Capítulo 1 Las campanas de difuntos #2
La condesa había vuelto de su luna de miel hacía tan solo dos semanas, pues se había desposado con Frederick, lord Scargrave, hacía tres meses y, después de la boda, los dos habían partido de inmediato hacia el continente.
Ya que su marido, el conde, estaba decidido a celebrar un baile en su honor, Isobel me había suplicado que me uniera a la fiesta, y no niego que yo tenía buenos motivos para alegrarme de su generosa invitación.
Una visita a Scargrave prometía toda una serie de distracciones, que era justo lo que necesitaba por aquel entonces: una o dos agradables personas con las que conversar y, en la frivolidad del baile, un pasatiempo que me permitiera olvidar, hasta cierto punto, los humillantes errores que, a ojos de la sociedad, había cometido yo conscientemente con mis amigos hacía menos de dos semanas.
Poco importaba que la mansión del conde fuese a ser la tercera morada que visitaría yo en ese breve intervalo de tiempo; hay momentos en los que vivir con la familia supone una carga demasiado pesada y, en estos casos, los desconocidos son todo un bálsamo.
Así me trasladé yo a Hertfordshire, huyendo, en resumidas cuentas, de un compromiso roto y la torpe lástima que me profesaban las personas más queridas para mí en el mundo.
Tan solo ansiaba dejarme llevar por la capacidad que tienen las mujeres para entretenerse con pasatiempos veleidosos: charlar acerca de sombreros y de los vecinos con crueldad e indiferencia a partes iguales, dar innumerables paseos al frío aire de invierno, comenzar el nuevo año en la compañía de una querida amiga recién casada…
No aspiraba a entablar conversaciones brillantes ni esperaba verme rodeada por personas que pudieran poner a prueba mi inteligencia; ansiaba, de hecho, todo lo contrario a mi naturaleza.
No hubo, durante el trayecto desde Bath en el carruaje de los Scargrave, ninguna señal de que fuera a desencadenarse una tragedia inminente; ninguna sombra oscura acechó a los caballos mientras se abrían paso por los terrenos nevados de la propiedad, hasta que se detuvieron, soltando vaho por la boca, ante las ingentes puertas de madera de roble de la mansión.
Las numerosas ventanas que poblaban la inmensa fachada de piedra de la casa no transmitían otra cosa que no fuera calidez y cierta sensación de bienvenida: un animado aspecto en un crepúsculo invernal; ofrecía descanso y sustento a quienes se cobijasen entre sus muros.
He de decir que me apeé del carruaje sin vacilar lo más mínimo.
Tampoco presagié desgracia alguna aquella velada cuando me preparé para el baile de celebración del conde.
Isobel me prestó a su doncella, Marguerite, quien, familiarizada como estaba con el vestuario de su señora, trató de sacar provecho en la medida de lo posible del mío.
La desemejanza entre las mejores galas de Isobel y las mías es drástica, como cabe esperar; de modo que, mientras Marguerite se debatía y se quejaba de las arrugas de mi vestido, una consecuencia inevitable de haber ido de viaje, cogí mi pluma y le escribí a mi querida hermana Cassandra.
Es una carta que me temo que he de desechar sin llegar a enviarla, pues pronto tendré que darle otras nuevas, en comparación con las cuales la misiva de la pasada noche no resulta sino frívola.
Mi querida Cassandra:
He llegado sana y salva a Hertfordshire y estoy preparada para disfrutar del baile que el conde de Scargrave celebrará en honor de su dama.
He de suponer que es fruto del azar que la invitación de Isobel haya llegado justo después de que se desencadenara mi propia desgracia.
Te pido que me disculpes por haber huido sin previo aviso; no podía quedarme con nuestro hermano James –tú ya sabes lo poco que disfruto yo de un tedioso tête-à-tête con Mary–, confundida y abatida como me encuentro.
No diré que mi hermano me echó en cara que haya rechazado al señor Bigg-Wither, pero lo cierto es que me sermoneó, durante media hora, acerca del destino que les depara a las solteronas pobres.
Me dio a entender que debo mi supervivencia y respetabilidad (¡por veinte libras al año!) al buen estado de salud de nuestro padre y que, sin un marido, acabaré a la merced de los escasos recursos de mis hermanos en cuanto él fallezca.
Después de escuchar los argumentos de James, estoy más decidida que nunca a tratar de publicar mi pequeño libro, pues necesito un poco de independencia; mejor comerciar con la literatura que con el matrimonio, ya que casarme por motivos mercenarios es, en mi opinión, lo más despreciable en esta vida. 6
Pero dejemos a nuestro hermano James donde tiene que estar, en la compañía de su desgraciada esposa, pues me temo que he de terminar aquí: ha venido la doncella a peinarme para el baile, aunque no sé qué se podrá hacer para engalanar mi cabello con casi veintisiete años que no haya probado ya a los dieciocho.
