Jane Austen y el incómodo incidente en Scargrave Manor Capítulo 1 Las campanas de difuntos #4
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Capítulo 1 Las campanas de difuntos #4

El teniente añadió, además, que se había cansado de la escuela mientras cursaba estudios en Eton y que rechazó Oxford por los rangos más brillantes del Ejército; que es, en estos momentos, miembro del regimiento de los Caballeros Reales, con sede en St. James, y que está en Scargrave de permiso para pasar las vacaciones de Navidad, aunque se le olvidó mencionar que le habían forzado a irse de permiso después de matar a un hombre.

Efectivamente, tras pasar un rato en compañía del teniente Hearst, me preguntaba si la personalidad romántica de la señorita Delahoussaye no habría acabado con el poco sentido común que tenía, pues el teniente parecía tan incapaz de matar a un hombre como mi querido hermano Henry.

Amante de las chanzas, generoso con sus sonrisas, incapaz de ofender a nadie, Tom Hearst brilla como el sol, pero, como el sol, puede quemar cuando una menos se lo espere. Llevábamos media hora bailando y faltaba poco para terminar cuando empezó a hablar de Isobel, no sin cierta impertinencia.

–Me alegro de que mi tío se haya casado –dijo, cogiéndome de la mano mientras yo intercambiaba el puesto con mi vecina siguiendo la coreografía del baile–, ya que la amiga de mi nueva tía es tan maravillosa.

–¿Acaso no se alegraba antes de que yo llegara a Scargrave?

Una mirada ansiosa, como si hubiera hablado más de la cuenta, fue lo que obtuve como respuesta, así como una risa afectada.

–En lo que a mí respecta –contestó el teniente–, lo único que me importa es la felicidad de mi tío. Pero otros quizá tengan intereses ocultos.

–Me temo que no le entiendo.

Le di la espalda, de acuerdo con los pasos del baile, y reparé en Isobel, que avanzaba por la fila de bailarines.

–Comprenderá, señorita Austen –dijo Tom Hearst–, que un hombre anciano sin descendencia quizá decepcione a su familia si intenta tener un heredero a estas alturas.

–Teniendo como tengo un padre de más de setenta años, no diría que un hombre de cuarenta y ocho sea un anciano –respondí, girándome de nuevo hacia él.

–¡Oh! ¡Faltaría más! Solo lo decía por decir.

No dudo, sin embargo, de que mi primo, el vizconde…

–Todo esto con una mirada a lord Payne, que estaba enfrente de Fanny Delahoussaye, a dos parejas de distancia–.

Tiene sentimientos encontrados, más que yo.

A pesar de que lord Fitzroy Payne parece disfrutar de la compañía de la condesa como de ninguna otra, hasta él tendrá que admitir que todo esto es un golpe duro para su buena suerte.

Si mi tío tiene un hijo, las perspectivas de futuro de lord Payne solo irán a peor.

–La preocupación que demuestra por el bolsillo de su primo es irreprochable –le dije–, pero la felicidad de su tío debería ser más importante que cualquier cuestión material.

Huelga decir que mucho me escamaba que comentara asuntos tan personales con una completa desconocida, pero no por eso iba yo a tratar de desviar el tema de la conversación.

–¡Oh! La felicidad de mi tío –dijo el teniente, volviendo la mirada hacia lord Scargrave, que, justo entonces, se carcajeaba mientras desplazaba a su elegante esposa entre los bailarines–.

Su felicidad es incuestionable. Ojalá todos tengamos la misma suerte a los cuarenta y ocho años.

Pero, como solo tenemos la mitad de sus años, señorita Austen, dejemos de hablar de temas tan serios y centrémonos en otra cosa. ¿Conoce bien Hertfordshire?

El teniente, que, al parecer, recobró entonces la compostura, siguió hablando con gran carisma hasta que cesó la música y, entonces, se inclinó sobre mi mano enguantada.

Después de rogarme encarecidamente que le hiciera el honor de bailar con él otra vez y de que yo me excusara alegando que estaba cansada, se marchó en busca de ponche de vino.

Lo seguí con la mirada unos instantes, repitiendo sus palabras en mi mente; entonces sacudí la cabeza y dejé de pensar en él.

Tom Hearst es, en suma, un canalla, un libertino y, posiblemente, un individuo peligroso, con un rostro apuesto, un estilo de baile vigoroso y una personalidad sociable; un hombre que podría hacer lo que quisiera con una mujer, en cuanto conquistara su corazón.

4 . Una breve explicación de los títulos ingleses y las formas de tratamiento podría facilitar la lectura al público moderno, que no está tan familiarizado como Jane con estos menesteres.

Isobel Collins se casó con Frederick Payne, el conde de Scargrave, y, por tanto, se convirtió en la condesa de Scargrave.

La llamarían lady Scargrave, pero, como era plebeya de nacimiento, jamás la llamarían lady Isobel; este último era un título de cortesía concedido únicamente a la hija de un noble.

Al conde se le solía llamar lord Scargrave, por su título, sin hacer mención a su nombre, en lugar de lord Payne, su apellido, que, por cierto, se usaba para referirse a su heredero, Fitzroy, el vizconde Payne. ( N. de la E. ).

5 . En la época de Austen, era indicio de profunda amistad y estima mutua dirigirse a un conocido por su nombre de pila.

Este era un privilegio reservado, por regla general, a la familia; entre hombres y mujeres sin parentesco, por ejemplo, normalmente sucedía tan solo después de sellar el noviazgo. ( N. de la E. ).

6 . La novela a la que se refiere Jane se titulaba, en un principio, Susan .

Terminada y vendida a una editorial por diez libras en el año 1803, seguía sin publicarse cuando, en 1816, Jane volvió a comprarla al editor.

Más tarde, cambió el título por La abadía de Northanger y se publicó póstumamente, en 1818. ( N. de la E. ).

7 . El término «dotación» se usaba en el contexto de los clérigos para designar su salario y, normalmente, su residencia, que pasaba de un hombre a otro, a menudo como regalo de un benefactor que era el «propietario» de la dotación.

En otros casos, el propio clérigo la compraba cuando el puesto se ponía en venta antes de la muerte del beneficiario actual.

Poner a la venta la dotación después de la muerte del beneficiario se consideraba un caso de tráfico de las propiedades de la Iglesia, una violación de las leyes de la simonía. ( N. de la E. ).

8 . Matar al rival en un duelo se consideraba un asesinato en Inglaterra y, a medida que fue avanzando el siglo XIX , el combatiente victorioso con frecuencia se veía obligado a huir del país para evadir la justicia.

A finales del siglo XVIII , sin embargo, las autoridades seguían haciendo la vista gorda con los duelos, en especial cuando se trataba de militares, para quienes el concepto del honor personal era tan importante como la riqueza o la alta alcurnia.

Dado que el teniente Hearst es un oficial de caballería, su destino lo decidirían sus superiores. ( N. de la E. ).