Capítulo 2 Lord Harold entra en escena
Lord Harold entra en escena
El más curioso de todos los incidentes que presencié la pasada noche se desencadenó a raíz de la llegada de un hombre, un caballero desconocido, pero de un aspecto tan malévolo que me estremezco solo de pensar que sigue debajo de este mismo techo mientras el conde yace en su lecho de muerte.
Él resultaría ser una pieza clave dentro de todo lo que descubriría sobre la vida de Scargrave Manor; tengo que pedirle explicaciones a Isobel, pues si vino hasta aquí fue por ella.
Estaba observando al teniente Hearst acercarse hacia donde descansaba el ponche de vino cuando Isobel apareció a mi lado. Tenía la cara colorada y los ojos marrones, encendidos.
–¡Mi querida Jane! ¿No te parece un baile excelente?
¿No es esta una reunión de lo más elegante?
Y, aun así, le he pedido a mi marido que me dejase un rato para estar congio –anunció, cogiéndome de la mano–.
Ven a esta esquina de aquí y cuéntame todo lo que ha sucedido; desde que has llegado, no he tenido ni un momento para estar contigo.
Me condujo hacia un canapé colocado estratégicamente en el hueco de una ventana; un lugar privilegiado desde el que contemplar el baile en su honor y conversar al mismo tiempo sin que nadie la importunara.
Lo cierto era que me sentía algo cansada después de enfrentarme a la conversación y al entusiasmo del teniente Hearst y me desplomé en el asiento con alivio.
–Y yo que pensaba darte la enhorabuena, mi querida Jane –empezó a decir Isobel–, pero parece que te has empeñado en negarme mi deseo.
Bueno, no vayas a salir corriendo –añadió, al reparar en mi expresión mortificada– por miedo a que te regañe; al contrario, te admiro.
Sí –insistió, cuando yo hice ademán de protestar–, te admiro por tu coraje.
Es poco frecuente dar con una mujer que antepone su bienestar personal al temor por el porvenir.
Rechazaste al señor Bigg-Wither, rechazaste su propuesta de darte un hogar, una familia y un nivel de vida acomodado, para así preservar tu independencia, en contra del parecer de todos los que deseaban lo mejor para ti y que respaldaban el compromiso. ¡Qué fuerza de voluntad!
–Si conocieras al señor Bigg-Wither, yo no te parecería tan noble –le dije–.
Dudo que haya otro hombre con tantas probabilidades de que lo rechacen en todo el país.
Lo que sí es sorprendente es que haya llegado a aceptarlo, aunque solo fuera por una noche.
Solo de pensar en tener que someterme a un interminable tête-à-tête con el señor Bigg-Wither al fulgor de la chimenea el resto de mi vida, en tener que presidir la hora del té en la casa Bigg-Wither, en aceptar la posibilidad de dar a luz a pequeños Bigg-Wither, todos ellos tan insulsos como su propio padre…
Todas estas pesadillas, al llegar la mañana, me escarmentaron.
–Pero, por lo menos, tus pesadillas duraron muy poco, Jane.
–Isobel se alisó los elegantes pliegues de su vestido de seda verde; su expresión se volvió sombría de improviso–.
Son muchas las damas, me temo, que deben vivir atrapadas en sus pesadillas en todo lo que dure su infeliz matrimonio.
Es mejor rechazar a un pretendiente que arrepentirse para siempre de un error.
–Así es. Si hubiera unido mi vida a la de él, habría sido una unión breve, pues me habría muerto de insomnio antes de que pasara ni una sola semana.
Mi intención era hacerla reír, pero, a decir verdad, la decisión de rechazar al señor Harris Bigg-Wither de Manydown Park tan solo veinticuatro horas después de aceptar su propuesta de matrimonio –para el contento de mis queridas amigas, sus hermanas– me provocó gran pesar y mortificación.
Es el heredero de grandes extensiones de tierras en Hampshire y cualquier dama que se precie lo consideraría un buen partido por su estatus social y su fortuna, en especial tratándose de alguien como yo, con unos recursos tan diferentes a los suyos, habiendo ya superado la flor de la vida.
A pesar de estos defectos de mi persona, el señor Bigg-Wither me había elegido como compañera de su futura vida prácticamente en el momento en el que entré por las puertas de Manydown House hace unas semanas.
En resumidas cuentas, su propuesta resultó de lo más gratificante, pues ni siquiera hizo ademán de cortejarme.
En un arrebato de gratitud… No, debo ser honesta: en un arrebato de vanidad pura y dura, acepté.
Pero es seis años más joven que yo, un individuo torpe, taciturno, que arrastra una pronunciada tartamudez, y, por muy distinguido que sea, eso no lo convierte en un hombre diferente.
