Jane Austen y el incómodo incidente en Scargrave Manor
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Capítulo 1 Las campanas de difuntos
Las campanas de difuntos
escrita a altas horas de la madrugada
–¿Qué piensas tú, Jane? –me preguntó la condesa de Scargrave. Con los dedos se aferraba a mi codo hasta hacerme daño.
–Creo que tu marido se está muriendo, Isobel –le dije.
Presa de una convulsión, le temblaron los dedos por debajo de los míos y, luego, los dejó inmóviles.
–Muriendo. Aunque me lo dijeran mil veces, seguiría pareciéndome imposible.
Miré a mi amiga con lástima y en silencio, sin saber cómo debería responder yo ante su aflicción.
La transformación del semblante agónico de su marido era extraordinaria de verdad, y todo había sucedido en cuestión de pocas horas.
Aquella misma velada, el conde había sacado a bailar a su condesa en el salón de Scargrave, deleitándose con todo un grupo de invitados que habían venido para brindar por la buena suerte de los dos.
A pesar de que tenía cuarenta y ocho años, irradiaba una luz propia de un hombre al que se le había bendecido con una segunda juventud, elegante y vivaz como era, y cada fibra de su ser reflejaba el carisma de su linaje.
Y, si bien había padecido de dispepsia con anterioridad, en aquella ocasión la enfermedad se había adueñado de él sin previo aviso y con una agresividad que no se podía achacar única y exclusivamente a su antojo por el vino de Burdeos y el pudín.
–¿Ha comido o bebido algo estas últimas horas? –le pregunté.
Mi amiga negó con la cabeza.
–Solo un ponche de leche y unos dulces que le trajo la criada cuando se retiró de la fiesta. Pero sospecho que este malestar lo dejó así como lo ves, postrado en la cama, poco después de comérselos.
El hedor de la enfermedad del conde se desprendía de las sábanas sucias que las criadas no se atrevían a cambiar por miedo a molestarle incluso más.
Le costaba respirar; la robustez de su cuerpo la debilitaban unas náuseas y unos violentos vómitos que se asemejaban a los efectos de un laxante.
Tenía los ojos en blanco, sumido como estaba en un estado de letargo y aturdimiento, la piel pálida y la cara hinchada.
Solo presenciar su sufrimiento era un suplicio; padecerlo debía de inspirar verdadero pavor.
Mientras lo miraba junto a Isobel al lado de la cama, a la espera de que llegara el doctor al que habían mandado llamar con urgencia desde Londres, el conde soltó un gemido, se reincorporó por debajo de las sábanas con un escalofrío y aferró la mano de su esposa.
–¡Canallas! –gritó con voz quejumbrosa–. ¡Me han atacado por dentro!
Entonces volvió a caer inconsciente sobre la cama y no volvió a decir nada más.
Isobel era la viva imagen de la eficacia; preparó una compresa en un abrir y cerrar de ojos, y la colocó sobre la piel de su lord indispuesto. La vehemencia que había despertado al pobre enfermo hacía unos instantes no volvió a importunarle.
La muerte no es nada nuevo para mí (he presenciado muchos desenlaces funestos al lado de mi padre, que es clérigo y considera necesario que una mujer lo acompañe en los momentos más solemnes de su clerecía), pero nunca había visto un fallecimiento como este.
Una ráfaga de aire frío se coló por la puerta de la alcoba procedente del gran pasillo. Me apresuré a volver la cabeza, con la esperanza de ver al doctor, pero no era más que Marguerite, la doncella de Isobel.
– Milady –susurró la muchacha criolla, pasando la mirada del semblante de su señora al más escalofriante del conde–, ha llegado el médico.
Su rostro pálido demostraba terror, y reparé en que se persignó precipitadamente en la frente antes de volver a retirarse por la puerta.
Así y todo, no puedo reprocharle a la doncella una actitud tan insensata como esta.
Es una muchacha sencilla del lugar de procedencia de Isobel, Barbados, que vino con su señora cuando Isobel se mudó a Inglaterra hace dos años.
Marguerite no pudo dormir bien aquella noche, pues fue ella quien me avisó apresurada antes de que despuntara el alba para que me reuniera con la condesa.
No obstante, incluso yo, hija de la fría Inglaterra, menos susceptible a dejarme llevar por terroríficas imaginaciones, he de confesar que tampoco logré conciliar el sueño durante aquellas horas, pues el conde había emitido tales gemidos y gritos que nadie había sido capaz de acallar su agonía; esa noche, les había arrebatado la paz a todos los que se encontraban bajo el techo de Scargrave.
–Lady Scargrave –dijo el médico, interrumpiendo mis pensamientos.
Juntó los talones e hizo una reverencia en dirección a Isobel: un hombre joven, con el rostro embargado por la urgencia.
–Doctor Pettigrew –contestó la condesa con un hilo de voz, llevándose la mano al cuello–, gracias a Dios que ha venido.
