Jane Austen y el incómodo incidente en Scargrave Manor Capítulo 2 Lord Harold entra en escena #2
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Capítulo 2 Lord Harold entra en escena #2

Seguí el curso de su mirada y vi, presa de un mal augurio, el rostro que tanto miedo inspiraba en ella.

Se trataba de un hombre alto de edad indeterminada y esbelto, como corresponde a quienes pasan mucho tiempo al aire libre haciendo ejercicio.

Tenía la cara morena, un porte refinado y una actitud relajada mientras caminaba por el margen de la sala, con las manos juntas por detrás de la espalda y los ojos acechando el gentío.

Sabía a ciencia cierta que era a Isobel a quien buscaba y mi primer instinto fue el de ocultarla de su campo de visión.

Algo había en el aspecto de aquel caballero –los ojos entornados bajo un ceño fruncido, el cabello cano ondulado, la larga cicatriz que partía en dos una mejilla morena– que inspiraba terror.

Era este un hombre demasiado seguro de sí mismo; alguien como él siempre aspiraba a gobernar el mundo.

–Pero ¿quién es? –le pregunté a mi amiga en un susurro, como si los oídos de aquel hombre pudieran llegar a nuestro rincón resguardado.

–Es lord Harold Trowbridge –respondió Isobel, clavándome los dedos en el brazo hasta hacerme daño–, el hermano del duque de Wilborough.

Está empeñado en comprar Crosswinds, los terrenos de mi padre en Barbados, que han sufrido varios contratiempos en los últimos años.

No me deja en paz, ni de día ni de noche.

–Me parece que nos ha visto –le dije, al tiempo que se me aceleraba el corazón, cuando sus oscuros ojos inquietos se posaron sobre Isobel.

Una lenta sonrisa curvó las esquinas de la fina boca de lord Harold y, con una graciosa soltura, se abrió camino por la sala hasta donde nos sentábamos nosotras. No había escapatoria; detrás de nosotras estaba la pared y, delante, aquel hombre.

–Condesa… –Se inclinó mucho sobre la mano de Isobel–. Cuánto me alegro de darle la bienvenida a su nueva casa.

–Me temo que ha invertido usted nuestros papeles, lord Harold –dijo Isobel, haciendo un esfuerzo por esbozar una sonrisa–, pues soy yo la que he de darle a usted la bienvenida. Tengo el honor, por cierto, de presentarle a mi querida amiga, la señorita Austen, de Bath.

–El honor es todo mío –dijo lord Harold, con una mirada penetrante y haciendo una reverencia en mi dirección.

–¿Y ha encontrado la casa a su gusto? –inquirió Isobel.

–Así es –le aseguró él–. He llegado hace tan solo una hora de Londres, con la invitación de lord Scargrave, y la señora Hodges me ha recibido con todas las comodidades que pueda uno desear.

Ante la expresión de sorpresa de mi amiga, supuse que no se esperaba que aquel hombre fuera a alojarse en la casa, pero la insolencia de él no tenía límites.

–He de confesarle que por nada del mundo me perdería una ocasión como esta –prosiguió lord Harold–.

Ver a una dama casada con tanta felicidad y beneficio es, no cabe duda, motivo de alegría para aquellos de nosotros que tenemos su bienestar en tan alta estima.

–Su voz, si bien baja y refinada, portaba un matiz burlón que no nos pasó desapercibido ni a Isobel ni a mí.

–Cuánto me alegro de oírle hablar así –le contestó ella, poniéndose en pie, como para marcharse–, pues desde hace un tiempo pensaba que mi bienestar era, precisamente, la última de sus preocupaciones.

Fueron palabras bruscas y forzadas, toda una sorpresa para mis oídos, pero Trowbridge pareció no inmutarse. Con su complexión alta, tan firme ante nosotras como un árbol, le impidió el paso a Isobel de una forma que nada tenía de caballeroso.

–Condesa –dijo, con una voz tan tensa y cortante como la cuerda de un violín–, quisiera hablar con usted en privado.

Isobel había fruncido la boca y sus palabras, cuando las pronunció, cayeron al suelo pesadas como rocas.

–No hay nada que deba decirme esta noche, lord Harold, que no pueda esperar hasta mañana. Un baile no es el lugar indicado para hacer negocios.

–Pero, téngalo por seguro, la situación no habrá mejorado cuando amanezca –replicó con calma, y sonrió–. No esperaré eternamente, milady .

–Esperará lo que a mí me parezca oportuno. –Los ojos de Isobel no se apartaron de su rostro en ningún momento–. Recuerde, milord, que es su deber contentarme.

Le ardían las mejillas, ruborizada como estaba, pero, aun así, la palidez de sus facciones era extrema y temí que fuera a desmayarse de un momento a otro.

Fue lord Payne, el sobrino del conde, quien calmó las aguas al aparecer como una sombra junto al hombro de Trowbridge. Los dos medían lo mismo, si bien lord Payne superaba a Trowbridge en solemnidad; su cortesía resultaba, si acaso, ofensiva por lo exquisita que era.

–Lord Harold –dijo lord Payne, haciendo una profunda reverencia–, somos afortunados de contar con su presencia esta velada, pero me temo que he de privarle de la dulce compañía de las damas por petición de mi tío.

