Capítulo 2 Lord Harold entra en escena #3
–Conociendo como conozco mi propia estupidez, señorita Austen, es mejor que yo guarde silencio; pero no dudo de que usted disfruta descolocando a los demás.
–¡A eso me refería! –exclamé–. Me acaba de dar la razón: usted no puede ni siquiera insultar a una persona sin que suene bien.
–Lo decía más como un cumplido que como un insulto; no puede tomarse a mal mis palabras.
–Fijó sus ojos oscuros en mí con una mirada penetrante–.
El deseo de descolocar a los demás puede considerarse un vicio tan solo en el caso de que la persona en cuestión carezca de la perspicacia necesaria para expresarse como es debido, pero, teniendo la perspicacia que tiene usted, señorita Austen, desde luego, algo así es toda una bendición.
Y ahora me temo que he de dejarla para llevar a término el cometido que me han encomendado: informar a mi tío de que mi tía se encuentra indispuesta.
Hizo una reverencia, yo asentí con la cabeza y, cuando otro caballero me abordó para bailar en ese momento, aparté la mirada de Fitzroy Payne, que se abría paso entre el bullicioso gentío.
Pero, a lo largo de la velada, comencé a valorar más los encantos de lord Payne.
Mis siguientes parejas de baile resultaron ser menos diestras en el arte de conversar y menos estimulantes incluso cuando guardaban silencio, en comparación con todo lo que me había demostrado el vizconde en una sola frase.
Fue después de un intercambio de palabras muy tedioso con uno de estos caballeros cuando se me ocurrió tomar un refrigerio y, separándome no sin alivio de mi insulso compañero, recorrí el pasillo que llevaba del salón de baile hasta la pequeña sala de estar, donde habían servido la comida.
Puesto que el último baile justo acababa de comenzar, tuve la bendición de encontrarme a solas de camino al ponche de vino.
Al pasar por la primera puerta cerrada que había en el pasillo, me detuve de pronto al oír el estallido de una discusión: me di la vuelta y miré con sigilo hacia la entrada de la biblioteca del conde, adonde lord Harold se había marchado hacía una hora.
Desde detrás de su puerta cerrada emanaban las voces de dos hombres, enzarzados en una acalorada discusión.
¿Lord Scargrave y Trowbridge? No podían ser otros.
Espero que se me perdone por dejarme llevar por la curiosidad si admito que, ya que me encontraba a solas en ese momento, me quedé a escuchar.
Oí bien las palabras.
–No le consiento que mencione bajo ningún concepto el nombre de Rosie Ketch –gritó uno de los caballeros–. Ya la ha difamado bastante.
–Lo que dice es irrisorio, señor, viniendo de usted.
–¿Acaso no me ofrecerá su apoyo en esto?
–Bajo ningún concepto, señor.
–Entonces, milord, aténgase a las consecuencias. Me ha puesto al límite, ¡y que Dios me perdone! Sé lo que tengo que hacer.
Las voces sonaban más de cerca, como si uno o los dos se hubieran aproximado a la puerta; busqué a mi alrededor un lugar donde cobijarme, pero no encontré nada salvo las gruesas cortinas que cubrían los ventanales.
Justo acababa de esconderme detrás de ellas, arruinando mi peinado y mi vestido, cuando la puerta se abrió de par en par y un hombre se precipitó fuera de la habitación; la furia de sus palabras lo impulsaba a alejarse con vehemencia del conde.
Me asomé por el borde de la cortina, convencida de que sería a lord Harold a quien vería, pero, para mi sorpresa, a quien vi fue a George Hearst, el hermano mayor del teniente. ¿Qué querría decir todo eso? El sombrío eclesiástico ¿era en realidad un hombre de mal carácter?
El señor Hearst justo acababa de marcharse cuando el conde en persona apareció en el pasillo, con la cara roja, como si le estuviera dando una apoplejía.
Recordé, entonces, lo mucho que se preocupaba Isobel por la salud de su marido y esbocé una sonrisa.
No era un exceso de vino de Burdeos lo que aquejaba al conde, sino problemas de familia, y lo más probable era que de eso nadie pudiera curarlo.
El conde se dirigió al salón de baile, y, después de detenerme unos instantes para enderezar mi pluma y peinar los bucles que me caían sobre las mejillas, seguí a mi anfitrión.
Llegué a tiempo para verle alzar la copa ante los reunidos en honor de la mujer con la que acababa de casarse, bebérsela toda y doblarse de dolor, presa de un ataque de dispepsia.
Dos criados sacaron a nuestro anfitrión de la sala sirviéndose de sus anchas espaldas, mientras él protestaba e insistía en que se encontraba de maravilla; Isobel, presa de la ansiedad, los seguía, y, así, se acabó la fiesta.
Lo que me devolvió al presente fue Isobel, que se presentó a mi puerta.
–Jane –me dijo con gran templanza–, ha terminado la crisis.
–¡Gracias a Dios! –grité, y solté mi pluma.
–¿Hemos de darle las gracias? –Me miró extrañada–. Me has malinterpretado. Ha terminado la crisis, mi querida amiga, y el conde ha fallecido.
Me acerqué a ella al instante, transmitiendo, a través de mi expresión, todo el pesar que sentía, y coloqué su cabeza sobre mi pecho.
Pero Isobel no tenía lágrimas que derramar; sus hermosos ojos del color del jerez estaban vacíos, ausentes, y tenía el cuerpo tan rígido como el conde que yacía frío en su cama matrimonial.
La solté sin pronunciar palabra, con la sensación de que el corazón estaba a punto de rompérseme, y la vi recorrer con amargura el pasillo.
Ahora me acerco a mi ventana y aparto las gruesas cortinas que huelen a moho para contemplar el inhóspito amanecer.
Ningún ojo humano verá al sol levantarse el día de hoy; el mundo entero viste un velo blanco, una nube impenetrable de frío y hielo que, al tiempo que congela la tierra, enfría, asimismo, el corazón.
Los vastos terrenos de Scargrave parecen ir a la deriva; los árboles negros se elevan como espectros hacia el cielo grisáceo de la mañana.
Pienso en Frederick, conde de Scargrave –en su alma, que demasiado pronto ha tenido que despedirse de la dicha terrenal, y en un día tan glacial como este– y me embarga la pena por todos los hombres mortales.
¿De qué vale el regocijo de anoche, sus frivolidades y triunfos vanos, en comparación con la magnitud de una tumba?
Suelto las cortinas, tapando la nieve, y me estremezco, vestida como estoy con el camisón.
He venido a Hertfordshire en busca de una distracción y con lo que me he encontrado es con la Muerte, en una versión más vívida y terrible que las que conocía hasta ahora.
Tal vez sea este mi merecido por haber sido tan cobarde –pues tratar de huir de tu lado más oscuro siempre tiene consecuencias–: presenciar el final agónico del conde de Scargrave e, impotente, no poder hacer nada para impedirlo.
9 . Cabe la posibilidad de que, con el tiempo, Austen convirtiera a Fitzroy, el vizconde de Payne, en su héroe más famoso, Fitzwilliam Darcy, aunque faltan pruebas concretas que lo confirmen.
Primeras impresiones , cuyo personaje masculino principal no es otro que Darcy, se escribió en el año 1796 y se rechazó para su publicación en 1797.
Más tarde se le cambió el título por Orgullo y prejuicio , se revisó concienzudamente a finales de 1802 o comienzos de 1803, después de la visita de Austen a Scargrave, y una vez más antes de que se publicara en 1812. ( N. de la E. ).