Sin duda alguna, yo habría intentado cambiar la clase de persona que la naturaleza predisponía a Harris Bigg-Wither a ser, y, por tanto, solo le habría hecho daño si hubiera aceptado su propuesta.
Mi instinto de supervivencia y mi convicción de que un matrimonio sin amor es la peor clase de hipocresía me dieron las fuerzas suficientes, después de una noche en vela, para informarlo de que había cometido un error al alentar los favores que me prodigaba y para asegurarle que yo era la mujer menos indicada para hacerlo feliz como esposa.
Me marché de Manydown en menos de una hora sumida en un profundo desaliento, convencida de que no solo había perdido a un pretendiente, sino a buena parte de mis amistades más queridas.
–Y ahora has venido a Scargrave para olvidarte de tus problemas con este torbellino de frivolidad que se está desatando ante ti –comentó Isobel, reponiéndose de la aflicción que había destilado hasta entonces su apariencia y cogiéndome de la mano de nuevo–.
Nos aseguraremos de que así sea. Te buscaré a un hombre que baile contigo, te halague, te distraiga y arroje a Harris Bigg-Wither y su tartamudez a lo más profundo de tu mente.
–No, Isobel –protesté yo–, no te molestes en seguir buscando.
Creo que el teniente Hearst es el candidato ideal para lo que busco.
Posee apostura y carisma, sin el más mínimo indicio de que sea capaz de albergar sentimientos más profundos, y no tiene ni un solo céntimo en el bolsillo.
Encajará de maravilla con la hija de un clérigo sin dote.
Lo más probable es que me arruine la vida y, después, se marche para enfrentarse a una muerte noble ante los cañones de Bonaparte; para entonces, yo me tiraré a un estanque y buscaré consuelo en la bebida y el canto. ¿Hay un estanque en Scargrave, Isobel?
–Anda con cuidado, Jane –me dijo mi amiga, haciendo un esfuerzo por mostrarse seria–; Tom Hearst es un canalla encantador, pero capaz de hacer mucho daño.
Ojalá se desviara del camino de mi prima Fanny, porque, por el momento, lo único que ha conseguido es que ella se olvide de sí misma hasta el punto de parecer una perfecta estúpida; nada que ver, como sabrás, con su verdadera personalidad.
–Desde luego –dije, sin tenerlas todas conmigo en lo referente a la personalidad de Fanny–, pero ya está bien de hablar de mis problemas, Isobel.
Contemplé a mi amiga, que parecía toda una condesa, desde las perlas que le engalanaban el oscuro cabello pelirrojo hasta el elegante y esbelto torso de su vestido.
Solo había visto un escote como aquel en una ocasión hasta entonces, en una ilustración de la consorte de Bonaparte, Josefina, en una revista londinense.
Parecía que Isobel había nacido para vestirse así.
Pero, mientras observaba sus facciones, me descorazoné al percibir signos de hastío en sus ojos encantadores, como si ella, la que menos probabilidades tenía dentro de mi lista de conocidas, hubiera dormido mal la pasada noche.
Quizá asumir el estilo de vida de su marido había resultado ser un incordio.
–¿Cómo has estado tú, Isobel –le pregunté con dulzura–, durante estos tres meses de casada?
–¿Yo? ¿Qué podría decir yo sobre mí? –habló haciendo un esfuerzo, en mi opinión, excesivo, para aparentar alegría–. Soy lo que ves: una mujer casada y entrada en años, cuyas aventuras son ya cosa del pasado.
–Tienes buen aspecto.
–Me alegro de que lo digas –dijo, y una sombra le cubrió las facciones–, pues me dejo la piel para que así sea. No quisiera que mi marido pensara que soy infeliz; en esto invierto toda mi energía.
–Isobel… –De pronto, se apoderó de mí una sensación de aprensión–. ¿Qué es lo que ocurre? ¿De verdad posees la esencia de la felicidad, además de su forma exterior?
Pero pareció no inmutarse con mis palabras, absorta como estaba en lo que estaba sucediendo al otro lado de la pista de baile.
–¡Jane! –me susurró, agarrándome del brazo; se le puso la cara pálida y, sin previo aviso, abrió mucho los ojos–.
Él, de entre todos, está aquí mismo. Ha tenido la desfachatez de presentarse en mi casa, pocos días después de que haya regresado yo y sin siquiera una invitación.
A no ser que Frederick… –Se volvió para buscar a su marido, que había desaparecido de su vista.
Rauda como un pajarillo, recobró la compostura y volvió a fijar la mirada en el primer sujeto–.
Dios santo, ¿me libraré algún día de él?