Ha pedido que se reúna con él en su estudio, y en esto, como en todo lo demás, me someto a su voluntad.

Eran pocas frases, pero pronunciadas con un tono tal que estuvieron a la altura de la situación. Lord Harold le dedicó a lord Payne una rápida mirada, nos hizo una reverencia a Isobel y a mí, y desapareció con el mismo sigilo con el que había aparecido.

–¡Es un diablo! –se lamentó Isobel, aferrando la mano de lord Payne–. ¡Me perseguirá hasta el fin del mundo!

–Ojalá pudiera liberarte de él para siempre –le dijo lord Payne–, y no solo durante el breve intervalo de tiempo que seguro que nos concede ahora.

–Retuvo la mano de la condesa unos instantes, mirándola con una expresión de inquietud y cariño, y, entonces, se recompuso–.

Me parece que no te encuentras bien, Isobel.

Le diré a mi tío que estás indispuesta y que te has retirado a tu alcoba.

Más que el hecho de que la tuteara sorpresivamente, fue la mirada tierna que le dedicaba a la esposa de su tío lo que me hizo comprender la situación.

No cabía duda de que le dominaba un sentimiento anómalo, tratándose de una parienta tan cercana, y recordé las chanzas de Tom Hearst: había dicho que Fitzroy Payne disfrutaba de la compañía de Isobel como de ninguna otra, y ahora entendía las insinuaciones del teniente.

El silencioso sobrino del conde, tan inescrutable a causa de su personalidad reservada, resultaba más expresivo cuando le animaban sentimientos más fuertes: lord Payne sabía lo que era amar.

–Por favor, dile eso mismo a Frederick de mi parte, Fitzroy –dijo Isobel con un hilo de voz, alejándose de nosotros dos–, pero dile que solo me retiraré un rato. No quisiera que Trowbridge pensara que se ha salido con la suya.

Como si se acordara de mi presencia por primera vez desde que lord Harold se marchó, me miró entonces y alcanzó a esbozar una sonrisa; a continuación, nos dejó.

He de dejar por escrito parte de lo que percibí en Fitzroy, el vizconde de Payne, pues me parece precisamente la clase de persona que podría servir de inspiración para uno de los personajes de mis novelas.

9 Es un hombre alto, bien formado, de una apostura singular, de ojos color gris oscuro sobre unos pómulos pronunciados.

Lo que más sorprende en un hombre de veintiséis años es su cabello, pues se ha vuelto del todo cano, lo cual no deja de concordar con su compostura solemne.

Todo el carisma de su personalidad debe compararse, no obstante, con sus modales, pues Fitzroy Payne es poseedor de esa clase de reserva que algunos confundirían con indiferencia y orgullo.

Que tiene derecho a ser orgulloso, siendo propietario de los cuantiosos terrenos de su padre y siendo, además, el hombre que con toda probabilidad heredará el título y las riquezas del conde, es algo que sabían todos los presentes en la sala de baile de Scargrave, pero los altivos silencios de lord Payne no despertaban más admiración por tener, como causa, una justa complacencia.

A pesar de que muchos ansiaban ganarse su favor, me costó encontrar entre los reunidos a alguien que en verdad sintiese afecto por él, motivo por el que disfrutaba de su compañía incluso más.

Era un capricho mío que se fijasen en mí las personas más singulares; preferiría pasar una hora entre las de mala fama que dos minutos entre las insípidas.

–He de darle las gracias, señor –le dije–, por socorrerme en un momento de extrema necesidad. Confieso que, a la hora de defender a Isobel, yo no estaba a la altura de lord Harold, al no conocer de lleno la situación.

–La honra no estar a la altura de lord Harold –dijo Fitzroy Payne.

Paseaba la mirada por encima de mi cabeza, en busca, imaginaba yo, de un cabello pelirrojo oscuro sobre un atrevido vestido verde, pero Isobel se había marchado del salón de baile. Tras una pausa, y tras observar un rato la danza, que justo acababa de comenzar, volví a la carga:

–Supongo que lord Scargrave ha invitado a lord Harold a la casa para conversar con él con mayor comodidad en su biblioteca; desde luego, a Isobel la ha sorprendido mucho ver llegar al caballero.

–Aunque hubiera estado al tanto de la llegada de Trowbridge con antelación, habría terminado indispuesta de todos modos –comentó lord Payne, mordaz.

–Le profesa la misma antipatía que la condesa –apostillé.

De esto no recibí respuesta alguna, más allá de un ceño fruncido y una aguda seriedad.

–Tal vez deberíamos llamar al teniente Hearst y que rete a lord Harold a duelo –sugerí yo, tratando de hablar con ligereza–. El teniente hará gala de su honor y servirá a una dama, dos intereses suyos en los que destaca, según lo que tengo entendido.

Una fría sonrisa, pero seguía sin decir palabra.

–Percibo cierta semejanza en nuestra manera de pensar, vizconde Payne –insistí yo, algo exasperada–. Poseemos los dos una naturaleza taciturna, desconsiderada, y preferimos guardar silencio, hasta que, llegado el momento, decimos algo que descoloca a todo el mundo.

Con estas palabras me gané, por un instante, cierta viveza en sus ojos grisáceos, y al fin me agasajó con una respuesta: