es la manera en la que un hombre como él querría que lo recordasen.
De no ser por las supersticiones de la gente de la zona, que viene a rendirle sus respetos en una fila silenciosa y movediza, Isobel habría ordenado que cerraran el ataúd, pero todos los habitantes de la región deben constatar con sus propios ojos que el conde de Scargrave está muerto de verdad antes de que su heredero reclame el título.
Así pues, se sigue la tradición y se sacrifica cualquier sensibilidad en el altar.
He de confesar que yo también me he estremecido una o dos veces al pasar por el salón; ojalá no tarde en olvidar esa expresión angustiada que la muerte ha grabado en la cara contorsionada del difunto.
Tal vez, cuando lo consiga, al fin destierre los pensamientos que se acumulan en mi mente con una vehemencia excesiva.
Las garantías del doctor Philip Pettigrew, el médico venido de Londres, de poco han servido para acallarlos.
El buen doctor asegura que ha visto con anterioridad un problema similar en el intestino y no halló indicio alguno de que haya intervenido en su muerte una mano malvada; lo achaca a la cantidad de vino que el conde ingirió aquella velada, además de la carne, una situación que me parece más propia de una apoplejía que de la dispepsia. 10
No dejo de pensar en que la enfermedad mortal de lord Scargrave, tal y como ya he mencionado, presentaba los síntomas de un laxante extremo, como si los vómitos los hubiera provocado una fuerza más virulenta que el vino de Burdeos.
Pero Isobel parece satisfecha con la explicación, si es que tal palabra es apta para describir el estado de desánimo en el que se encuentra, y los hombres de la familia Scargrave guardan luto sin hacer más preguntas.
Así pues, mi sabiduría pueblerina ha de rendirse ante la gran pericia de Londres.
Isobel permanece enclaustrada en sus aposentos, como es natural; Fitzroy Payne, en la biblioteca, donde, con la ayuda de sus asesores legales londinenses, repasa toda una miríada de documentación relacionada con el patrimonio del difunto conde.
Lord Harold Trowbridge, quien, de tener buenos modales, se habría marchado ya, divide su tiempo entre lord Scargrave 11 y la sala del billar.
Los hermanos Hearst, a pesar de que comen en la mansión todos los días, han decidido guardar luto en privado en su pequeña casa, ubicada dentro de las tierras de la propiedad; he visto a George Hearst caminar por la nieve, con las manos detrás de la espalda y sumido en la contemplación de algún abismo interior suyo, mientras que el teniente parece dedicar sus horas a instruir a un revoltoso perro cazador entre una serie de arbustos.
De modo que la tía de Isobel, Madame Delahoussaye, y su hija, Fanny, son mi única compañía.
Dudo que un término tan alegre como este, que promete buenas conversaciones, afecto mutuo y, en general, cierta finura, se haya usado alguna vez de forma tan irreflexiva.
¡Tres mujeres confinadas por el mal tiempo, entre labores de costura y libros que poco interés despiertan, con un conde muerto al otro lado de la puerta de la sala de estar!
No es algo que se pueda soportar durante muchas horas seguidas.
Madame Hortense Delahoussaye es la hermana de la madre de Isobel, fallecida hace muchos años, y oriunda, al igual que ella, de las Indias, y ha convertido la promoción de sus dos niñas, como las llama siempre, en su misión social; a saber, su hija Fanny y su sobrina huérfana, Isobel.
Habla ella sola por una familia entera; quizá debamos atribuir la muerte de su marido hace dos años a los excesos de conversación de esta dama.
La escucharía con mayor ánimo si sus modales fueran como los de su sobrina, pero la altivez que embarga a Madame Delahoussaye por su estatus social resulta más que evidente.
Cuando aparecí al lado de Isobel al comienzo del baile, su tía me miró el vestido de pies a cabeza, se enteró de que mi padre es clérigo y, a partir de ese momento, reservó su esplendor para otras personas a las que la fortuna les sonríe más que a mí.
En vez de mostrarse turbada por la trágica pérdida de su sobrina, Madame Delahoussaye, desde la muerte del conde, se ha dedicado a hacer encargos a sus tiendas preferidas de Londres, con ocasión del luto que tendrían que guardar en la casa; ahora mismo luce el traje que se puso en el decimosegundo mes de duelo por su marido, 12 pero le molesta, y mucho, la evidente falta de estilo de la prenda.
No suele dudar en dar su opinión: que el conde tendría que haberse limitado a tomarse el agua con limón que ella misma le había prescrito, mirando por su salud, que podrían haberse ahorrado el dinero del médico de Londres y que Isobel debería abandonar Scargrave y mudarse a la capital nada más terminar el funeral; así sería más fácil que Fanny disfrutase de la temporada en los círculos sociales de la ciudad, porque la pobre niña no deja de cumplir años.
Después de mencionar las perspectivas de matrimonio de Fanny, Madame Delahoussaye, como no puede ser de otra manera, pasa a hablar de la última tendencia en Francia en lo que a la ropa de luto se refiere, una nación, todo hay que decirlo, a la que no le han faltado oportunidades de indagar en el arte bajo el mandato de Bonaparte.
Todo comentario, no obstante, a propósito de la historia o de la política cae en saco roto en presencia de Madame Delahoussaye y de su hija; sus cabezas no están hechas ni para formular discursos profundos ni para participar en debates serios.
La señorita Fanny sigue las recomendaciones de su madre con gran esmero y siempre está atareada confeccionando listas de pedidos, imagino que con la intención de que a ningún sombrerero le falte de comer durante todo el año que está a punto de comenzar.
Yo, que no tengo ni sus fondos ni su instinto para la elegancia en un momento de pesadumbre como este, habré de contentarme, por ahora, con el traje de muselina gris que tengo en mi posesión, y, por lo que a mí respecta, ahí terminará mi duelo.
Sería una injusticia por mi parte no dejar por escrito que Fanny Delahoussaye tiene, efectivamente, buen gusto para la ropa.
Puesto que se pasa horas hojeando las páginas de Le Beau Monde , 13 nunca se la ve con nada que no sea el vestido más moderno y espectacular.
Si bien es dada a decantarse por colores chillones para sus vestidos de gala, para la ropa de día prefiere la opción más común entre las jóvenes damas –muselina o linón de color blanco–, pues es consciente de que ensalza con cierto toque angelical su perfecta apariencia, en la que las tonalidades que predominan son las rosadas y doradas.
Y, puesto que la perfección me pone enferma y de malhumor, he decidido dejar a un lado mi propio traje de linón blanco en lo que dure mi estancia en Scargrave.
Una invitación tan flagrante a compararme con la señorita Delahoussaye no es plato de buen gusto.