Jane Austen y el incómodo incidente en Scargrave Manor Capítulo 1 Las campanas de difuntos #3
4%

Capítulo 1 Las campanas de difuntos #3

A continuación, me tocó conocer al hijo mayor de la difunta hermana del conde.

El señor George Hearst es un caballero discreto de veintisiete años, encargado de toda la gestión de la granja de la familia, lo cual, según lo que me ha revelado Isobel, no es en absoluto motivo de gozo para este hombre.

Lo que desea es ordenarse sacerdote, con vistas a obtener una de las tres dotaciones 7 de las que disponía el conde en cuanto hubiera una vacante.

Pálido y delgado, una pesadumbre con cierto matiz eclesiástico le vela los ojos y posee el porte propio de un hombre que lleva mucho tiempo comulgando con su Dios.

Su aspecto melancólico y su expresión ceñuda, entre el jolgorio que imperaba en la sala, proyectaban cierto pesar sobre quienes lo rodeaban, algo que incluso yo, en cierto sentido una desconocida para todos ellos, notaba con todo lujo de detalle.

El señor George Hearst me saludó con un gesto indiferente de la cabeza y, acto seguido, siguió cavilando acerca de asuntos pesarosos, o eso fue lo que me pareció a mí, a juzgar por el aspecto pétreo de su persona.

Isobel se apresuró, entonces, a presentarme al teniente Thomas Hearst, el hermano pequeño del eclesiástico, tan diferente a este último como puedan serlo dos hombres fruto de la misma unión.

Tom Hearst dedica su vida a un excelente regimiento de caballería, posee una cara acostumbrada a reír, indómitos bucles que se mecen cuando se inclina para besar una mano y un encanto que, sin duda alguna, le habrá arrancado lágrimas y suspiros a más de una dama distinguida.

Seré la primera en confirmar que la figura del teniente resulta deslumbrante, con su uniforme azul oscuro, y que baila con más entusiasmo que talento.

Cuando Isobel me lo presentó, se inclinó como acabo de describir y, sin más dilación, me pidió el siguiente baile.

Enseguida me repuse al nerviosismo que me invadía y me preparé para analizar el carácter del teniente.

No tuve que indagar mucho. Al vislumbrar una cabeza rubia que se acercaba a mi hombro y al percibir una fragancia a violetas que me inundaba la nariz, me di la vuelta y contemplé a la señorita Fanny Delahoussaye, resplandeciente con un traje azul pavo real que realzaba, en todo su esplendor, su amplio pecho.

La señorita Delahoussaye soltó una risita agitada (fruto, no cabe duda, del ejercicio excesivo del baile y de las tiras de su corsé) y se llevó una mano rolliza al cabello.

–Así que ya ha conocido al canalla de Tom Hearst –dijo, e incluso me guiñó el ojo.

La señorita Fanny es una prima de Isobel de Barbados, una joven lozana de apariencia jovial y festiva, pero, por desgracia, falta de sensatez–.

Bailará con usted una ronda o dos, imagino, y yo tendré que ponerme a suplicar para encontrar pareja.

Tom habría monopolizado mi tarjeta –añadió, mostrando el elegante papel que había pegado a su abanico, ya colmada con los nombres de ardientes pretendientes–, de no ser porque, por discreción, no quería pecar de intrépido.

–¿El teniente Hearst es, pues, un hombre dado a la discreción? –inquirí, más interesada en la señorita Delahoussaye que nunca.

–¡Oh, cielos, no! –gritó–. ¡No hay bribón como él en toda la faz de la Tierra!

Pero Tom tiene miedo de mi madre. –Al decir esto, se apartó los rizos rubios en la dirección donde se encontraba Madame Delahoussaye–.

Y por eso anda con cuidado. Yo, en cambio, no le tengo ni la mitad de miedo.

No es que tenga un hermano, ¿me entiende?

, que vaya a pelear con él y a echarlo a patadas.

–¿Por qué pelearía nadie con el teniente? –quise saber, algo desconcertada.

–Oh, porque está enamorado de mí, naturalmente –declaró Fanny, dándome unos golpecitos en el hombro con su abanico–, y su fortuna no se puede comparar con la mía.

Y si yo tuviera un hermano que pudiera pelear con él, los que saldríamos mal parados seríamos nosotros, pues, como usted sabrá, Tom ha venido a Scargrave después de matar a un hombre por un asunto de honor. 8

La angustia que me suscitó enterarme de todo eso se dibujó en mi rostro y la señorita Delahoussaye se echó a reír en voz alta.

–Ya me imaginaba que no sabía usted nada.

¡Por los cielos, si es la comidilla de toda la sala!

Ha abandonado su regimiento en St. James hasta que amaine un poco el escándalo, aunque yo estoy convencida de que no se habría visto implicado en algo así si no lo hubieran insultado con tanta crueldad.

–Con estas palabras, la señorita Delahoussaye trató de mostrarse seria, pero en sus ojos azules relucía la simpatía que le profesaba al terrible teniente.

–Desde luego –contesté yo–, aunque no sabemos qué es lo que ha pasado.