¿Cómo podía soportarlo Isobel? Llevaba tan solo tres meses casada.
Perder a un marido con el que una se acababa de desposar parecía el golpe más cruel que pudiera propinarle Fortuna.
Y, sin embargo, ahí estaba ella: guardando la compostura, con la espalda recta, esperando, con esa terrible fortaleza que poseen las mujeres, a descubrir cuál sería el resultado de toda esa desgracia.
El doctor Pettigrew me miró y asintió, sacudiéndose la nieve del abrigo y entregándoselo a Marguerite, quien, asustada, le hizo una reverencia y salió de la alcoba.
Cuando el médico se acercó apresuradamente a la cama del conde, traté de adivinar sus pensamientos, pero sus ojos se ocultaban debajo de las lentes y fruncía con firmeza los labios, y nada pude dilucidar yo de su semblante juvenil.
Cogió la muñeca del conde y el pobre lord Scargrave gimió y se debatió sobre la almohada.
–Márchate, mi querida Jane –me dijo Isobel, rozándome la mejilla con una mano fría–. Iré a verte cuando pueda.
De modo que yo también he de esperar, encerrada en mi alcoba de techo alto con la enorme cama de madera de caoba y las paredes cubiertas de tapices, conforme a la moda del siglo pasado.
Me acerco las rodillas al pecho y tiro del camisón hasta taparme los dedos de los pies, con la mirada fija, por milésima vez, en el semblante de una antepasada de Scargrave, dueña de una juventud eterna, coqueta, con la tez teñida por la palidez propia de la tuberculosis, que me devuelve la mirada desde su sitio encima de la repisa de la chimenea.
Es una habitación solemne, que aterrorizaría a un niño e impondría respeto a una criada; una habitación idónea, en suma, para el estado de ánimo en el que me encuentro en estos momentos.
El fuego arde con discreción, refulge pintado de rojo; mi vela arroja una luz tenue, parpadeante en el aire inmóvil, como si la mecieran alas invisibles: acaso será el Ángel de la Muerte, que se cierne sobre esta suntuosa casa.
Cuando llegué, Isobel me contó la leyenda de Scargrave: cuando a un miembro de la familia le llega la hora, la sombra del primer conde de la estirpe recorre el pasillo al que da la puerta de mi habitación con un traje de noche y aspecto sombrío.
El fantasma tal vez esté caminando sobre las tablas de madera esta noche, aunque, en el fondo, yo no creo en este tipo de apariciones.
Y, en esa aurora colmada de nieve, el eco lejano del tañido de unas campanas; oigo nueve repiques.
Me esfuerzo por contarlos: son las campanas de difuntos de la iglesia de Scargrave Close, que anuncian la agonía del conde.
Nueve repiques por un hombre moribundo, seguidos de una pausa; las campanas retoman su música, en un total de cuarenta y ocho secuencias, uno por cada año de la vida del conde.
Me estremezco de pronto y cojo pluma y papel, así como el tintero que siempre llevo conmigo.
Han sucedido muchas cosas durante estos dos días desde que llegué aquí, a Scargrave; muchas más cosas, desde luego, están a punto de suceder.
Bien podría pasar la madrugada poniendo aquí por escrito algunos de mis recuerdos.
Vine a Scargrave Manor el último mes de este año que está a punto de terminar por invitación de su señora, Isobel Payne, condesa de Scargrave, con quien he intimado estos últimos dieciocho meses.
Cada vez que recuerdo el día que nos conocimos –en un acto de presentación entre damas todavía solteras celebrado en el salón social de Bath–, no deja de sorprenderme la manera en la que se han torcido las cosas.
Isobel, con su alegre sentido del humor y aspecto desenfadado, bendecida, tan pronto en su vida, por toda la buena suerte que le ha traído el conde, ¡ahora ha de ser una criatura consagrada a la miseria y a la pérdida!
¡Ella, que es toda bondad, toda generosidad!
No se puede consentir. A pesar de que la conozco desde hace poco, haría todo lo que esté en mi poder esta misma noche para socorrerla en su desespero; tan encantadora es ella, tan herida está.
Le debo a la condesa mi gratitud, así como mi estima.
Sé muy bien la poca atención que me merezco por su parte, dado el estatus social del que goza ella en estos momentos.
Un destino turístico como Bath, conocido por sus aguas termales, permite forjar amistades con facilidad, aunque estas se disuelven con la misma naturalidad en cuanto terminan las vacaciones.
Pero Isobel se empeñó en que yo poseía una «personalidad única» y alegaba que, después de conocerme, no es sencillo olvidarse de mí.
Sea como fuere, ha rechazado las prontas atenciones de los distinguidos amigos de su marido y ha demostrado ser fiel a los suyos, más modestos; son muchas las cartas que he escrito y recibido, y nos hemos confesado nuestras confidencias la una a la otra en el breve periodo de tiempo desde que comenzamos a llamarnos por el nombre de pila. 5