Te sorprenderá descubrir que he cambiado mi cómodo sombrero por una tentadora pluma, la cual penderá de una banda enjoyada en mi frente; dos bucles cuelgan como uvas por delante de mis orejas, como la cazadora Diana.
Diría que estoy ridícula, pero, aun así, agradezco el cambio.
Y ahora, mi queridísima hermana, he de darte las buenas noches y despedirme de ti.
Siempre tuya,
J. A.
Lucía mi traje estampado de seda color amarillo, la prenda más elegante que tengo, aunque he de admitir que está pasado de moda, y entré con la cabeza bien alta en el salón de baile tras Isobel.
La gran sala brillaba a la luz de las velas; estas ardían en sus recipientes bañados en oro y se reflejaban en los espejos trumeau dispuestos contra las paredes, de tal forma que parecía que nos desplazáramos entre elevados árboles y ramajes de frondosas llamas.
Estaba presente un reluciente grupo de damas y caballeros, un centenar como mínimo, proveniente de las tierras vecinas de Hertfordshire y de parajes más lejanos como Londres.
Era imposible, para una persona de mis recursos, competir contra la grandeza de Scargrave y mucho menos contra el círculo de amistades del conde, pero me armé de valor sirviéndome de la bondad de Isobel y, así, les devolví la mirada a mis compañeros.
La condesa de Scargrave estaba maravillosa con su traje de seda verde oscuro que había comprado en París hacía poco.
Siempre ha poseído cierto estilo, es indiscutible, pero ahora tiene, además, los recursos para engrandecerlo, y la gran fortuna del conde difícilmente se podría invertir en algo mejor.
Isobel es una mujer alta, bien formada, con una figura delicada y plácida; todos convienen en que su cabello es su rasgo más extraordinario, tupido, de un color rojo oscuro, lustroso, que no pasa desapercibido.
En lo que a mí respecta, he de decir que son sus ojos los que me resultan más llamativos: son del color del jerez; las pestañas, largas y abundantes.
Los encantos de su persona no valdrían de nada, sin embargo, de no ser por la dulce gracia que siempre anima su expresión.
Esa noche, en su baile de novia, estaba verdaderamente encantadora: echaba la cabeza hacia atrás en una carcajada mientras daba vueltas por la sala.
Los demás presentes admiraban de la misma manera la belleza y el profundo carisma de Isobel, como no tardé en descubrir, y rápidamente comencé a sentirme como una pálida sombra en su cortejo.
Para relajarse y dejarse llevar por la alegría del baile, una debe, sí o sí, bailar, y para esto hace falta un compañero.
A la avanzada edad de casi veintisiete años, había comenzado a familiarizarme con la amenaza que suponen las mujeres más jóvenes.
Había tenido que quedarme sentada durante los bailes en el último evento al que asistí en Bath, mientras chiquillas de quince años giraban y giraban en cuerpo y alma sobre el suelo, y una envidia hasta entonces desconocida había envenenado mi felicidad.
Me acobardaba con solo pensar en que aquella noche en Scargrave podría correr la misma suerte, pero la bondad de Isobel cumplió con mis expectativas y me presentó de inmediato a varios caballeros de su círculo.
El primero de ellos fue Fitzroy, el vizconde Payne, el sobrino de su esposo.
Lord Payne es el único hijo del hermano pequeño del conde, fallecido hace muchos años; si al conde y a Isobel no se les bendice con descendencia propia, él heredará el título tras la muerte del conde.
Como hombre soltero poseedor de una buena fortuna, necesita una esposa; de ahí que los ojos de muchas de las presentes en Scargrave esa noche se fijaran en él, esperanzadas y calculadoras.
Por lo poco que he visto de Fitzroy Payne hasta ahora, no obstante, diría que yo tengo tantas posibilidades de que me honre con sus atenciones y su mano como el resto de las damas de la sala: efectivamente, no es fácil llegar a su corazón y sospecho que ya se lo ha entregado a otra.
Lord Payne es un serio caballero de veintiséis años de edad y, pese a ser, sin ningún género de dudas, bien parecido, es tan reservado que, cuando nos presentaron, mi estado de ánimo no mejoró lo más mínimo.
Cuando Isobel pronunció mi nombre, él mantuvo la mirada fija a unos quince centímetros por encima de mi cabeza, juntó los talones con elegancia e hizo una profunda reverencia, sin pronunciar ni una sola palabra.