–Pienso descubrirlo –dijo la señorita Fanny con tenacidad–, ¡pues no hay nada más romántico en el mundo para mí que los oficiales! ¿Acaso no está usted de acuerdo, señorita Austen? ¿No es un oficial superior a cualquier otro hombre?

–Yo, en cambio, pienso que no poseen ningún mérito en particular… –empecé a decir, pero me interrumpió a mitad de frase.

–Entonces, usted no puede admirar a Tom como yo y no he de temer por sus encantos. Ha perdido la cabeza por mí, señorita Austen; que no se le olvide mientras baile con él.

Y, contoneando su vestido del color de los pavos reales, Fanny Delahoussaye se separó de mí para aguardar el regreso de su amado.

Todavía eran las nueve de la noche y se sirvió un leve refrigerio en una sala de estar a cierta distancia del gran salón de baile; una multitud de damas y caballeros rodeaba la gran mesa, buscando hielo y champán, carne de ganso o dulces, todo ello preparado en las cocinas de Scargrave con una irreverencia absoluta por el ahorro.

Reparé en el gentío de desconocidos, algunos de los cuales destilaban una elegancia sin igual, y, por un instante, ardí en deseos de regresar a la chimenea de mi habitación, con un buen libro como compañero, pero Isobel me había agarrado del brazo y no me soltaría a la primera de cambio.

–Esto es lo que conlleva ser una mujer casada, Jane –me dijo mi amiga con una pícara sonrisa–: en todo momento se espera de ella que se abstenga de probar bocado para que los demás se animen a bailar.

Tú puedes comer hasta la saciedad, pero yo tengo que permitir que mi marido me lleve a la pista de baile o, de lo contrario, me ganaré el desprecio de todos mis invitados.

Isobel, entonces, se marchó del brazo del conde y avanzó hacia la parte delantera del gran salón de baile; otros, ansiosos por unirse al jolgorio, se colocaron en parejas a los lados de ellos y los músicos empezaron a tocar.

Era consciente de la ausencia de Tom Hearst y no sabía si debía ansiar que un hombre como él volviese junto a mí o no.

Pero mi desconcierto estaba destinado a durar poco.

Una retirada de la multitud, un atisbo de un cabello rizo, una gallarda reverencia y me encontré delante del teniente a tan solo cuatro parejas de distancia del conde y de su dama, con toda la excitación que acompaña siempre al primer baile.

El saber que el teniente Hearst había matado a un hombre acalló todos mis pensamientos, pero, puesto que desplazarse entre las demás parejas danzantes sin al menos tratar de entablar conversación resultaba imposible, hice un esfuerzo desesperado por decir algo.

Me temo que llegué a sonrojarme y que bajé la mirada al suelo, dando toda la impresión de una jovencita inmadura; debí de darle al teniente una imagen de mí tan equivocada como, tal vez, la que la señorita Delahoussaye me había dado de él.

Parecía reacio a abrir la boca ante mi mutismo y mi desconcierto, y así nos debatimos, ambos presas de una profunda estupidez, durante toda la primera mitad del baile.

Pero, de entre todas las cosas detestables que hay en esta vida, lo que más aborrezco yo es a una pareja que no hable; de ahí que, dejando a un lado el terror que me suscitaba la imagen de unas pistolas empuñadas al alba, hallé consuelo en esa charla vana tan propia de una dama.

–He aprovechado su ausencia, teniente, para indagar sobre su persona –comencé.

Por respuesta recibí una mirada alegre, bajo unas cejas enarcadas.

–¿Y me he ganado su visto bueno, señorita Austen?

–Me he enterado de que todos lo consideran a usted un hombre dotado de carisma e inteligencia, de que es un oficial conocido por su intrepidez y su mal carácter, de que se le ha visto pasar horas y horas a caballo en los terrenos de la propiedad y de que prefiere el cordero a la carne asada, motivo, este último, por el que esta noche se ha llevado una decepción.

–¡Qué me dice usted! –gritó, riéndose con la cabeza echada hacia atrás–. ¿Quiere saber qué talla de calzado uso y quién es mi sastre de confianza también?

–Esos son detalles que, con la discreción debida, no he podido descubrir –le contesté–, pero, si vuelve a desaparecer con la misma rapidez, tenga por seguro que me enteraré.

De buen humor el teniente comenzó a charlar con cierta libertad, haciéndome preguntas acerca de mi vida en Bath y de la situación de mi familia con creciente interés.

En lo que a mí respecta, no tardé en descubrir que es el hijo de la hermana de lord Scargrave, Julia, fallecida hace muchos años, y que su padre era un sinvergüenza sin escrúpulos.

Después de dejar a lady Julia hundida en la miseria –pues así es como interpreté las palabras, mucho más generosas, del teniente–, el difunto señor Hearst tuvo la brillante idea de abandonar a sus hijos con su hermano y de marcharse al continente, donde murió al cabo de un tiempo en brazos de su amante.

Lord Scargrave se ha encargado de mantener a los Hearst estos últimos veinte años y, por tanto, no sería de extrañar que ellos lo considerasen un padre.